Damián sintió el peso de su error apenas vio la expresión de Carla. Se había dejado llevar por el impulso, por la rabia, por la confusión que lo devoraba desde el momento en que supo de la existencia de ese niño. Pero irrumpir de esa manera en la habitación había sido un error. Soltó un suspiro y bajó la mirada. —Lo siento... —dijo, su voz mucho más baja que antes. Sus ojos encontraron los de Carla, llenos de una mezcla de agotamiento y enojo—. No sabía que tu hijo estaba enfermo. No quería interrumpir de esa manera. Carla lo observó con cautela, sus brazos cruzados con fuerza sobre su pecho, como si quisiera protegerse. —No puedes hacer esto, no puedes seguirme de esta manera, Damian. Tú estás mal. Damián sintió la punzada de culpa clavándose más hondo. La razón le decía qu

