Grave enfermedad

2350 Words
Habían pasado siete años. Siete años desde que Carla Rivera había dejado atrás todo lo que le causó dolor, todo lo que la ataba a Damián Fernández y a la vida que alguna vez tuvo a su lado. Siete años desde que decidió que su hijo, Santiago, sería lo único que importaría en su mundo. El coche gris se detuvo frente a la entrada del colegio. A lo lejos, los niños corrían emocionados hacia la puerta de hierro n***o, algunos tomados de la mano de sus madres, otros caminando con mochilas demasiado grandes para sus pequeños cuerpos. Carla bajó del asiento trasero en cuanto el chofer le abrió la puerta. Se ajustó el abrigo beige con un movimiento automático y caminó hasta el otro lado del coche, donde su hijo ya esperaba con la mochila colgada al hombro. —¿Estás listo, cariño? —preguntó, inclinándose a su altura. Lucía muy bien con su uniforme, su cabello castaño oscuro un poco alborotado, y sus grandes ojos azules, esos que le recordaban a un pasado que intentaba olvidar, reflejaban emoción y un poco de nerviosismo. Habían pasado semanas desde la última vez que asistió al colegio. Después de tantas noches en vela, fiebres incontrolables y visitas al hospital, Carla sentía un alivio casi irreal de verlo allí, sano, fuerte. Pero la angustia no desaparecía. Eran muchas recaídas y aún sin saber qué era exactamente lo que su hijo tenía. Acomodó la bufanda alrededor de su cuello con cuidado. —Nos vemos luego, cariño. Santiago la abrazó con fuerza antes de plantarle un beso en la mejilla. —Nos vemos, mami. Carla lo vio alejarse, su pequeña figura perdiéndose entre los demás niños. Se quedó quieta, observándolo hasta que cruzó las puertas y desapareció en el interior del edificio. Solo entonces giró sobre sus tacones y caminó de regreso al coche. El chofer ya tenía la puerta abierta. —¿A la oficina? —No… al hospital. —Su voz fue firme, pero por dentro, el miedo la asfixiaba. Por semanas había evitado este momento. Se había aferrado a la esperanza de que la última crisis de Santiago hubiera sido solo un episodio aislado, una recaída dentro de la mejoría. Se había repetido una y otra vez que todo estaba bien, que con los cuidados adecuados y el tratamiento, su hijo podría llevar una vida normal. Los últimos años todo se había complicado más y más, lo que comenzó con una fiebre, un poco de tos, chequeos rutinarios, se convirtieron en síntomas extraños que no encajaban con ninguna enfermedad. Las manos le temblaban ligeramente sobre el bolso que sostenía en su regazo, y aunque intentaba mantener la compostura, el peso de la incertidumbre la aplastaba. El hospital apareció en el horizonte, un edificio imponente que Carla conocía demasiado bien. Cada vez que entraba por esas puertas, sentía que el aire se volvía más denso, más difícil de respirar. Pero esta vez era diferente. Esta vez, sabía que no saldría de allí con más preguntas que respuestas. Hoy, por fin, tendría el diagnóstico definitivo de Santiago. La espera había sido tan larga, que costaba creer que había pasado todo ese tiempo. El chofer abrió la puerta del coche con discreción, y Carla bajó con paso firme, aunque por dentro se sentía como si caminara sobre cristales rotos. Cruzó la entrada principal del hospital, saludando con un gesto a la recepcionista, y se dirigió directamente al consultorio del Dr. Rodrigo Espinosa. Él la esperaba. —Carla —dijo Rodrigo, levantándose de su silla al verla entrar. Su voz era suave, pero había una tensión en su tono que no pasó desapercibida para ella. —Rodrigo —respondió, tratando de sonar calmada, aunque el nudo en su garganta le impedía hablar con normalidad. Se saludaron con dos besos en la mejilla y luego ella le sonrió con miedo, miedo a lo que él tenía que decirle—. ¿Tienes los resultados? —Sí, toma asiento, por favor—dijo, señalando la silla frente a su escritorio. Carla se sentó, sintiendo cómo las piernas le flaqueaban. Rodrigo tomó asiento frente a ella, sosteniendo una carpeta con los resultados en sus manos. Durante un momento, pareció dudar, como si no supiera por dónde empezar—. Carla —comenzó, mirándola a los ojos—, los resultados confirman lo que sospechábamos. Santiago tiene una enfermedad genética rara llamada Enfermedad de Veyra. Ella lo escuchó en silencio, tratando de procesar las palabras. Enfermedad genética. Rara. Veyra. Ninguna de esas palabras le sonaba bien. —¿Qué significa eso? —preguntó, con la voz apenas un