Damián sintió cómo la sangre le hervía en las venas. Su pulso martilleaba con una intensidad insoportable, un fuego abrasador que lo devoraba desde dentro. Carla estaba allí. No era un sueño, no era una maldita alucinación. Era ella. Y la tenía en sus brazos. Su mano subió con firmeza hasta su rostro y, sin apartar su mirada de esos ojos oscuros que tanto lo atormentaban, deslizó los dedos con precisión hasta el antifaz. Lo retiró con lentitud, exponiéndola completamente ante él. Era más hermosa de lo que recordaba. Su pulgar trazó la línea de su pómulo, bajó con una caricia lenta por su mandíbula, hasta detenerse en su mentón. Sus facciones no habían cambiado, pero había algo en ella… algo distinto. Más madura, más fuerte. Y aún así, en ese momento, parecía tan frágil. Carla de

