Capitulo 2

2576 Words
-Al parecer, tampoco tiene carácter -continuó él. -Espera un momento, Jane, ¡ya voy yo! -exclamó una voz irritada a su espalda-. Maldita loca... Joe se plantó junto a ella. Su pelo gris y su barba crecida le daban un aspecto aún más duro de lo habitual. -No puedes bajarte de la silla, ¿verdad? -preguntó-. Bueno, no te preocupes, Joe está aquí. Te ayudaré, pero tómate tu tiempo -añadió, tomando la placa. -¿Siempre necesita la ayuda de otra persona para desmontar? -preguntó el desconocido-. Pensé que las estrellas de los rodeos podían montar y desmontar solas. Aquel hombre no tenía acento texano. De hecho, no tenía ningún acento. Jane se preguntó por su procedencia. Joe lo miró. -No durará mucho tiempo en el circuito si sigue hablando en esos términos -dijo-. Y mucho menos si es a Jane a quien dedica esas palabras. Joe se volvió hacia Jane y levantó los brazos para ayudarla. -Vamos, cariño -dijo con suavidad, con el mismo tono que solía utilizar cuando tenía seis años-. Vamos, no pasa nada, no dejaré que te caigas. El nuevo vaquero la estaba observando con curiosidad. De repente se había dado cuenta de que estaba pálida y de que apretaba los dientes mientras intentaba desmontar. El pequeño vaquero que la ayudaba lo estaba pasando bastante mal. No es que ella fuera demasiado grande, pero era alta y por tanto no demasiado ligera. Dio un paso adelante y dijo: -Déjeme que lo ayude. -No deje que se caiga -dijo con rapidez Joe-. Las placas que le han puesto en la espalda no le servirán de mucho si se cae. -Placas... Aquello lo explicaba todo. La tomó con suavidad por la cintura. Estaba sudando por el esfuerzo, y se le saltaban las lágrimas por el dolor. -No puedo -susurró ella. -Ponga los brazos alrededor de mi cuello -dijo con autoridad-. Yo la tomaré. Saque un pie de los estribos. La tomaré cuando vaya a sacar el otro y la bajaré. Tranquila. Cuando esté dispuesta, dígamelo. Jane sabía que no podía quedarse para siempre en el caballo, pero la idea le pareció tentadora. Hizo un esfuerzo por sonreír a Joe, que la observaba con gran preocupación. -No te preocupes, Joe -susurró-. He conseguido llegar hasta aquí y conseguiré salir. Respiró profundamente y sacó un pie del estribo. El dolor era insoportable. Pudo sentirlo en todo su cuerpo antes de que el desconocido vaquero la tomara entre los brazos con delicadeza y la dejara después en el suelo. Sin embargo, no se quejó ni una sola vez. Se quedó apoyada en su ancho pecho, estremecida. -¿Dónde quiere que la deje? -preguntó a Joe. Joe dudó, pero sabía que la chica no podía caminar, y también sabía que él no podía llevarla. -Por aquí -contestó después de unos segundos. La llevaron a una caravana que había a unos cuantos metros de la plaza. Era una caravana bastante bonita, con un amplio salón. Había un sofá en uno de los extremos y una silla de ruedas junto a éste. Cuando el vaquero vio la silla, su rostro palideció. -Te lo dije -espetó Joe-. ¡Te dije que no lo hicieras! ¡Sólo espero que no te hayas dañado la espalda! Cuando vio que el desconocido iba a dejarla sobre la silla de ruedas, Jane protestó. -¡No, no me deje ahí! ¡Ahí no, por favor! -¡Es el mejor sitio para ti, maldita loca! -exclamó Joe. -Déjeme en el sofá, por favor -murmuró. Hizo un esfuerzo para no gemir cuando la dejó sobre los cojines. -Te traeré tus analgésicos y algo para beber -dijo Joe, caminando hacia la pequeña cocina. Jane aprovechó el momento para darle las gracias al alto vaquero. Pero lo hizo con poca convicción, habida cuenta de los comentarios que le había dedicado con anterioridad. -Gracias. -De nada -contestó él con suavidad-. Debió haberme puesto en