Capitulo 1
Capítulo Uno
Tom Kaulitz se sentó en la barandilla de hierro de la plaza donde iba a llevarse a cabo el rodeo, mirando a su alrededor por debajo del ala de su sombrero tejano. Cruzó sus poderosas piernas, embutidas en un pantalón vaquero, y observó sus botas de colores. Sólo se ponía aquella indumentaria para las ocasiones especiales, pero había olvidado lo complicadas que podían llegar a ser las cosas. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había trabajado en el rancho de su padre, y bastantes meses desde el último rodeo de Cherry.
La chica era bastante buena montando, pero no tenía confianza en sí misma. Su ex esposa no aprobaba la repentina afición de Cherry por los rodeos, pero él sí. Cherry era todo lo que le quedaba de ocho años de matrimonio, que habían finalizado seis años atrás de manera turbulenta. Había conseguido la custodia de Cherry porque Marie y su nuevo marido estaban demasiado ocupados con sus negocios como para cuidar de una niña. Cherry tenía catorce años, y estaba en una edad complicada. Tom tenía sus propias preocupaciones, entre las que se incluía una empresa de ordenadores que
ocupaba gran parte de su atención y que no le dejaba mucho tiempo libre. Sabía que debía pasar más tiempo con su hija, pero no podía dejar las riendas de la empresa en manos de sus subordinados. Era el dueño y debía asumir su responsabilidad.
Pero estaba aburrido. Ya no tenía retos. Había conseguido una pequeña fortuna y ahora estaba deseando encontrar algo que ocupara su mente rápida y analítica. Tal vez por ello se había tomado unas cuantas semanas libres aprovechando que Cherry estaba de vacaciones, lo que por otra parte podría darle una perspectiva mejor tanto de la vida como de los negocios. Pero ya se había cansado.
Odiaba sentarse allí mientras esperaba a que Cherry hiciera su aparición. Padre e hija se habían marchado a vivir recientemente a Victoria, en Texas, donde estaba situada la nueva central de la empresa. Pero en aquel momento se encontraban en Jacobsville, una pequeña y encantadora localidad que se encontraba muy cerca de Victoria. Cherry deseaba ir, porque uno de sus ídolos de los rodeos iba a recibir aquella noche algún tipo de premio. La idea de que Cherry tomara parte en la competición no había sido muy buena, porque nunca había montado delante de tanto público y era consciente de ello.
Cuando oyó que llamaban a Cherry, Tom se enderezó y observó a su hija, que
salió a la arena montada a caballo. Se había recogido el pelo en una coleta que
sobresalía por debajo del sombrero. Lo miró con sus ojos grises. Cherry iba a ser una mujer bastante alta, y era una buena amazona. Pero después de dar la primera vuelta vaciló durante unos segundos y el caballo se quedó clavado en el sitio. El locutor que comentaba el rodeo la animó por megafonía, pero en el siguiente turno volvió a sucederle lo mismo.
Tom la observó cuando salía de la plaza, en cuanto terminó su actuación. Le dolía que, a pesar de haberlo intentado, fuese a quedar como siempre en último lugar.
-Qué lástima -dijo con suavidad una voz femenina, a su lado-. Se queda parada en las vueltas, ¿no se ha fijado? Me temo que nunca llegará a ser una buena competidora. No tiene garra.
Un hombre que estaba cerca hizo otro comentario condescendiente.
Tom se enfureció al escuchar la petulancia y superioridad que había en la voz de aquella mujer, y esperó irritado a ver de quién se trataba. Y cuando apareció ante su vista se llevó una sorpresa.
