Una Noche Romántica 😍

1805 Words
—Muchas gracias por la Cena y la hospitalidad Amanda, dijo El príncipe Alexandre mientras salían de la sala comedor. Eran las veintidós horas mientas caminaban por el palacio Amanda y Alexandre. Amanda tomó de brazos al príncipe mientras conversaban. Caminaron por el patio real y se dirigieron al jardín, que quedaba por la parte trasera del palacio, había unos bancos, era como una plaza boscosa, repleta de flores y gran variedad de vegetación, los árboles se imponía por su grandeza y antigüedad, tenían miles de años. —Sentémonos aquí, dijo la princesa mirando fijamente a Alexandre. —Tiempo sin pisar estas tierras, es todo un valle hermoso y lujoso, dijo Alexandre con voz amable. —¿Por qué nunca viniste más a visitarnos, Alexandre?, preguntó Amanda con voz dulce y sutil. —No sé Amanda, pienso que tantas ocupaciones y el distanciamiento no me permitieron visitarte, y recuerda que desde hace muchos años de aquel conflicto, que tuvieron nuestros abuelos, respondió Alexandre con la mirada pérdida hacia pasado. —Eso fue hace 27 años, ni siquiera tú y yo habíamos nacido, dijo Amanda. —¡Sí! Tienes razón, pero de alguna manera eso marcó un antes y un después en nuestras vidas, porque el conflicto fue una separación entre Atenas y Esparta, ¿recuerdas?, respondió Alexandre con voz firme, pero amable. —Entiendo, todo lo que pasó, pero aun así, perdiste contacto conmigo, respondió Amanda con voz triste, apoyando su cabeza sobre los hombros del príncipe. —No hay motivos para estar triste, ya estoy de vuelta, y aquí estamos juntos otra vez, respondió con voz dulce y respetuosa. —¿Supiste que la Tesalia fue atacada camino a la frontera con el sur?, preguntó Amanda, mirando fijamente a los ojos de Alexandre. —Escuché rumores que los bárbaros querían apoderarse de estas tierras, pero ¿es cierto eso? —Si Alexandre, veo que no estás muy enterado de los asuntos políticos de tus tierras, respondió la princesa. Alexandre frunció el ceño, y respondiendo al comentario respondió: — Recuerda que soy el príncipe, aún no soy rey, y no todos los monarcas le cuentan a sus hijos lo que sucede en el reino. Respondió con un tono de voz seria y respetuosa. —Te entiendo perfectamente Alexandre, no tienes por qué darme explicaciones de tus asuntos personales con tu padre. Si no quieres contarme nada, lo entenderé y no me molestaré contigo por eso. Respondió Amanda. Hubo un momento de silencio y de pronto un aire frío pasó entre ellos, como si se tratara de advertencia de los dioses. Amanda levantó su mano derecha y movió el mentón del príncipe, mirándolo fijamente a los ojos. Por un momento sus ojos azules conectaron entre sí, y como apartados por el mundo y sin estar conscientes del lugar en tiempo y espacio. Alexandre, también hipnotizado por la dulce mirada de la princesa, no le quedó más remedio que decir lo que veía y lo que sentía. —Eres muy hermosa Amanda, como estas de bella, has crecido, ya no eres una niña. —Amanda vio sus labios carnosos y provocativos y se fue acercando poco a poco, como si quisiera quitarle el aliento al príncipe. —El príncipe sentía que le faltaba el aire, y no por fuerzas, ni falta de voluntad, lo que estaba al frente de sus ojos era un ardiente deseo que le hacía latir fuertemente el corazón. Y no podía negar que tenía al frente a una bella y hermosa mujer con una espléndida figura femenina. Y sin mediar tantas palabras, y como soldado del ejército de Esparta, no se pudo contener, y la besó con pasión y dulzura a la vez. Ella también correspondió a sus labios y sintió que debía ir más allá, y los mismos pensamientos se cruzaron de camino. De pronto, Alexandre pasó su mano izquierda por las piernas de la princesa, y alzó su vestido para llegar más arriba, a donde todo guerrero reclama su recompensa. Y comenzó a palpar con suavidad y la princesa sentía la respiración inter cortada, pero ella sentía flotando en las nubes, mientras sentía las manos grandes de su guerrero. De pronto Alexandre, fue jugueteando con sus dedos y mientas, seguía besando a la princesa. Alexandre pasó sus dedos firmes y quiso ir y fue más adentro con mayor profundidad, mientas la besaba, usaba la mano derecha para sostener sus nalgas blancas de porcelana fina. Los besos no paraban, eran infinitos y sus lenguas parecían inquietas. Amanda tomó la mano derecha del Alexandre, esa que sostenía sus bellas y blancas nalgas de porcelana, y le indicó qué camino tomar, y una vez que la mano juguetona encontró el camino trasero del patio interior, fue cuando la Amanda no se pudo contener y un gemido agudo salió de su linda boca. Alexandre la silenciaba con más besos ardientes mientras sus manos hacía el trabajo de manera continua y síncrona, como si se tratara de un trabajo artístico o una obra de arte. Amanda lanzó un gemido más fuerte esta vez y fue cuando desabrochó el cinturón de guerrero que llevaba puesto el príncipe, dejándolo al descubierto y le dijo: - Hazme tuya guerrero. Y sin pensarlo dos veces, El guerrero aceptó y la levantó sosteniendo sus nalgas con las dos manos y las piernas al aire y decidió hacer su parte una y otra vez, mientras la sostenía Amanda le agradecía