9- La ira del hermano menor

905 Words
Capítulo 9 La ira del hermano menor Sofía La música se apagó de forma gradual, como si alguien hubiera decidido arrancarle el pulso al salón. Las conversaciones se fueron apagando una a una, reemplazadas por ese silencio denso que solo aparece cuando algo importante —o peligroso— está a punto de suceder. Sentí un escalofrío. Abel apareció a mi lado sin previo aviso. —Ven conmigo —dijo en voz baja. Lo miré, confundida. —¿Qué ocurre? No respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron el salón, tensos, y luego se detuvieron en el pequeño escenario iluminado al frente. —Hazme caso —murmuró—. Ahora no preguntes. El corazón comenzó a latirme con fuerza mientras caminaba a su lado. Las miradas se clavaban en mí con una atención que me hizo sentir expuesta, evaluada. No entendía nada. No había hecho nada. —Abel… —susurré— ¿qué está pasando? Él soltó un suspiro cansado, como si cargara con un peso que no le pertenecía. —Estamos rodeados de mafiosos, Sofía —dijo sin mirarme—. Aquí nadie hace algo porque sí. Y escapar… no es una opción. Subí los escalones del escenario con cuidado. La luz era demasiado fuerte. Me dejó allí, en el centro, y bajó sin decir una palabra más. Me quedé sola, con las manos tensas a los costados, intentando no mostrar el temblor que me recorría. Busqué un rostro conocido entre la multitud. No vi a Iván. No estaba cerca. No estaba donde pudiera alcanzarlo con la mirada. Solo había hombres elegantes, peligrosos, observándome como si yo fuera parte del espectáculo. Algunas sonrisas eran abiertas. Otras, calculadas. Ninguna tranquilizadora. Entonces Dante subió al escenario. Los aplausos estallaron de inmediato. Copas alzadas. Sonrisas complacidas. Él se movía con la seguridad de quien sabe que todo el lugar le pertenece. Se colocó a mi lado, sin tocarme, y alzó una mano para pedir silencio. —Señores —comenzó—, agradezco su presencia esta noche. Hizo una pausa breve, disfrutando la atención absoluta. —La familia De Luca siempre ha sabido cómo recompensar la lealtad —continuó—… y cómo cobrar las deudas. Un murmullo recorrió el salón. Sentí un nudo cerrarse en mi estómago. Dante giró apenas hacia mí, lo suficiente para que su voz me alcanzara con claridad. —Sofía —dijo— tiene una deuda importante con nuestra familia. La palabra deuda cayó como una sentencia. —Una deuda antigua —prosiguió—. Costosa. Y como todo en este mundo… debe pagarse. Algunas risas bajas se escucharon entre los invitados. —Esta noche —anunció—, ella comenzará a saldarla ofreciendo su compañía al mejor postor. El mundo se volvió borroso. Compañía. La palabra no tenía sentido y, al mismo tiempo, lo tenía todo. Sentí que el aire me faltaba. Quise moverme, bajar del escenario, decir algo, pero mis piernas no respondían. —Solo participan los invitados presentes —aclaró Dante—. Caballeros de confianza. Hombres que saben apreciar lo que se les ofrece. Las miradas cambiaron. Ya no eran curiosas. Eran posesivas. Un número se escuchó desde el fondo. Luego otro. Las cifras comenzaron a subir entre risas y comentarios cómplices. Yo apenas los escuchaba. El corazón me golpeaba con fuerza en los oídos. No veía a Iván. No sabía si estaba allí. No sabía si sabía. Muy lejos del escenario, casi oculto entre sombras y trajes oscuros, Iván observaba. No intervenía. No se movía. Su rostro permanecía inexpresivo, pero la furia le quemaba por dentro. Cada oferta era una provocación directa. Cada número, una humillación calculada. Reconocía el juego de Dante con claridad absoluta. No se trataba de dinero. No se trataba de Sofía. Era un desafío. Iván apretó la mandíbula. El vaso en su mano tembló apenas antes de hacerlo añicos contra el suelo. Nadie se atrevió a mirarlo. Sus ojos seguían fijos en el escenario, en Sofía, rígida bajo la luz. Dante continuó animando la subasta, elevando las cifras como si aquello fuera una diversión más de la noche. —Vamos, señores —decía—. No todos los días se ofrece algo así. Yo sentía el peso de cada mirada como una marca sobre la piel. No lloré. No grité. Me quedé allí, de pie, intentando no romperme. Iván observaba desde la distancia, oculto entre sombras y trajes caros, con un vaso de whisky en la mano que ya no bebía. La música, las risas, las cifras que subían… todo le llegaba amortiguado, como si el mundo se hubiera reducido al escenario y a la figura inmóvil de Sofía bajo la luz. Dante seguía hablando. Ofreciendo. Provocando. Cada palabra era una afrenta. Cada número, una herida abierta. Iván apretó la mandíbula hasta que le dolió. No había duda: aquello no era un negocio. Era una demostración de poder. Una humillación calculada. Y Sofía… Sofía era el arma. Sintió la rabia subirle por el pecho, espesa, peligrosa. Recordó el cobertizo. El pan. El miedo en los ojos de ella. Recordó cómo había obedecido cuando él le ordenó comer, cómo había bajado la mirada y aun así había sonreído con una ternura que no encajaba en ese lugar. Y ahora Dante la exponía como si fuera un objeto más, como si su cuerpo y su presencia fueran moneda de cambio. Fue entonces cuando lo entendió. No como una idea. Como una certeza brutal. Le importaba. Le importaba demasiado.
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