Carla estaba sentada junto a la cama, las ojeras marcándole el rostro tras una noche sin dormir. La discusión con Damián aún le pesaba, pero ahora su atención estaba en su hijo. La puerta se abrió con un clic suave, y dos médicos entraron: el doctor Vargas, un hombre alto de cabello gris y voz grave, y la doctora López, más joven, con una tablet en la mano. —Buenos días, señora Rivera —dijo Vargas, acercándose a la cama con una carpeta bajo el brazo—. Vamos a evaluar a Santiago ahora que está aquí. Queremos revisar su estado y plantear algunas opciones. Carla asintió, levantándose con los brazos cruzados. —¿Qué opciones? —preguntó, su voz firme aunque agotada—. ¿Qué van a hacer con él? Damián entró entonces, cerrando su teléfono con un gesto brusco. Había pasado la noche en un hotel c

