Pero Justin no lo comprendía. Nadie lo comprendía. Sólo él. A la mañana siguiente entró medio dormido en el comedero, vestido con unos vaqueros azules, una camisa blanquiazul de franela y su chaqueta de piel de borrego. Llevaba su sombrero Stetson beige de ala ancha, desgastado y manchado por los años de duro trabajo. Tampoco sus botas ofrecían mucho mejor aspecto. Sólo tenía treinta años, pero se sentía como si tuviera sesenta, y se preguntaba si ofrecería un aspecto tan viejo. Oyó voces que salían del despacho de Justin cuando él entró en la sala de espera del comedero. Fay, la bonita y menuda esposa de J. D. Langley, le sonrió y le hizo un gesto para que pasara. Técnicamente era la secretaria de Calhoun Ballenger, pero aquel día se ocupaba también de sustituir a la otra secret

