Capítulo 8
La subasta
Sofía
La orden llegó sin previo aviso, como siempre. Una de las amas de llaves golpeó la puerta de mi habitación apenas dos veces antes de entrar, sin esperar respuesta.
—Debes prepararte —dijo—. La fiesta comenzará en dos horas.
No pregunté para qué. Nunca hacía falta. Asentí y me puse de pie. La mujer me observó de arriba abajo con una mezcla de incomodidad y pena contenida, como si supiera que aquello no era un favor, sino otra forma de recordarme mi lugar.
Me condujeron a una de las habitaciones que solo se usaban en ocasiones especiales. Era amplia, fría, con espejos altos y luces demasiado blancas. Sobre la cama habían dejado un vestido. n***o. Ajustado en la cintura, con una abertura discreta que dejaba ver la pierna al caminar. Demasiado elegante para alguien como yo. Demasiado visible.
Tragué saliva.
—Póntelo —ordenó Charlotte desde la puerta, sin entrar del todo.
Estaba impecable, como siempre. Su mirada recorrió el vestido con satisfacción antes de clavarse en mí.
—No es necesario que te guste —añadió—. Solo que lo luzcas bien.
Las amas de llaves evitaron mirarme a los ojos mientras me ayudaban a cambiarme. El vestido se ajustó a mi cuerpo de una forma que me hizo sentir desnuda, expuesta. Mi figura, delgada pero firme, quedó marcada sin exageraciones, lo suficiente para atraer miradas no deseadas. Mi piel castaña contrastaba con la tela oscura. Mi cabello fue recogido con cuidado, dejando algunos mechones sueltos alrededor del rostro.
Charlotte se acercó y alzó mi mentón con dos dedos, evaluándome como si fuera un objeto decorativo.
—Mira qué ironía —murmuró—. Quién diría que alguien como tú podría verse así.
No respondí.
—Recuerda —continuó—. Esta noche no hablas si no te lo piden. No te alejas. No bebes. Y sonríes cuando te miren.
—Sí, señorita —respondí en voz baja.
Eso pareció complacerla.
Cuando bajé las escaleras, sentí las miradas antes de ver los rostros. Los invitados ya estaban llegando. Hombres vestidos con trajes oscuros, mujeres con sonrisas calculadas. El murmullo bajó apenas cuando pasé entre ellos, como si mi presencia no estuviera prevista, pero tampoco fuera un error.
Me indicaron un lugar junto a una de las mesas laterales. Desde allí debía observar, servir cuando fuera necesario, permanecer disponible.
Entonces lo vi.
Iván estaba al otro extremo del salón, hablando con dos hombres. Alzó la vista de pronto y me encontró. Su mirada se detuvo en mí más tiempo del debido. No fue descarada. Fue peor. Lenta. Medida. Como si registrara cada detalle sin querer hacerlo.
Sentí calor en el pecho. Bajé la mirada por instinto, pero recordé sus palabras y me obligué a mantenerla erguida, aunque el pulso me latía con fuerza.
Iván no sonrió. No frunció el ceño. Su rostro permaneció frío, impenetrable. Sin embargo, algo en su postura cambió. Apenas un gesto. Suficiente para que yo lo notara.
Charlotte también lo notó.
Se acercó a mí con una copa en la mano.
—No te ilusiones —susurró, acercando los labios a mi oído—. Sigues siendo lo que siempre fuiste.
Me tendió la copa.
—Sírvele a los invitados de la mesa central —ordenó—. Y camina despacio. Que te vean bien.
Obedecí.
Cada paso se sintió observado. Algunas miradas eran descaradas, otras curiosas. Ninguna amable. Escuché comentarios en voz baja, risas ahogadas. No entendía todo, pero entendía lo suficiente.
Cuando pasé cerca de Iván, sentí su atención otra vez. No me detuvo. No me habló. Su silencio fue una forma de control tan clara como cualquier orden.
—Sofía.
La voz de Dante me congeló.
Me giré despacio. Él estaba de pie, con una copa en la mano y esa sonrisa peligrosa que siempre anunciaba algo más.
—Acércate —dijo.
Obedecí.
—¿Ves lo bien que encajas hoy? —comentó, observándome sin disimulo—. Casi pareces parte de la familia.
Algunos invitados rieron.
—Casi —repetí en silencio.
—No te pongas nerviosa —añadió—. Solo disfruta.
No respondí. Mis manos temblaban apenas cuando dejé la bandeja sobre la mesa.
Dante alzó la vista hacia Iván, que observaba desde la distancia. Sonrió con intención clara.
—Mi hermano tiene buen ojo —dijo—. ¿No crees?
Iván no respondió. Dio un sorbo a su bebida sin apartar la mirada de mí.
Ese silencio suyo pesó más que cualquier palabra.
Me retiré a mi puesto con el corazón acelerado, consciente de algo que me erizaba la piel: esta noche no se trataba de una fiesta. Se trataba de medir fuerzas. Y yo estaba en el centro.
No sabía quién iba a perder el control primero.
Solo sabía que, una vez más, mi cuerpo y mi presencia estaban siendo usados como moneda de poder.
Y eso me hacía sentir más prisionera que nunca.