Capitulo 3

1771 Words
-Es una pérdida de tiempo -dijo entre lágrimas-. Tal vez debería dejarlo ahora mismo. -Nadie llegaría a ninguna parte si se rindiera después de un fracaso. ¿Dónde estaría yo si hubiera abandonado al ver que mi primer programa de ordenadores no se vendía? -Desde luego, no estarías donde estás -admitió la joven-. Nadie hace mejores programas informáticos que tú, papá. El nuevo sistema operativo que has creado es fenomenal. Todo el mundo está loco por tenerlo en el colegio, porque dicen que simplifica mucho el trabajo. -Me alegró de que gastáramos tanto tiempo y esfuerzo en su desarrollo -dijo, sonriendo-. Ahora estamos trabajando en un programa de contabilidad. -¿Un programa de contabilidad? ¿Quién está interesado en algo tan aburrido? -Muchas pequeñas empresas -contestó entre risas-. Y da gracias a nuestra buena estrella. No te gustaría que volviéramos a ser pobres, ¿verdad? Cherry miró a su alrededor mientras hablaban. Sus ojos se iluminaron de repente. -¡La señorita Parker! Pero al verla, su expresión se ensombreció. -Oh, Dios mío... Tom se dio la vuelta y su gesto imitó al de su hija. Jane iba en una silla de ruedas, vestida con pantalones vaqueros, una camiseta color crema y zapatillas deportivas. Parecía frágil y deprimida. Joe la empujaba hacia la caravana que llevaba el trailer donde estaba el caballo. A menos que se equivocara, estaban a punto de marcharse. No podía permitir que desapareciera antes de haberle pedido que ayudara a Cherry a mejorar su estilo. De repente había pensado que podía ser una buena idea para las dos. La señorita Parker tendría algo nuevo que hacer y Cherry conseguiría la ayuda que necesitaba. Capítulo Dos -¡Señorita Parker! -exclamó Tom. Jane miró hacia la dirección de la que procedía la voz, consciente de que tanto él como la joven de la coleta se dirigían a su encuentro. La silla de ruedas la hacía sentirse vulnerable, y se mordió con fuerza el labio inferior. Estaba de mal humor porque no quería que aquel hombre, grosero y poco educado, la viera postrada. -¿Sí? -preguntó entre dientes. -Le presento a mi hija, Cherry -dijo, dando un empujoncito a la joven-. Quería conocerla. -Hola, qué tal -dijo ella, sin demasiado interés. -¿Qué te ha pasado? -preguntó Cherry de repente. El rostro de Jane se oscureció. -Tuvo un accidente -contestó su padre-. No ha sido muy educado por tu parte preguntárselo de ese modo. Cherry se ruborizó. -Lo siento, de verdad -dijo, acercándose a la silla de ruedas-. He visto todos tus vídeos. Eras la mejor amazona del mundo. Yo no podía ir a los rodeos, pero hice que papá comprara los videos. Estoy teniendo problemas para montar. Papá sabe montar, pero no tiene idea de nada referente a los rodeos, ¿verdad, papá? -preguntó, tocando el brazo de Jane con gentileza-. ¿Podrás montar de nuevo? -¡Cherr! -espetó Tom. -No pasa nada -intervino Jane con tranquilidad. Observó los ojos grises de la niña y se dio cuenta de que en ellos no había piedad, sino preocupación y curiosidad. Su rigidez empezó a ceder y sonrió. -No -añadió con sinceridad-. No creo que pueda participar de nuevo en un rodeo. -Ojalá pudiera ayudarte. De mayor pienso ser cirujana. He sacado un sobresaliente en matemáticas y en ciencias, y papá me ha dicho que iré a John Hopkins cuando tenga la edad suficiente. ¡Es la mejor facultad de medicina del país! -Cirujana -repitió Jane, sorprendida-. Nunca había conocido a nadie que quisiera dedicarse a la cirujía. -Pues ahora ya conoces a una persona. Ojalá no tuvieras que marcharte tan pronto -continuó hablando, esperanzada-. Quería preguntarte qué puedo hacer para quitarme el miedo cuando monto. Es una tontería, lo sé... ni siquiera me da miedo la sangre. Jane sintió cierto vacío interior mientras hablaba con la joven. Le recordaba a ella misma a su edad. Bajó los ojos y dijo: -Lo siento, pero ha sido un largo día y la espalda me duele bastante. Además, hoy tenemos una entrevista. -¿Una entrevista? -Sí, para conseguir un contable -contestó, mirando a Joe-. Joe no puede ocuparse de los libros. Hace lo que puede, pero desde que mi padre murió estamos perdiendo mucho dinero porque ni él ni yo sabemos nada esas cosas. -Mi padre sería perfecto -dijo Cherry con toda inocencia-. Es un genio con las cuestiones económicas. Lleva la contabilidad de la empresa... -De una pequeña empresa de ordenadores para la que trabajo, en Victoria -intervino su padre, interrumpiéndola. Miró a su hija con cierta dureza, y Cherry comprendió que había hablado demasiado, de modo que no dijo nada más. Joe dio un paso al frente. -¿Puede llevar los libros de contabilidad? -Por supuesto. Joe miró a Jane. -La casa del capataz esta vacía, ahora que Meg y yo vivimos contigo en la casa-comentó, mirando a Jane-. Podían quedarse a vivir allí y así podrías ayudar a la chica a mejorar su estilo. Tendrías algo más que hacer que quedarte en casa todo el día. -¡Joe! -espetó enfadada, mirando a Tom Kaulitz, que la observaba divertido-. Estoy segura de que ya tiene un trabajo. -Es cierto. Llevo los libros de mi... de la empresa de ordenadores -mintió-. Pero no me