La alta y preciosa rubia que había hecho aquellos comentarios sobre Cherry
Kaulitz estaba preparándose para salir a la arena. Por primera vez en muchos meses, Jane Parker podía arreglárselas sin su silla de ruedas ni su bastón. Más aún, su pierna no la había molestado de nuevo. Se encontraba bien porque había estado descansando todo el día, sin forzar su espalda. Había tenido mucho cuidado de no hacerlo, para poder asistir a la ceremonia de apertura del rodeo anual de Jacobsville y esperar a que finalizara para recibir una placa en nombre de su padre. Joe no quería que montara, pero no le había hecho caso. Al fin y al cabo era digna hija de su padre, y su orgullo le habría impedido participar en el rodeo estando en malas condiciones.
Se detuvo para contemplar la competición juvenil, en la que tantos trofeos había ganado desde que estaba en el colegio. Le llamó la atención una chica en particular, e hizo un comentario crítico al respecto a uno de los jinetes que estaba junto a ella. Era una pena que la chica no pudiera entrar en los premios, pero no resultaba sorprendente.
La chica demostraba miedo en las vueltas, y dudaba de tal forma "que hacía que el caballo se parase. Jane se lo comentó al vaquero que estaba a su lado. Aquella joven debía ser nueva en el rodeo, porque no le sonaba su nombre. Había vivido toda su vida en el sur de Texas y conocía a casi todas las personas que participaban en el circuito de los rodeos.
Sonrió al vaquero y se adelantó, negando con la cabeza. Realmente no sabía muy bien a dónde se dirigía. Estaba intentando colocarse bien la chaqueta blanca que llevaba puesta, a juego con la camisa y con las botas, cuando apareció ante ella la pierna de un individuo que dejó paralizada a la elegante rubia.
Sorprendida, contempló aquellos ojos ambarinos, que pertenecían a un
hombre atractivo, de pelo rizado.
El vaquero que estaba sentado en la barandilla llevaba un látigo entre sus
fuertes dedos, con el que no dejó de juguetear cuando empezó a hablar.
-He oído lo que acababa de decir a ese vaquero acerca del modo de montar de
Cherry Kaulitz -dijo con frialdad-. ¿Quién demonios cree que es para criticar a una vaquera de la categoría de Cherry?
Jane arqueó las cejas. Aquel hombre tampoco pertenecía al circuito texano, que tan bien conocían ella y su padre.
-¿Cómo dice?
-De todas formas, ¿a qué se dedica usted? ¿Es modelo? Tiene el aspecto de una de esas modelos rubias que salen en las revistas -añadió, con tono despectivo-. ¿Es la amiguita de alguno de los vaqueros o forma parte del espectáculo?
No esperaba ningún ataque verbal, y mucho menos procedente de un perfecto
desconocido. Lo miró, incapaz de reaccionar a causa de la sorpresa.
-¿Es que no entiende las preguntas de más de una sílaba? -insistió él.
Aquélla fue la gota que colmó el vaso. Los ojos azules de Jane brillaron.
-Interesante. Yo pensaba que era usted el que no era capaz de hacer preguntas inteligentes -dijo con toda tranquilidad, mirando la pierna que le bloqueaba el camino-. Quite esa pierna de ahí o tendré que rompérsela, vaquero.
-cuan niña estirada como usted?
-Ahí es dónde se equivoca. No soy ninguna niña estirada.
El hombre mantenía una posición bastante precaria, puesto que estaba sentado en la barandilla, con la pierna extendida para que no pudiera pasar. Jane se movió con rapidez. Lo tomó de la pierna, empujó hacia atrás, y el desconocido cayó de espaldas sin poder hacer nada para evitarlo.
Después hizo ademán de limpiarse las manos y pasó, no sin antes notar la sonrisa que le dirigieron dos vaqueros que iban junto a ella.
Joe Harley, el capataz de mediana edad de su rancho, estaba esperándola en la
puerta con Bracket, su caballo. Sostuvo al animal hasta que Jane montó, con dificultad.
-No deberías intentarlo -dijo él-. ¡Es demasiado pronto!
-Mi padre lo habría hecho -espetó a su vez-. Jacobsville es su ciudad, y la mía.
