Capitulo 4

1418 Words
No podía contestar aquella pregunta, porque no conocía la razón. Era una mujer en una silla de ruedas, con aspecto de modelo que montaba a caballo, pero tenía problemas económicos y al parecer estaba sola. Lo sentía por ella, y resultaba extraño, porque desde su divorcio no había sentido nada por ninguna mujer salvo el deseo físico, cuando tenía a alguna entre sus brazos. Pero no creía posible tales deseos con respecto a Jane Parker, razón por la cual no comprendía su actitud hacia ella. -Puede que sienta pena por ella -contestó al final. -Yo también, pero no debemos dejar que se dé cuenta -dijo con firmeza-. Es muy orgullosa, ¿no lo has notado? Él asintió. -Orgullosa y con mal genio. -Como si fuera de la familia. Tom la miró con recriminación, pero ella se limitó a sonreír. En la lujosa casa que Tom había comprado en Victoria empezaron a hacer el equipaje para pasar fuera unos cuantos días, y después explicaron las circunstancias de su viaje a su asombrada ama de llaves, Rosa. Prometieron que regresarían pronto y se dirigieron en el coche alquilado hacia Jacobsville, en dirección al rancho de los Parker. No había mucho visible desde la carretera. Había una valla de madera gris en no muy buen estado que apenas resistía lo suficiente para mantener encerrado al ganado en los pastos. El granero aún se mantenía en pie, pero a duras penas. Dejaron atrás un molino. La polvorienta carretera, llena de baches con charcos por las últimas lluvias, no tenía grava y no parecía haber sido arreglada en muchos años. En cuanto al jardín delantero de la casa, estaba desnudo, excepción hecha de unos cuantos rosales y varias matas de flores junto al largo porche de la casa, blanca. Se trataba de un edificio de dos plantas, que necesitaba una capa de pintura. Uno de los escalones de la entrada estaba roto, y había una rampa al final del porche que presumiblemente habían instalado para que Jane pudiera entrar y salir con su silla de ruedas. La caravana y el trailer estaban cerca de una construcción que podría haber sido considerada un garaje por algún optimista. Más allá había una pequeña cabaña, en mitad de un campo que necesitaba que cortaran la hierba. Tom supuso que aquello sería la casa del capataz, y esperó que tuviera más de una habitación. Junto a ella había una estructura más grande, un edificio de un piso que estaba en mejores condiciones, y que contaba con varias mecedoras en el porche. -¡Bienvenidos! -saludó Joe, saliendo a recibirlos. Salieron del coche y Tom le estrechó la mano. -Gracias. ¿Dónde podemos dejar nuestras cosas? -preguntó, mirando la cabaña. -Oh, esa es la cabaña del viejo Hughes –rió Joe-. Me ayuda con el ganado. No puede hacer mucho, pero ha trabajado aquí desde niño y no podemos jubilarlo hasta que cumpla los sesenta y cinco, dentro de dos años -explicó, mirando hacia la otra construcción-. La casa es aquélla. Los llevó hacia el pequeño edificio y Tom respiró aliviado. -Necesita algunos arreglos, como todo lo demás, pero creo que estaréis cómodos. Podéis comer con nosotros en la casa. Tenemos a otras tres personas que nos ayudan a reparar las vallas, cuidar de los tanques de agua, de la maquinaria y de las cosechas. Trabajan a tiempo parcial, pero contratamos a más hombres cuando los necesitamos. La casa no estaba mal. Tenía tres habitaciones grandes, un pequeño salón y una cocina que no parecía haber sido usada en mucho tiempo, con una cafetera, una cocina con horno y un frigorífico. -Podría aprender a cocinar -dijo Cherry. -No, no podrías -dijo su padre-. Ya tendrás tiempo en el futuro. -Mi esposa Meg te enseñará todo lo que quieras saber -intervino Joe con una sonrisa-. Le gustan los jóvenes. Nunca tuvimos hijos, así que le encanta estar con los hijos de los demás. Cuando os hayáis acomodado, venid a ver la casa. Hemos preparado unos bocadillos y algo de beber. -¿Dónde está la señorita Parker? -preguntó Cherry. Joe hizo un gesto de tristeza. -Está descansando. No se encuentra bien. He llamado al médico -explicó, negando con la cabeza-. Le dije que no debía montar ese