Capitulo 5

1822 Words
-¿Por qué será? -No habría intentado montar a caballo de no haber sido por ese estúpido reportero -espetó irritada-. ¡Dijo que estaba acabada! -Cherry y yo iremos a la ciudad y lo pondremos en su sitio para que no vuelva a molestarte. Aquello bastó para que Jane sonriera. -Cúbrelo de tinta, envuélvelo en su maldito periódico y mételo después en una prensa. -Ya no usan prensas en los periódicos -dijo Cherry-. Todo se hace con ordenadores en la actualidad. Jane abrió aún más sus ojos azules. -¡Vaya, eres toda una biblioteca ambulante! Cherry sonrió. -Uno de mis profesores trabajaba como periodista. Ahora enseña inglés. -Lo sabe todo -explicó Tom con aire resignado-. Si quieres saber algo, pregúntaselo a ella. -Bueno, no lo sé todo, papá -rió la joven-. No sé cómo montar bien en los rodeos. -Juraría que oigo un coche -dijo entonces Joe, mirando hacia la ventana-. Debe ser el médico. Tom frunció el ceño al notar que Jane bajaba la mirada. Se preguntó si no sentiría algo hacia aquel hombre, algo que pretendiera ocultar. Tal vez Joe se hubiera equivocado y verdaderamente sintiera algo por el doctor. Se levantó en el preciso instante en que entraba un hombre alto de pelo castaño, que llevaba un maletín n***o. Iba vestido con un bonito traje gris estilo tejano, con camisa blanca, cinta negra al cuello y botas. Se quitó el sombrero que llevaba y lo dejó a un lado. Sus ojos azules, pálidos, escudriñaron la habitación y se posaron sobre Tom, que le devolvió la mirada sin sonreír. -Te presento al doctor Jebediah Coltrain -dijo Joe-. Cuando era más joven todo el mundo lo llamaba Copper. -Ya no lo hacen, a no ser que quieran arriesgarse a tener un buen dolor de cabeza -dijo el médico, sin sonreír tampoco. -Éste es Tom Kaulitz, y su hija Cherry -continuó Joe-. Tom ha venido para hacerse cargo de las cuentas del rancho. Coltrain no dijo mucho. Miró a Tom y asintió con Cierta cortesía, pero no le tendió la mano. Fue mucho menos reservado con Cherry, si es que aquella escueta mueca de sus labios podía interpretarse como una sonrisa. -Bueno, ¿qué tontería has hecho esta vez? -preguntó Coltrain a Jane-. Supongo que montar a caballo de nuevo. Ella lo miró, sintiendo un terrible dolor. -No estaba dispuesta a recoger la placa en una silla de ruedas -dijo, furiosa-. ¡No después de lo que ese maldito periodista escribió sobre mí! El médico hizo un sonido que podría haber significado cualquier cosa. Se inclinó para examinarla con manos que parecían de acero, pero que al posarse sobre ella la trataron con una dulzura que consiguió que Tom apretara los dientes. -Es un simple problema muscular -dijo Coltrain al fin-. Necesitas pasar unos cuantos días en cama para descansar. ¿Compraste el banco para hacer ejercicios de recuperación que te dije que compraras? -Sí, lo hicimos, a su pesar -contestó Joe entre risas. -Bueno, pues en ese caso empieza a practicar con las piernas. La levantó en brazos como si fuera una pluma y la llevó a su dormitorio. Tom los siguió, molesto, aunque no sabía por qué. Coltrain miró por encima del hombro hacia el hombre que los seguía con una especie de mueca burlesca. No necesitaba un mapa de carreteras para encontrar un camino trazado, y sabía reconocer los celos cuando los veía. Dejó a Jane sobre la cama doble, con toda suavidad. Habían incorporado a la cama un aparato para que pudiera desarrollar los músculos de las piernas, y para que pudiera tenerlas en alto. -Quieres hacer algo en el servicio antes de que te cuelgue? -preguntó Coltrain, sin vergüenza alguna. -No, estoy bien -contestó entre dientes-. Vamos. Ajustó el brazo para elevar su pierna derecha y presionó con suavidad sobre su cadera, que la operación de cirujía no había conseguido arreglar del todo. -Esto no hará milagros, pero te ayudará -dijo Coltrain-. Das demasiada importancia a los artículos de los idiotas. -Claro, eso lo dices porque no escribió sobre ti. Coltrain arqueó una ceja. -No se habría atrevido -espetó. Jane sabía que era cierto, y aquello la irritaba aún más. Cerró los ojos y dijo: -Duele. -Bueno, creo que eso puedo arreglarlo -dijo, sacando una botella de suero y un catéter, que entregó a Tom-. Ábrala y póngala en su sitio. Habló con el tono de voz de quien espera obediencia. Tom no aceptaba órdenes nunca, pero lo hizo de todos modos, con una sonrisa. A pesar de sí mismo, le gustaba aquel hombre. Coltrain sacó una jeringuilla e inyectó en la botella de suero un analgésico. Después tendió a Tom otro paquete que contenía una gasa impregnada en alcohol. -Frote su brazo en ese punto -dijo, indicando una vena de su brazo derecho. Tom lo miró. -No crea adicción -explicó el médico con gentileza-. Sé lo que estoy haciendo. Tom murmuró algo, pero obedeció. Le avergonzaba sentir preocupación por una mujer que apenas conocía. Y la mirada inteligente de Coltrain empeoraba la situación. El médico introdujo el catéter en la vena de su paciente con destreza, causándole el mínimo de dolor posible. -Gracias, Copper -dijo ella. El se encogió de hombros. -¿Para qué están los amigos? Después, tomó varios botes de su maletín y se los dio a Tom. -Déle dos cada seis horas si le duele mucho. Son más fuertes que las otras que te he dado -añadió, mirando a Jane-. Ésas puedes tomarlas cada cinco horas, pero nada más. Ah, y quédate en cama todo el tiempo. Vendré a verte mañana. -De acuerdo -dijo ella. Sus ojos ya se estaban cerrando. -Me quedaré contigo hasta que te duermas -intervino Cherry. Jane sonrió. Coltrain hizo un gesto con la cabeza hacia el salón, y Joe y Tom lo siguieron y cerraron la puerta de la habitación. -Quiero que le hagan una radiografía -explicó sin más preámbulos-. Creo que es un problema muscular, pero no apostaría mi vida en ello. Lo último que necesitaba era subirse a un caballo. -Intenté detenerla -se defendió joe. -Lo sé, no te culpo. Es muy cabezota -dijo, mirando después a Tom-. ¿No puede impedir que se acerque a un caballo? Tom sonrió. -Lo impediré. -Sabía que lo haría. No está a salvo estos días; no hace otra cosa que intentar probarse a sí misma -dijo mientras recogía su sombrero y caminaba hacia la puerta-. Le duele demasiado como para que intente levantarse hoy. Por la mañana enviaré una ambulancia para que la lleven al hospital de Jacobsville, pero sé que no le va a gustar nada. -Irá -dijo Tom. Por primera vez, Coltrain rió. -Me gustaría no estar en su pellejo cuando esa ambulancia llegue mañana. El teléfono sonó en aquel instante y joe descolgó. Hizo un gesto a Coltrain indicándole que era para él. El médico contestó. -Sí, soy yo -dijo, como si supiera quién preguntaba por él-. Sí. No me importa en absoluto. Es mi consulta, y las cosas se hacen a mi manera. Si no te gusta, márchate. ¡Me importa un pimiento el contrato! Miró hacia joe y Tom y suavizó un poco su tono de voz. -Ya hablaremos cuando regrese. Sí, hazlo. Colgó el teléfono haciendo un esfuerzo para no estampar el auricular y sus ojos brillaron como si fuera una serpiente. -Llamadme si me necesitáis. Cuando se marchó, arrancó su vehículo y se alejó entre una nube de polvo. Joe silbó entre dientes. -No durará mucho. -A qué te refieres? -preguntó Tom. -Al médico y a Lou -contestó, negando con la cabeza-. Se matarán el uno al otro cualquier día. Él con sus anticuadas costumbres en cuanto a la práctica de la medicina, y ella con su nueva tecnología. Tom sintió un vago alivio al saber que el médico tenía otras cosas de las que preocuparse, al margen de Jane. No estaba seguro de saber la razón, pero no le gustaba nada el cariño que Coltrain había mostrado por la señorita Parker. Capítulo Tres Jane no dejó de moverse en toda la noche. Cuando Cherry se fue a la cama, Tom se quedó con ella. Joe le había dado los libros de contabilidad poco tiempo antes, de modo que tomó el más grande de todos y empezó a estudiarlo mientras Jane dormía, con las gafas de leer colgadas sobre su recta nariz y un gesto de desagrado ante la ineficacia que dejaban entrever aquellas cifras. El rancho estaba funcionando al mínimo, sin necesidad alguna. Además del ganado, Jane tenía cuatro caballos de pura sangre, dos de los cuales habían ganado premios en competiciones antes de la muerte de su padre. No estaba utilizándolos, con lo que perdía dinero, y el equipo que usaba era obsoleto. No habían hecho ninguna reparación reciente, de modo que habían perdido las deducciones posibles por impuestos. Desde su punto de vista se podía mejorar sustancialmente la casa, los instrumentos, los edificios del rancho y el granero. Aquel lugar tenía un potencial enorme, pero no lo estaban desarrollando de modo correcto. Se estremeció, con la extraña sensación de que alguien lo estaba observando. Levantó la cabeza y miró hacia los curiosos ojos azules de Jane. -No sabía que usaras gafas -dijo ella. -Soy hipermétrope -dijo entre risas-. Resulta irritante que la gente piense que tengo más de cuarenta años cuando llevo las gafas. Ella observó su duro rostro con atención. -¿Cuántos años tienes? -Treinta y cinco -contestó-. ¿Y tú? -Veinticinco. Soy una niña, comparada contigo. El arqueó una ceja. -¿Te sientes mejor? -Un poco. Odio estar sin hacer nada. -No estarás siempre así. Un día no tendrás que volver a preocuparte por la rehabilitación y las pastillas. Intenta pensar que sólo es algo temporal. -Estoy segura de que nunca te has sentido impotente en toda tu vida. -Tuve neumonía una vez. Su rostro se endureció al recordarlo. Había estado muy enfermo, porque no se había dado cuenta de lo importante que era su aparente catarro hasta que la fiebre ascendió y no pudo andar a causa del dolor y de la falta de aire. El médico permitió a regañadientes que se quedara en casa durante el tratamiento, pero sólo a cambio de que lo vigilaran de cerca. Sin embargo, Marie lo dejó para marcharse a una fiesta con su mejor amiga, sonriendo mientras salía por la puerta. Al fin y al cabo en su opinión sólo era un simple catarro, y aquella fiesta era muy importante para ella. Iba a conocer a gente importante, potenciales clientes de su negocio de diseño que no podía perder por una tontería. Antes de marcharse, comentó que la neumonía no era nada serio. -Regresa -dijo Jane con suavidad. Tom movió la cabeza intentando volver a la realidad. -Lo siento. -¿Qué te ha ocurrido? El se encogió de hombros. -Nada importante. Tuve neumonía y mi esposa me abandonó para marcharse a una fiesta.
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