Capítulo 7
Guerra de poder
Dante
Siempre supe que Iván terminaría siendo más grande que yo. Más alto, más fuerte, con un cuerpo que imponía respeto incluso cuando guardaba silencio. Desde jóvenes, la diferencia se hizo evidente, aunque nadie se atreviera a mencionarla. Yo tenía el apellido, el derecho de nacimiento, el mando absoluto. Él, en cambio, tenía algo más difícil de controlar: presencia.
Y eso me irritaba.
No se trataba solo del físico. Iván entraba a una habitación y las miradas se desviaban hacia él sin que lo pidiera. Los hombres esperaban sus gestos, su aprobación, incluso cuando yo estaba allí. Nunca buscó autoridad, pero la autoridad parecía encontrarlo por sí sola. Ese detalle me perseguía desde hacía años.
Apoyé el vaso de whisky sobre el escritorio y observé la casa desde el ventanal. Todo funcionaba porque yo lo decidía. Cada movimiento, cada orden, cada castigo. En la familia De Luca no existía el caos; existían rangos. Y yo ocupaba el más alto.
Iván llevaba días actuando fuera de lo habitual. No había viajado. No se había encargado de los trabajos que solía resolver sin preguntas. Se tomaba libertades que no pidió. Eso no pasaba desapercibido.
Lo encontré en uno de los pasillos laterales.
—Iván, necesitamos hablar.
Se detuvo y giró con calma. Demasiada calma.
—¿Qué sucede?
Ese tono suyo siempre me resultó molesto. Sereno, medido, como si nada pudiera alterarlo.
—He notado que, en lugar de viajar, decidiste quedarte en esta casa —comenté, estudiando su reacción.
Sostuvo mi mirada.
—¿Hay algún problema con eso?
Apreté los dientes, pero no lo mostré.
—No —respondí—. Planeo organizar una gran fiesta. Gente importante. Movimiento. Diversión.
Hice una pausa deliberada antes de añadir:
—Y no he dejado de pensar en Sofía.
El cambio fue mínimo. Apenas un parpadeo más lento. Suficiente para confirmarlo.
Iván frunció levemente el ceño.
—No comprendo.
Sonreí.
—Se ha convertido en una mujer extrañamente atractiva —dije—. Supongo que lo habrás notado.
El silencio cayó entre nosotros como una advertencia.
Iván no respondió enseguida. Su expresión permanecía controlada, pero la tensión en sus hombros lo delataba. Ese detalle me produjo una satisfacción amarga.
—No es tu tipo —añadió—. Nunca lo fue.
—¿Y tuya si?. —Le dije.
Iván dio un paso hacia mí.
—¿A qué viene esto, Dante?
—A recordarte cómo funcionan las cosas —respondí—. Todo lo que hay en esta casa está bajo mi control.
Me acerqué un poco más.
—Personas incluidas.
Iván apretó la mandíbula.
—Sofía no es un objeto.
Solté una risa baja.
—No te confundas. No he dicho eso. Solo he señalado un hecho: depende de mí. Y tú lo sabes.
Rodeé el escritorio y quedé frente a él.
—También deberías recordar algo más —continué—. Yo estoy a cargo. Tú no haces nada sin informarme. De eso se tratan los rangos en la familia De Luca.
Iván sostuvo mi mirada durante varios segundos. No bajó la cabeza. Tampoco retrocedió.
—No he hecho nada —dijo.
—Aún —repliqué.
Apoyé una mano sobre la superficie del escritorio.
—La fiesta será privada. Solo invitados de confianza. Quiero que Sofía esté presente. Visible. Atenta.
Iván no se movió.
—No es necesario.
—Para mí sí —respondí—. Y no te corresponde decidirlo.
El aire se tensó.
—Te incomoda —añadí—. Y eso me resulta interesante.
Iván dio un paso atrás, no por sumisión, sino para contenerse.
—No juegues con lo que no te pertenece —dijo, en voz baja.
Avancé hasta quedar frente a él. Odié, como siempre, tener que alzar un poco la vista para mirarlo a los ojos.
—Cuidado, Iván —susurré—. No olvides tu lugar.
Nos sostuvimos la mirada durante un largo instante. Dos animales midiendo fuerzas, pero con una diferencia clara: yo tenía el poder formal. Las decisiones finales. Las consecuencias.
—Encárgate de los preparativos —ordené—. Y asegúrate de que Sofía esté… adecuada para la ocasión.
Iván no respondió. Giró sobre sus talones y se marchó sin decir una palabra.
Me quedé solo en el despacho, con el whisky intacto y una sonrisa lenta dibujándose en mis labios.
Iván podía creerse distinto. Podía pensar que tenía margen para actuar por su cuenta. Pero yo conocía la verdad mejor que nadie.
Sofía se había convertido en su punto débil.
Y en esta familia, las debilidades no se protegen.
Se utilizan.
La fiesta no sería solo un acto social.
Sería un mensaje claro.
Para ella.
Y para mi hermano.
Porque, al final del día, por mucho que Iván creciera, por mucho que impusiera con su presencia… seguía siendo el menor.