caballo, pero no me escuchó. Nunca he conseguido que me obedeciera, ni siquiera cuando era una niña. Su padre sabía hacerla entrar en razón, pero ahora ya no está entre nosotros. -¿Por qué se le ocurrió montar ese caballo? -preguntó Tom. -Fue un ataque de orgullo por su parte. Un periodista escribió un artículo sobre el rodeo y comentó que la pobre Jane Parker probablemente recibiría la placa en honor a su padre en una silla de ruedas a causa de su accidente. El rostro de Tom se endureció. -¿En qué periódico se publicó eso? -En un semanario de Jacobsville. Le hizo mucho daño. Yo intenté hacerle ver que probablemente se trataba de ese joven Sikes, que ha empezado hace poco tiempo a escribir los artículos de la sección de deportes. Acaba de salir de la facultad de periodismo y cree que va a conseguir el Pulitzer cubriendo las noticias de los rodeos. ¡Ja! Tom apuntó mentalmente aquel nombre, para tenerlo como referencia futura. -¿Vendrá pronto el médico? -Claro que sí. Su padre fue el padrino de Jane. Son muy buenos amigos. Ahora tiene una ayudante, una doctora llamada Lou. Es posible que venga ella en su lugar-rió-. No parece que se lleven muy bien. Me sorprende que puedan trabajar juntos. -¿No está casado? -No. Jane le gustaba, pero después del accidente ella ya no le permite ni siquiera que sonría. Lou empezó a trabajar con él poco tiempo después. En cuanto a Jane, dice que no quiere comprometerse. -No estará siempre en esa silla de ruedas -murmuró Tom mientras caminaban hacia la casa. -No, pero seguirá sintiendo dolor y no podrá volver a participar en un rodeo. -Es lo mismo que le dijo a Cherry. -Joe lo miró. -No le harás daño, ¿verdad? -Tom sonrió. -Es muy atractiva, y me gusta su carácter, pero ya he tenido una mala experiencia con mi matrimonio y no quiero arriesgarme a otro fracaso futuro. Ya no pienso en las mujeres como posibles compromisos. Y no tengo la sangre tan fría como para jugar con Jane. Joe suspiró. -Gracias, necesitaba escucharlo. Es mucho más vulnerable de lo que cree en la actualidad. No soy familiar suyo, pero en cierto sentido Meg y yo somos la única familia que tiene. -Es una mujer afortunada. Él se encogió de hombros. -No tan afortunada, o no estaría en esa silla de ruedas. ¿No te parece? Caminaron hacia el porche y pasaron por encima del escalón roto. -Tengo que arreglarlo, pero nunca encuentro el momento adecuado –murmuró Joe-. Ahora que estás aquí para llevar el negocio es posible que tenga tiempo. -Puedo ayudarte, si me necesitas -dijo, prestándose voluntario-. Me gusta hacer cosas así para divertirme. -¿De verdad? -preguntó, con rostro súbitamente alegre-. Hay una carpintería en la parte de atrás del granero. La construimos hace años para el padre de Jane. Él hizo todos los muebles de la casa, y a Jane le gustaría que volviera a funcionar otra vez. -¿Estás seguro? -preguntó, dubitativo. -Siempre puedes preguntárselo. Avanzaron hasta llegar al salón. Jane estaba tumbada en el sofá, intentando incorporarse a duras penas. Estaba pálida por el esfuerzo. Cherry se había sentado sobre uno de los brazos del mueble, con la cabeza apoyada en una mano, escuchando atentamente a su ídolo. -El médico llegará pronto -dijo Joe, dándole un golpecito cariñoso en el hombro-. Aguanta. Ella sonrió y dejó que su mano estuviera unos segundos más sobre su hombro. -Gracias, Joe. ¿Qué haría yo sin ti? -Será mejor que no lo averigües nunca -contestó con ironía. Cuando Jane miró a Tom Kaulitz, su expresión preocupada la irritó. -Aún no soy un desecho humano -comentó enfadada. Tom se arrodilló junto al sofá y le echó hacia atrás un mechón del pelo. Estaba mojado, no por el sudor, sino por las lágrimas que involuntariamente había derramado por el dolor. Tenía la extraña sensación de querer proteger a aquella mujer, aunque no comprendiese el motivo. -¿No tienes nada que puedas tomar? -Sí -contestó, asombrada por su preocupación-, pero las pastillas no me sirven de gran cosa. Le pasó el mechón de pelo por detrás de su pequeña y preciosa oreja y sonrió.
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