ocupa mucho tiempo. De hecho, me apetece hacer algo distinto durante cierto tiempo. Si está interesada, por mí está hecho -añadió con indiferencia fingida. Jane bajó la mirada otra vez. -Me encantaría aprender a montar bien -dijo Cherry en un susurro-. Aunque supongo que tendré que rendirme. Soy tan mala que no quiero que mi padre despilfarre el dinero para que pueda participar en los rodeos. Jane observó a la joven y después hizo lo mismo con su padre, que permanecía de pie como un vaquero de película, con sus firmes labios apretados y sus ojos cafeces brillando, divertidos. Riéndose de ella. -No lo contratará -dijo Joe-. Es demasiado orgullosa como para reconocer que esto le viene muy bien. Preferiría dejar que el rancho se hundiera mientras ella se queda sentada en el porche, compadeciéndose de sí misma todo el día. -¡Maldito seas! -exclamó Jane. Tim rió. —¿Ha visto sus ojos? -preguntó a Tom. -Son como zafiros. Puede que parezca una modelo, pero le aseguro que es todo carácter. Una mujer que no se rinde nunca. Tom la observaba con evidente admiración. -¿Qué le parece un trato de dos semanas? Así veremos si nos llevamos bien o no. En tan poco tiempo no podré hacerle ningún daño, y en cambio puedo serle de gran ayuda. Tengo mano con los asuntos contables. -No podríamos estar peor de lo que estamos –recordó Joe a su jefa. Jane permaneció en silencio, considerando los pros y los contras. Tenía una hija, de modo que debía ser un hombre relativamente estable y educado, a juzgar por los modales de la joven. Si contrataba a otra persona, nunca estaría segura de caer en manos de un ladrón o de un asesino. Aquel hombre parecía de confianza, y su hija lo adoraba. -Podríamos intentarlo, supongo -dijo al fin-. Si quiere. Pero el rancho no funciona tan bien como para ofrecerle un buen sueldo. Obviamente tendrá comida y alojamiento gratuito, pero comprendería que no le pareciera suficiente. -Si puedo continuar desarrollando mi trabajo actual por las tardes, no hay problema -dijo Tom sin mirar a su hija. No quería mirarla, porque sabía que si lo hacía no podría seguir fingiendo. -¿No le importará a su jefe? -preguntó ella. Tom se aclaró la garganta. -Es muy comprensivo. Al fin y al cabo soy un padre soltero. Ella asintió, convencida. -Muy bien. Si no tiene nada que hacer podrían seguirnos al rancho. -No tenemos nada que hacer -dijo Cherry-. Estoy hundida, desmoralizada y deprimida. -No seas tonta -dijo Jane con suavidad, sonriendo-. Montas muy bien, y eres buena con los caballos. Sólo necesitas quitarte ese miedo irracional que tienes, en los obstáculos. -¿Cómo lo sabes? -Porque a mí me pasaba lo mismo al principio, hasta que dejé de preocuparme. Trabajaré contigo. Y cuando hayamos terminado, te llevarás a casa unos cuantos trofeos. -¿De verdad? Jane rió. -De verdad. Vámonos, Joe. Joe empujó la silla de ruedas hacia la caravana y abrió la puerta. -Sé que traer este trasto puede parecer extraño -explicó-, pero necesitamos un lugar donde Jane pueda descansar. Lo hemos utilizado durante años, en muchos rodeos. Necesita un empujoncito de vez en cuando, pero siempre funciona. -Como Bracket -dijo Jane, bromeando. Miró hacia el trailer donde se encontraba el caballo. -Como Bracket -dijo Joe, mostrándose de acuerdo-. Y ahora, vamos dentro, Jane. Tom se adelantó para ayudarlo. -Déjeme. Yo lo haré. Joe sonrió, obviamente aliviado. Jane no pesaba demasiado, pero Joe ya no era ningún jovencito. Tom sacó a Jane de su silla de ruedas, la tomó en brazos con suavidad y la llevó a la caravana, donde la dejó sobre el sofá sin demasiados sobresaltos. Ella soltó los brazos de su cuello y sonrió. -Gracias. Tom encogió sus poderosos hombros y le devolvió la sonrisa. -De nada. ¿Dónde dejo la silla de ruedas, Joe? La plegó. Joe subió a la cabina del vehículo y antes de arrancar dio todo tipo de explicaciones a Tom para que pudiera encontrar la carretera que iba de Jacobsville al rancho. Después, se despidieron. -¡Papá! -rió Cherry-. ¿Vamos a hacerlo de verdad? Qué dirá Jane cuando sepa la verdad? -Ya nos preocuparemos de ello a su debido tiempo. Lo del rancho es un reto para mí. Y tú podrías mejorar mucho tu estilo montando. Creo que puede salir muy bien. -¿Pero qué hay de tu empresa? -preguntó su hija. -Tengo a personas perfectamente capaces que se ocupan de ella durante las vacaciones -contestó, acariciándole el pelo-. Además, así estaremos juntos más tiempo. -Me gusta esa idea -dijo Cherry con solemnidad-. Al fin y al cabo en los cuatro años que pasaré en la facultad no me verás más que un par de veces al año. Tendré que estudiar mucho. -Eres inteligente. Lo harás muy bien. -Es cierto -le aseguró con una sonrisa-. Así tendrás cuidados médicos gratuitos. -Casi no puedo esperar a que llegue ese día. -No seas irónico -se quejó-. Ah, y debes ser simpático con la señorita Parker. -No creo que yo le guste mucho. -Ella tampoco te gusta a ti, ¿verdad? -preguntó con curiosidad. Tom se metió las manos en los bolsillos y frunció el ceño. -No está mal. -Si no te gusta, ¿por qué vas a ayudarla?
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