Damián salió de la habitación de Santiago en la Clínica San Rafael. El pasillo estaba silencioso, las luces fluorescentes proyectando sombras largas sobre el linóleo desgastado, y él se detuvo un momento, pasándose una mano por el rostro. La imagen de Santiago desplomado contra la almohada, pálido y exhausto, y los ojos de Carla llenos de lágrimas y reproche, lo perseguían como un peso que no había esperado sentir. Pero no podía quedarse; el trato con Arturo, Regina, el viaje a Mallorca, todo lo arrastraba lejos de ese hospital, aunque una punzada de algo parecido a la culpa lo atravesó. Regina lo esperaba en el vestíbulo principal, sentada en una de las sillas de plástico con las piernas cruzadas y una maleta pequeña a su lado. El vestido azul oscuro de esa mañana había sido reemplazado