susurro. Jamás había escuchado ese nombre antes. Rodrigo suspiró, pasando una mano por su rostro. Había acompañado a Carla y a Santiago en todo momento de ese largo proceso y le pesaba tener que darle malas noticias. —Significa que su cuerpo no produce suficientes células sanguíneas. Glóbulos rojos, blancos, plaquetas... todo está afectado. Por eso está tan cansado, por eso se enferma tan seguido. Y si no hacemos algo pronto, la enfermedad seguirá avanzando. Los tratamientos que hemos usado hasta ahora han servido de algo, pese a que no sabíamos lo que combatíamos, pero no es una cura, te has dado cuenta. Las recaídas son cada vez más frecuentes. Las palabras de Rodrigo se aglomeraban en su cabeza sin dejarla pensar con claridad, pese a la urgencia de la situación. Enfermedad. Avanzando. Hacer algo pronto. —¿Y qué podemos hacer? —preguntó, tratando de mantener la calma, aunque por dentro sentía que se ahogaba. Quería llorar, se sentía muy mal por su pequeño Santi, y aún no entendía qué era exactamente lo que tenía. Rodrigo bajó la mirada a la carpeta, como si no quisiera ver el dolor en los ojos de Carla. —El tratamiento inmediato incluye transfusiones de sangre regulares y medicamentos para fortalecer su sistema inmunológico. Pero eso solo es una solución temporal. La única cura definitiva es un trasplante de médula ósea. Un trasplante. Eso no sonaba tan mal. Había oído hablar de trasplantes antes. Podría ser ella, o tal vez... —¿Yo puedo ser donante? —preguntó, con un atisbo de esperanza en la voz. Rodrigo negó lentamente con la cabeza. —No, Carla. Los padres rara vez son compatibles para este tipo de trasplantes o enfermedad. La probabilidad es extremadamente baja, y en el caso de Santiago, las pruebas preliminares ya descartaron esa posibilidad. —¿Y el padre? —insistió, aunque sabía que era una pregunta inútil. Damián no estaba en su vida, y aunque lo estuviera, las probabilidades seguían siendo mínimas. Pero de él ser una opción, ella haría lo que fuera por Santi, incluso recurrir a Damián para mejorar la vida de su hijo, a pesar de que este último ya tenía una vida hecha junto a su esposa. —Tampoco —respondió Rodrigo—. Incluso si el padre estuviera disponible, la compatibilidad entre padre e hijo no es suficiente. Necesitamos un donante con una compatibilidad genética casi perfecta, y eso solo se encuentra en un hermano biológico. Carla sintió que las lágrimas comenzaban a nublarle la vista. Un hermano biológico. Santiago no tenía hermanos. Y para tener uno, tendría que... —N-No… No tiene hermanos, lo sabes, Rodrigo. —Lo sé, Carla. Claro que lo sé. El punto es que… —¿Bio…? ¿Biológico? ¿Estás diciendo que necesito tener otro hijo? —preguntó al interrumpirlo, su voz no dejaba de temblar por más que intentaba mantenerse bajo control. Rodrigo asintió, mirándola con una mezcla de compasión y profesionalismo pese a lo cercano que era con Santiago y Carla. Entendía lo dura que era todo ese proceso para ella. Y que saber lo que tenía Santiago no arrojaba más calma. —Sí, Carla. Un hermano biológico sería el donante ideal. Las células madre de un recién nacido son las más compatibles y tienen la mayor probabilidad de éxito en el trasplante. Ella no pudo contenerse más. Las lágrimas brotaron de sus ojos, rodando por sus mejillas mientras el peso de la situación la aplastaba. Rodrigo se levantó de su silla y se acercó a ella, colocando una mano en su hombro. —Yo no… No puedo creer que esto nos esté pasando. —Lo siento, Carla —dijo, sintiendo mucha lástima por ella, le dolía verla así y supo desde el inicio lo difícil que sería para ella afrontar esta enfermedad ya confirmada en Santiago—. Sé que esto es mucho para procesar, pero es la mejor opción que tenemos. Santiago puede recuperarse casi por completo con un trasplante exitoso. Pero necesitamos actuar pronto. Me preocupa mucho sus recaídas, que su cuerpo se vaya debilitando cada vez más, no podemos fiarnos de su mejoría. Carla se secó las lágrimas con el pañuelo que Rodrigo le había ofrecido, aunque sus ojos seguían brillando por el llanto reprimido. Lo miró fijamente, buscando en su rostro alguna señal de que todo esto era un error, una pesadilla de la que pronto despertaría. Pero la expresión seria y compasiva del doctor le dejó claro que no había vuelta atrás. —¿De verdad crees que tener otro hijo podría salvar a Santiago? —preguntó, con la voz aún temblorosa—. ¿No hay otra forma? ¿Estás seguro de que no