No podía rechazar la invitación para aceptar la placa en su nombre. El rodeo de hoy es un homenaje a él.
-Pero podrías haber aceptado la placa sin necesidad de montar a caballo.
Ella lo miró.
-Escucha, no he estado incapacitada toda mi vida.
-¡Oh, por Dios!
El sonido de la banda de música que empezó a tocar en aquel momento llamó su atención. Intentó tranquilizar a su nerviosa montura, consciente de que el hombre al que acababa de derribar se acercaba hacia ella. Afortunadamente, antes de que pudiera llegar a su altura varios jinetes se interpusieron en el camino, en la entrada a la arena de la plaza.
La competición juvenil marcaba el final de los espectáculos de la tarde. El dinero de los principales premios ya se había repartido y la orquesta empezó a tocar La rosa amarilla de Texas. La puerta se abrió. Jane espoleó a Bracket, que empezó a trotar con elegancia, y se mordió el labio inferior para poder soportar el dolor que le causaba el movimiento del caballo. Avanzaba con suavidad, pero aún así resultaba muy doloroso.
No sabía si iba a conseguir dar la vuelta a la plaza, pero iba a intentarlo. Con una sonrisa, hizo un esfuerzo para aparentar felicidad y se quitó su sombrero blanco para saludar a la multitud. La mayor parte de aquellas personas conocía a su padre, y muchos también a ella. Jane se había convertido en toda una leyenda de los rodeos antes de que tuviera que retirarse a los veinticuatro años. Su padre decía a menudo que había nacido montando a caballo. Intentó no pensar en la última vez que lo había visto. Prefería recordarlo tal y como era en el pasado.
-No me digan que no es preciosa -estaba comentando Bob Harris desde la sala de prensa-. Aquí tienen a la señorita Jane Parker, damas y caballeros, la mujer que ganó dos veces la competición y que el año pasado acabó en primer lugar en la división de mujeres. Como saben, en la actualidad está retirada de la competición, pero sigue teniendo un aspecto magnífico sobre el caballo.
Jane agradeció los cumplidos y se las arregló para no caerse y para no quejarse de dolor cuando llegó a la tribuna. Sólo se trataba de recoger la placa y marcharse.
Bob Harris bajó a la arena con una placa, que le dio.
-No es necesario que desmonte -dijo él, agarrando con una mano el micrófono.
-Amigos -continuó-, como saben, Oren Parker murió el año pasado en un
accidente de tráfico. Fue el mejor jinete durante cuatro años en este rodeo, y ganó dos veces el campeonato nacional. Estoy seguro de que todos los presentes se unen a mí en el sentimiento de condolencia que nos ha llevado a dedicar este rodeo al padre de Jane, entregando a su hija una placa en honor del que fue todo un campeón como hombre y como deportista. ¡La señorita Jane Parker, damas y caballeros!
Entre agradecimientos y aplausos Jane recogió la placa, y cuando Bob levantó el micrófono para que hablara, dio las gracias a los presentes por haberse reunido para homenajear a su padre. Temía no aguantar mucho tiempo encima del caballo, de modo que después de la breve alocución volvió a darle las gracias a Bob y salió de la plaza.
La primera sorpresa de la tarde se la llevó al ver que no podía desmontar. La
segunda, al observar que el enfadado vaquero que se había enfrentado a ella se encontraba esperándola en la salida de la arena.
La miró y tomó al caballo por las riendas para que no pudiera avanzar.
-Bueno, ya veo que no forma parte del espectáculo -dijo él, en tono de burla-.
Monta como una principiante, estirada como un trozo de madera. ¿Cómo es posible que tan mala amazona consiguiera ganar tantos premios? ¿Lo consiguió gracias al nombre de su padre?
De no haberse encontrado en un estado lamentable, le habría pegado una buena patada en la boca. Pero le dolía demasiado la espalda como para reaccionar.