10- Obediente

1154 Words
Capítulo 10 Obediente Iván Las cifras dejaron de subir demasiado pronto. Dante lo notó antes que nadie. Lo vi sonreír con suficiencia cuando el último número quedó suspendido en el aire: cinco mil. Ridículo. Patético. Para un espectáculo tan cuidadosamente armado, la respuesta había sido decepcionante. Observé el escenario sin moverme, con el vaso de whisky quieto en la mano. Sofía seguía allí, erguida, silenciosa, con los hombros tensos y la mirada fija en un punto que no era nadie. No lloraba. No suplicaba. Y eso era lo que había enfriado el interés de muchos. No era una mujer desesperada. No era un objeto dócil. Era algo más peligroso. Dante alzó la barbilla, divertido. —¿Eso es todo? —preguntó, recorriendo el salón con la mirada—. ¿Cinco mil es lo máximo que vale esta noche? Algunos rieron. Otros evitaron mirarlo. Yo no hice nada. No levanté la vista. No reaccioné. Sabía que él me estaba buscando incluso sin girarse. Sabía que mi silencio le resultaba incómodo. Pura, pensé al observar a Sofía bajo la luz. No lo decía en voz alta, pero lo entendía todo. Las cifras bajas lo confirmaban. Nadie estaba dispuesto a pagar más por algo que no podía tocarse esa misma noche sin consecuencias. Y Dante lo sabía. Por eso sonreía. Porque el mensaje ya había sido entregado… sobre todo a mí. Entonces, una voz rompió el murmullo. —Cien mil. El silencio fue inmediato. No reconocí al hombre al principio. Estaba sentado en uno de los extremos del salón, apartado, con el cuerpo relajado y una expresión tranquila. Canoso, elegante, demasiado viejo para ese juego. O eso creían todos. Repitió la cifra sin alzar la voz, como si hablara de algo trivial. —Cien mil. Dante se giró bruscamente. Por primera vez en la noche, su sonrisa se congeló apenas un segundo antes de recomponerse. No esperaba eso. Nadie lo esperaba. —Interesante… —murmuró—. No creí que aún quedaran caballeros con tanto entusiasmo. El hombre mayor no respondió. Solo sostuvo la mirada con una calma que no era inocente. Yo lo observé con atención, sin moverme. No sentí sorpresa. Sentí irritación. No porque hubiera apostado, sino porque había entendido demasiado bien lo que Dante estaba insinuando. Dante buscó mi reacción. Yo no le di ninguna. Ni un gesto. Ni una palabra. Ni una mirada directa. Y aun así, bastó. Vi cómo su mandíbula se tensaba apenas. Cómo su atención regresaba a mí una y otra vez, aunque fingiera concentrarse en el escenario. Mi silencio lo descolocaba más que cualquier desafío abierto. No había ira visible. No había provocación explícita. Solo mi presencia. Mi quietud. —¿Nadie más? —preguntó Dante, alargando el momento—. ¿Vamos a dejar que un solo hombre se lleve la noche? Nadie respondió. Sofía seguía inmóvil. Pálida. Entera. Intacta. Y eso me encendió algo oscuro en el pecho. No quería salvarla. No quería comprarla. Quería que Dante entendiera que no tenía poder sobre lo que creía controlar. El martillo golpeó. —Adjudicado. Un aplauso disperso recorrió el salón. Dante sonrió hacia el hombre mayor, pero su mirada volvió a mí de inmediato, afilada, inquisitiva. Bajé el vaso lentamente y, por fin, levanté la vista. Dante Nuestros ojos se encontraron. No dije nada. No necesitaba hacerlo. Mi sonrisa se endureció apenas, como si recién entonces comprendiera que, aunque mi hermano no había intervenido, aunque no había apostado ni levantado la voz, algo había cambiado, tomé a Sofía de la mano sin pedir permiso. Sus dedos se cerraron alrededor de su muñeca con firmeza calculada, lo justo para que entendiera que no era una invitación. La condujo detrás del escenario montado, alejándola de las luces, de la música y de las miradas curiosas. El pasillo era estrecho, oscuro, y el ruido del salón llegaba apagado, como si ya no perteneciera a ese mundo. Cuando se detuvieron, Dante la soltó y la observó de arriba abajo con una sonrisa satisfecha. —Muy bien —dijo—. Pensé que no darían más de cinco mil por tu virtud. Sofía alzó el rostro de inmediato. La rabia le ardía en el pecho. —No tienes derecho a hacer lo que hiciste —respondió—. No tenías ningún derecho. Dante ladeó la cabeza, divertido. —Y aun así lo hice. —Se acercó un paso—. Al final resultó que sí valía más de lo que esperaba. Ella apretó los puños, intentando mantener la voz firme. —No soy una cosa. No soy una deuda. Y no voy a ir a ningún lado con nadie. Él soltó una risa baja, casi indulgente. —Eso es lo que te dices para sentirte mejor. —Se acomodó el saco con tranquilidad—. Pero deberías saber que esa ropa que llevas puesta cuesta casi el ochenta por ciento de ese pago. El vestido, los zapatos, el peinado… A eso súmale impuestos, favores y silencios comprados. Sofía lo miró con incredulidad. —Eso no te autoriza a venderme —dijo—. No te da ningún derecho. La expresión de Dante se endureció apenas. —Claro que me autoriza. —Su voz bajó—. Porque si decides estropear el trato, alguien más va a pagar por ti. Ella sintió cómo el estómago se le contraía. —¿Qué estás diciendo? —Lo que oyes. —Dante dio media vuelta y luego regresó hacia ella—. Podría ser alguien cercano. Un familiar de Abel, por ejemplo. Alguien que no tiene nada que ver con esto… pero que sufriría igual. El silencio cayó entre ellos como una losa. Sofía abrió la boca para responder, pero las palabras no salieron. Pensó en Abel, en lo que Dante era capaz de hacer, en lo fácil que sería para él cumplir la amenaza. Dante notó su vacilación. —Muy bien —murmuró, satisfecho—. Así me gusta. Ella lo miró con desprecio. —Eres un monstruo. Él no se ofendió. Sonrió con más amplitud. —No. Soy práctico. Y tú eres más inteligente de lo que aparentas. Sabes exactamente cómo funciona este mundo. Sofía tragó saliva. Pensó en el salón, en las miradas, en el hombre mayor que había ofrecido cien mil, en Iván observando desde las sombras sin decir una palabra. Todo había cambiado en cuestión de minutos. —No voy a hacer lo que quieres —dijo en voz baja. Dante se acercó lo suficiente como para invadir su espacio. —No —la corrigió—. Vas a hacer lo que debes. Se apartó y señaló el pasillo que conducía a la salida trasera. —Vamos. No hagas que pierda la paciencia. Sofía no se movió de inmediato. El cuerpo le pesaba, pero al final dio un paso adelante. No por obediencia ciega, sino porque había entendido la amenaza. Dante asintió, complacido. —Así está mejor —dijo—. Obediente.
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