existen otras posibilidades de… hacer que mi niño esté bien? Rodrigo suspiró, apoyándose en el borde de su escritorio mientras la miraba con unos ojos de total preocupación, más allá de lo profesional, haría lo que fuera por evitar el sufrimiento de ella y de su hijo, pero sus manos estaban atadas y aquella era la única salida. —Carla, no te lo habría dicho si no fuera la salida más rápida y directa —respondió sin apartar los ojos de ella—. Un trasplante de médula ósea de un hermano biológico tiene un alto porcentaje de éxito, mucho más que cualquier otra opción. Es la mejor posibilidad que tenemos para que Santiago se recupere casi por completo. Carla estaba por derrumbarse de nuevo, su cabeza dio vueltas y él la sostuvo antes de que se tambaleara, ella soltó un sollozo, pero rápidamente recobró la compostura. Su mente era un torbellino de preguntas, de miedos, de dudas. Necesitaba respuestas, necesitaba entender. —¿Y cómo sería el tratamiento? —preguntó, mirándolo con ojos ansiosos—. ¿Qué le pasaría a Santiago? ¿Y al bebé? —Toma asiento, no quiero que te marees de nuevo—dijo, ayudándola a sentarse, dio la vuelta en el escritorio y se sentó también—. Aclararé todas y cada una de tus dudas, Carla. Sé que debes de tener muchas. Primero, Santiago necesitaría someterse a quimioterapia para destruir su médula ósea enferma antes del trasplante. Es un proceso agresivo, pero necesario. Después, las células madre del bebé se le transfundirían, y si todo va bien, comenzarían a producir células sanguíneas sanas en su cuerpo. Durante los meses de tu embarazo yo estaría trabajando con Santi para prepararlo. Carla frunció el ceño, tratando de imaginar a su pequeño pasando por algo tan doloroso. —¿Y el bebé? —preguntó, con la voz entrecortada, el llanto amenazando con atacar. Durante todo el proceso se había mantenido fuerte, pero esto la superaba—. ¿Qué le pasaría a él? —El bebé no sufriría —respondió Rodrigo sosteniéndole la mirada para darle confianza—. La extracción de células madre se hace a través del cordón umbilical en el momento del parto. Es un procedimiento seguro y no invasivo para el recién nacido. Ella asintió, aunque el peso de la decisión seguía aplastándola. No era solo tener otro hijo; era tener otro hijo con Damián. Y eso significaba enfrentarse a él, a su pasado, a todo lo que había dejado atrás. ¿Cómo iba a aparecer de nuevo en su vida y quedarse embarazada de él? ¡Era un hombre casado! Y no sabía de él en años, desde hace tanto que le daba miedo mirar al pasado. —¿Y qué pasa si no hacemos el trasplante? —preguntó, casi sin querer escuchar la respuesta. Rodrigo bajó la mirada como si no quisiera ver el dolor en sus ojos. —Sin el trasplante, la enfermedad seguirá avanzando. Santiago necesitará transfusiones de sangre cada vez más frecuentes, y su sistema inmunológico se debilitará aún más. Con el tiempo, los órganos vitales podrían verse afectados. El corazón, el hígado... —hizo una pausa, como si no quisiera continuar—. No es un futuro que quiera para él, Carla. Ni tú tampoco. Ella cerró los ojos, sintiendo cómo las lágrimas volvían a brotar. No podía imaginar a su pequeño sufriendo así, viendo cómo su cuerpo se debilitaba poco a poco. —¿Y si tengo otro hijo? —preguntó, con la voz temblorosa—. ¿Podría tener la misma enfermedad? Rodrigo negó con la cabeza. —Es poco probable. La Enfermedad de Veyra es extremadamente rara. Hay pocos casos en el mundo, y la probabilidad de que otro hijo la herede es mínima, casi nula. Pero, Carla —hizo una pausa, mirándola con seriedad—, no se trata de tener otro hijo con cualquier pareja. Tiene que ser con el padre de Santiago. Debe ser un hermano biológico. La compatibilidad genética es clave, y solo un hermano biológico tendría las células necesarias para el trasplante. Ella rompió a llorar de nuevo, esta vez sin poder contenerse. Las lágrimas caían por sus mejillas mientras el peso de la situación la aplastaba. Rodrigo no dudó en acercarse a ella, abrazándola con firmeza mientras ella se aferraba a su pecho, buscando consuelo en medio del dolor. —Lo siento, Carla —murmuró, acariciando su espalda con suavidad—. Sé que esto es mucho para ti. Pero tienes que ser fuerte, por Santiago. Él te necesita. Te apoyaré en todo esto, sabes que no te dejaré sola. —Sostuvo su rostro con ambas manos y la miró a los ojos—. Me tienes a mí—dijo con una sonrisa tranquilizadora.
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