con besos. Cada momento era ardiente, sus cuerpos sudaban de placer en un jardín del Edén, donde las flores retoñan, los árboles mueven sus frescas hojas verdes y el viento era fresco a la mitad de la noche. Era una noche despejada y estrellada. Espectacularmente bella y apropiada para la ocasión. Amanda y Alexandre, estaban viviendo un momento mágico y ardiente. Sus lenguas seguían en la acción, mientras que sus piernas mojadas de tanto placer seguían deleitando el fresco aroma del jardín. Amanda Alojó su vestido en la parte frontal y sostuvo sus bellos y enormes pechos y los tocó, como para que el guerrero hiciera lo mismo, pero el guerrero, al ver lo que veía, decidió que debía ir a esa montaña y quería probarla y escalarla hasta la sima, pero antes debía saborear el dulce éxtasis de sus otros labios y para no pasar desapercibido fue haciendo su recorrido de arriba abajo y se detuvo en esa montaña a contemplar y degustar, todo le sabía a frutas y vainillas, sentía que todo estaba fresco y fue descendiendo con lentitud, quitando por completo el vestido. Alexandre tomó a Amanda, la cargó y la acostó sobre el césped, la besó una vez más, bajó nuevamente por las montañas y poco a poco fu descendiendo hasta tocar puertas, cuando abrieron las puertas del templo interior, comulgó y fue invitado cenar y sus labios sintieron el grosor de sus labios inferiores y húmedos y comenzó beber del mejor vino blanco que jamás había degustado. Era un festín de placer y dulzura, era de esos vinos espumante tipo champán, que te hacía cosquillas en la garganta, así sentía Alexandre la degustación. — Que divinas y ricas estás decía, me voy a embriagar de ti toda la noche. Dijo el príncipe con su melena despeinada y con cara de cazador salvaje. Alexandre, no era el único despeinado, Amanda parecía que la habían revolcado por todo el jardín, como si se tratara de un cortacésped. Ambos estaban felices de estar ahí, haciendo lo que mejor podían hacer por su nación, hacer el amor y quererse sin medidas y sin restricciones, no había tabús entre ellos, sus almas comulgaban en una sola fusión de amor y placer. Eran de esas noches perfectas, donde no había compromisos, ni políticas, ni discursos, era un acto puro de amor en donde dos naciones se unían para afrontar juntos lo que vendría. Esparta y Atenas, unidas, jamás serán vencidas. De pronto el sol los sorprendió, los gallos cantaban y estaban por salir, los jardineros y demás personas del servicio, como todo palacio, las actividades no paran. Amanda se percató de que el sol los sorprendía en sus caras, y que debían levantarse pronto. Debían salir del jardín. — Rápido Alexandre, vístete, no hay tiempos para pereza, amor, amor. Alexandre parecía embriagado, al menos su aspecto así lo demostraba. Inmediatamente, Alexandre se levantó, pero a su m*****o estaba firme, la princesa se rio y supuso que debía ser del frío de la noche. Pasó por su mente muchas cosas a la velocidad de la luz, pero no había tiempo, reflexionó la princesa. Se acomodaron como pudieron, la princesa tenía todo el vestido lleno de hojas y ni hablar del cabello parecía un jardín de flores y hojas. —Vamos por la parte de atrás, porque por él enfrente, no podemos pasar, dijo la princesa —¿Oye, pero tu habitación donde está?, preguntó el príncipe —Esa que está en el piso dos y señaló con su dedo índice hacia la ventana del cuarto. —Pero no está tan alto, dijo el príncipe. —¿Y qué pretendes que trepe por la ventana?, respondió Amanda riéndose del comentario — Te puedo lanzar como una bola de cañón por la ventana, dijo Alexandre riéndose de lo que decía. —Muy chistoso el príncipe, dijo la princesa. De pronto una empleada del servicio, el aspecto de la princesa y ver quien la acompañaba, pensó que debía ayudarla, era claro ver lo que sucedía. De pronto abrió la ventana y dijo: — Princesa, vengan por aquí, dijo dirigiéndose a los dos. —Gracias Azucena te debo una, dijo la princesa — Me debes una cuantas, dijo, pero corre mi niña ve por el sótano y sube las escaleras de caracol, esas te conducirán a las habitaciones y apresúrense que en cinco minutos será la hora del baño, dijo la mujer del servicio. Salieron corriendo en su aspecto de media noche y sin dormir por todos esos pasillos, no había ningún alma deambulando, excepto un guardia que hacía su ronda y salía del baño, pero se escondieron y después aceleraron el paso hasta llegar a las escaleras de caracol. Subieron hasta las habitaciones, no había moros en la costa, por lo que cada quien al llegar a sus respectivas habitaciones, se despidieron con un pico y entraron a sus respectivas habitaciones, Más tardes se reunirían para desayunar y luego sería la hora de partir a Esparta. Quedarse un día más eras abusar de la hospitalidad del rey y no era muy apropiado, eso pensó Amanda y Alexandre, que sus pensamientos estaban tan conectados ahoras, más que nunca. Las cosas no suceden por casualidad, todo pasa por algo y los dioses, siempre conspiran a favor de los justos, aunque a veces pareciera que no es así, al meno las circunstancias y la impaciencia lo hacían ver otra realidad.
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