mi sitio antes de que me avergonzara a mí mismo con el comportamiento que he demostrado. Supongo que sabe mucho más sobre los rodeos de lo que Cherry sabrá nunca. Es mi hija -añadió. Aquello lo explicaba todo. -Siento que malinterpretara la crítica que hice, pero no pienso disculparme por ello. Su hija tiene talento, pero también miedo. Alguien tiene que ayudarla, para que consiga controlar tanto al miedo como al caballo. -Yo sé montar, pero nada más. No sé nada sobre rodeos, y no puedo ayudarla -explicó-. Aunque en Wyoming nos gustan tanto los rodeos como a ustedes los texanos. -¿Son de Wyoming? -preguntó, con curiosidad. -Sí. Hemos venido a vivir a Texas hace tan sólo unas semanas. Así podremos estar más cerca de la madre de Cherry. No quería explicar que estaba en Texas para aprovechar las posibilidades de un nuevo mercado para su empresa. De hecho, la cercanía de Marie no tenía nada que ver en su presencia allí. Marie no era en modo alguno una buena madre, y nunca había hecho otra cosa que criticar a su hija. Marie y su marido se habían marchado a vivir a Victoria, procedentes de Houston, más o menos en la misma época en que llegó Tom a Texas. Pero sólo era una coincidencia. -Vive con su segundo marido en Victoria -añadió. Ella lo miró con detenimiento y preguntó: -¿No sabe montar su madre? ¿No podría ayudarla? -Su madre odia los caballos -dijo, con ojos oscurecidos-. No quería que Cherry participara en los rodeos, pero yo no estoy de acuerdo con ella. El rodeo es lo más importante que hay en la vida de mi hija. -En tal caso, deben dejar que participe -espetó, mostrándose de acuerdo. Pensó que era una pena que los padres de Cherry se hubieran divorciado. Sabía lo que significaba crecer sin una madre, porque la suya murió de neumonía cuando ella aún estaba en el colegio. Miró de nuevo al hombre desconocido. Acababa de decir que era de Wyoming, lo que explicaba que no tuviera acento texano. Se echó hacia atrás, y el dolor recorrió todo su cuerpo. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras intentaba moverse haciendo caso omiso de las terribles punzadas. Joe regresó en aquel instante con dos cápsulas y un refresco. Tomó la medicina y bebió un poco, deseando que aquel dolor cediera de una vez. -Mucho mejor -dijo ella, suspirando. El hombre alto la miraba con el ceño fruncido. -¿Se encuentra bien? -Sí. Gracias por haberme ayudado. No parecía estar dispuesta a entablar conversación, y no tenía derecho a esperar tal cosa, de modo que asintió y se dirigió hacia la salida de la caravana. Joe lo siguió. -Gracias por su ayuda, forastero -dijo-. Nunca habría podido traerla a la caravana sin usted. Los dos hombres estrecharon sus manos. -De nada. Por cierto, ¿qué le ha sucedido? -preguntó de forma abrupta. -Su padre tuvo un accidente de coche -contestó-. Murió al instante, pero Jane estuvo atrapada entre los restos durante tres horas hasta que consiguieron sacarla de allí. Pensaron que se había roto la columna vertebral. Sin embargo, sólo fue una hernia de disco. Es algo muy doloroso, que tarda mucho en curarse, pero los médicos hacen verdaderos milagros en la actualidad. Tom lo miró atentamente mientras continuaba con la explicación. -Al principio no podía andar, y no estábamos seguros de que no hubiera quedado paralizada para siempre. Pero se levantó y empezó la rehabilitación, con tal fuerza de voluntad que hasta los médicos se sorprendieron. Nunca he conocido a una chica como ella -bromeó-. Los dolores que siente acaban con sus fuerzas, pero no se rinde. Su padre habría estado orgulloso de ella, aunque es una pena que su carrera haya acabado. Nunca podrá participar de nuevo en una competición. -¿Y qué demonios hacía montando a caballo esta mañana? -Demostrar al público que nada en el mundo podría impedir que montara -contestó-. Por cierto, aún no ha dicho cómo se llama, forastero. -Tom Kaulitz. -Yo soy Joe Harley. Encantado de conocerle. -Igualmente. Antes de marcharse dudó durante unos segundos. Se sentía extraño. No se había sentido tan extraño en toda su vida. Tal vez se debiera a que no estaba acostumbrado a tratar con mujeres tan orgullosas. Lo había sorprendido con su obstinación y su carácter. Era valiente, a pesar de las circunstancias, y no dudaba que volvería a montar de nuevo aunque no pudiera volver a la competición. Sintió mucho haberse equivocado con ella, pero sus comentarios acerca de Cherry lo habían irritado. Ahora comprendía que sólo intentaba ayudar, y que la había malinterpretado. Sin embargo, todo lo relativo a Cherry le importaba mucho. Su hija había recibido más críticas negativas de su madre de las que nunca habría aceptado recibir por parte de un extraño. No era extraño por tanto que hubiera reaccionado mal a las críticas de aquella mujer. Ahora tendría que vérselas con un orgullo herido. Sonrió con amargura, avergonzado. Se lo merecía. Se había comportado con crueldad con una minusválida. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había cometido un error de tal magnitud. Caminó hasta encontrarse con su hija, que estaba charlando amigablemente con uno de los participantes del rodeo. -Papá, ¿has visto a la mujer rubia que recogió la placa? -preguntó-. ¡Era Jane Parker en persona! -Sí, la he visto -contestó. Miró al joven vaquero, que se ruborizó y miró a Cherry antes de desaparecer. -Ojalá no hicieras ese tipo de cosas -se quejó Cherry con un suspiro-. Papá, ya tengo catorce años. -Y yo soy un perro viejo. Lo sé -dijo, pasándole un brazo por encima del hombro-. Lo has hecho muy bien, socia. Estoy orgulloso de ti. -Gracias. Por cierto, ¿dónde te has metido? -He estado ayudando a tu ídolo a entrar en su caravana. -A mi ídolo... ¿A la señorita Parker? -Exacto. Tiene mal la espalda. Ésa es la razón por la que ya no participa en rodeos. Pero a pesar de todo es una mujer muy fuerte. -Era la mejor amazona que he visto nunca. Tengo un vídeo de sus participaciones en el campeonato del año pasado. Sólo quería venir a este rodeo para conocerla, pero ya no participa. Cuando dijeron que se había retirado sentí una profunda decepción. No sabía que tuviera mal la espalda. -Ni yo -murmuró. La atrajo hacia sí. Era lo que más quería en el mundo, aunque intentara concentrarse en el trabajo desde que su madre los abandonara. -No hemos pasado mucho tiempo juntos, ¿verdad? Te prometo que durante las vacaciones nos divertiremos. -¿Y qué tal si empezamos ahora? -preguntó Cherry-. Podrías presentarme a la señorita Parker. Tom se aclaró la garganta. No podía decir a su hija que se había comportado como un canalla con su ídolo. -Es preciosa -continuó su hija, sin esperar respuesta-. Mamá también lo es, pero no tanto. No quería que fuera a verla la semana que viene, ¿lo sabías? -Sí. No añadió que habían discutido al respecto. Marie no quería pasar con Cherry más tiempo del necesario. Los había abandonado para marcharse con otro hombre seis años atrás, diciendo que Cherry le daba demasiados problemas y que no podía ocuparse de ella. Aquello destrozó a la joven, y a Tom lo obligó a compaginar su trabajo con el cuidado de su hija. Sin embargo, no le importó. Estaba orgulloso de Cherry y la había animado a que hiciera lo que más le gustase, incluyendo la participación en los rodeos. Marie no estaba de acuerdo. No lo aprobaba en absoluto, pero Tom se mostró firme en ese punto. -¿Qué habrá visto en él? -preguntó Cherry, con ojos brillantes-. Es un cretino que sólo se preocupa por su aspecto. No le gustan los animales, ni los niños. Levantó las manos en un gesto enfadado, y su coleta rubia se movió de un lado a otro. -Es brillante. Ha vendido muchos libros. Está en el número uno de la lista de ventas del New York Times desde hace semanas. -Pero tú también eres brillante. Y rico. -Sí, pero no soy de su clase. Yo me he hecho a mí mismo. No he estudiado en Harvard. -Ni él -rió Cherry-. De hecho no estudió en ninguna universidad. Oí que mamá lo decía, aunque él no se dio cuenta. Tom también rió. -Qué más da. Tu madre es feliz, que es lo que importa. -¿Ya no la amas? -No como cuando me casé con ella -contestó con sinceridad-. Para que un matrimonio funcione es preciso que las dos personas se comprometan a fondo para hacerse felices. Y tu madre se cansó de que yo pasara tanto tiempo trabajando. -También se cansó de mí. -A su manera te quiere. No lo dudes. Sin embargo, conforme fue pasando el tiempo descubrimos que cada vez teníamos menos cosas en común. Y llegó el día en que nos dimos cuenta que nuestro matrimonio no tenía sentido. -Necesitas que alguien te cuide -dijo Cherry-. Yo me casaré algún día, y cuando eso suceda, ¿qué harás? Tom rió. -Estaré solo. -Ya. Pero no mencionas a esas mujeres que nunca llevas a casa. Su padre se aclaró la garganta. -Cherry... -No importa, no soy estúpida -dijo, mirando a la multitud-. Necesitas que alguien te cuide, además de mí. Trabajas hasta tarde y te pasas la vida en viajes de negocios. Nunca estás en casa, de modo que yo tampoco puedo ir. Quiero estudiar en un colegio de Victoria cuando empiece el curso. Odio el internado. -Nunca me lo habías dicho -dijo, sorprendido. -No quería hacerlo -admitió a regañadientes-. Pero últimamente ha sido horroroso. Me alegro de estar de vacaciones -añadió, mirándolo con sus ojos grises, tan parecidos a los de su madre-. Me alegro mucho de que te hayas tomado unas vacaciones para hacer cosas conmigo. Tú y yo solos. -Estaba esperándolo desde hace mucho tiempo -confesó-. Quería tomarme unas cuantas semanas libres. Mentía, pero consiguió convencerla de su sinceridad. Sin embargo, se preguntó qué pasaría ahora que no tenía nada entre las manos en lo que concentrarse. Ella sonrió. -¡Bien! Podrás ayudarme a mejorar mi estilo montando. No creo que te hayas dado cuenta, pero he sufrido bastante para terminar mi competición. Recordó lo que había comentado Jane Parker y se preguntó si no sería buena idea que las dos mujeres pasaran cierto tiempo charlando. -¿Sabes una cosa? Creo que tengo una idea al respecto -bromeó él. -¿De verdad? Qué idea? -Espera y verás -contestó, llevándola hacia el coche-. Vamos a comer algo. Yo no sé cómo estarás tú, pero yo estoy hambriento. -Y yo. ¿Vamos a un restaurante chino? -Perfecto. La metió en el viejo vehículo que había alquilado hasta que enviaran su Ferrari y arrancó en dirección a Jacobsville. Comieron en un pequeño restaurante chino que estaba situado entre un montón de restaurantes de comida rápida y asadores. Cuando terminaron, regresaron al rodeo para ver las competiciones de la tarde. Cherry participó una vez más, pero su actuación no fue mejor que la de la mañana. Cuando salió de la plaza estaba llorando. -Tranquila -la reconfortó-. Roma no se hizo en un día. -¡Pero no hacían este tipo de competiciones en Roma! -se quejó. -Puede que no, pero el sentimiento es el mismo -dijo, abrazándola con delicadeza-. No te preocupes. Este sólo es el primer rodeo de la competición. Ya irás mejorando poco a poco.
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