Capitulo 6

1369 Words
-Nada importante. Tuve neumonía y mi esposa me abandonó para marcharse a una fiesta. -cY? -Eres tan tozuda como una mula, ¿lo sabías? -preguntó irritado. -Lo soy. Y ahora, cuéntamelo. -Después de la fiesta se marchó a una sala de baile y no regresó hasta la mañana siguiente, muy tarde. Había guardado mis antibióticos y no me dijo dónde estaban, de modo que cuando volvió yo estaba delirando por la fiebre. Tuvieron que llamar a una ambulancia para que me llevaran al hospital, y estuve a punto de morir. Aquél fue el año en el que nació Cherry. -¡Qué bruja! ¿Y seguiste con ella? -Cherry ya estaba en camino -contestó-. Sabía que si nos divorciábamos ella interrumpiría su embarazo, y yo quería tener descendencia. Lo dijo como si avergonzara de ello, y Jane sonrió. -Ya he notado que te tomas muy en serio la paternidad. -Siempre quise tener hijos. Fui hijo único, y llevaba una vida muy solitaria en el rancho de mis padres. Quería tener más de uno, pero me alegro de haber tenido a Cherry. -¿Su madre no la quiere? -Cherry le gusta cuando tiene invitados, para poder mostrarle al mundo lo dulce y devota que es como madre. Resulta conveniente para los negocios. Es diseñadora de interiores y la mayor parte de sus clientes son personas muy ricas, típicos tejanos conservadores. Ya sabes, el tipo de personas que sólo tratan con hombres o mujeres muy asentados. —¿Lo sabe Cherry? -Resultaría muy difícil que no lo notara, y además es una chica muy lista. Marie y yo nos vemos de vez en cuando, pero no dejo que dicte su vida -dijo, interceptando una mirada de curiosidad-. Por ejemplo, desaprueba que participe en rodeos. -Pero Cherry sigue montando. Él asintió. -Tengo su custodia. -Y tu hija te adora -añadió ella, sonriendo medio dormida aún, por la medicación-. Me siento como si estuviera volando. No sé qué me ha dado Copper, pero es muy potente. -Coltrain me ha parecido un tipo muy extraño. -Siempre lo ha sido. Me gusta mucho. Tom arqueó otra vez una ceja. -¿Te gusta? ¿En qué sentido? Jane estaba quedándose dormida por la medicación. Acarició la sábana que la cubría con sus elegantes manos. -Al principio quería quererlo, pero no sentía nada en particular. Creo que soy fría, ya ves... No siento esas cosas... esas cosas que se supone que las mujeres deben sentir por los hombres. Su voz dejó de sonar. Se había quedado dormida. Tom permaneció un rato observándola con el ceño fruncido, asombrado por su último comentario. Era preciosa. Estaba seguro de que a lo largo de toda su vida se habría sentido atraída por algún hombre, y que al menos habría tenido un amante. Tal vez incluso se tratara de Coltrain, a pesar de lo que había declarado. Y la idea le resultaba incómoda. Después de unos minutos se obligó a continuar estudiando las cifras contables y dejar de pensar en la encantadora y atractiva mujer que descansaba en la cama. La vida s****l de Jane no era asunto suyo. La ambulancia llegó a las diez en punto de la mañana siguiente, y los ojos de Jane brillaron con furia cuando Tom le explicó que Coltrain la había enviado para que la hicieran unas radiografías. -¡No pienso ir! -exclamó-. ¿Me has oído? ¡No pienso ir al hospital! -Sólo quiere que te hagan unas radiografías para asegurarse de que no te has roto nada -dijo Tom. Estaba a solas con ella en su habitación. Joe había desaparecido prudentemente, alejándose varios kilómetros de la casa con la excusa de que debía hacer algo; y Meg se había llevado a Cherry de compras. Hasta entonces, Tom no se había imaginado la razón. -¡No me he roto nada! Ya había bajado las piernas de aquel aparato, para poder ir al servicio. Ahora estaba sentada en un lado de la cama, vestida con un pijama de color azul pálido, y el pelo rubio revuelto hasta los hombros mientras miraba a los hombres que habían subido la camilla. -¡No pienso ir! Los enfermeros se miraron, dubitativos. Jane hizo un gesto con la mano. -¡Llévense eso de aquí! -Quédate donde estás -dijo Tom con toda tranquilidad, avanzando hacia Jane-Coltrain dijo que debías ir, de modo que irás. Jane lo miró, furiosa al observar que pretendía obligarla. -Ya te he dicho que no pienso ir. Tom hizo caso omiso de sus palabras. Se limitó a tomarla en brazos, apretarla contra su musculoso pecho y dirigirse hacia los enfermeros. Jane notó que sus senos se apretaban contra él y un escalofrío sorprendente la recorrió. Al sentir aquel duro cuerpo y su contacto, tan poco familiar, soltó un pequeño gemido. Hasta entonces el único hombre que la había tocado de aquel modo había sido Coltrain, pero como el profesional que era. Y de repente se encontraba en brazos de un hombre que conseguía que se estremeciera y que temblara con una extraña sensación de deseo. Tom la dejó en la camilla, demasiado pronto para su gusto, y los enfermeros la cubrieron con una sábana blanca. Se movieron con rapidez y profesionalidad y la llevaron hacia la ambulancia, que estaba esperando frente al porche. -Os seguiré en el coche -dijo Tom. El modo en que lo miraba lo incomodó. No había podido evitar sentir la reacción que había tenido ante su contacto. Y lo miraba con sorpresa y vulnerabilidad. -¿Ya no hay más palabras salidas de tono? ¿No más furia? -preguntó, esperando que aquellos ojos recobraran su brillo habitual. Jane apretó los dientes, tanto por la incomodidad física como por su mal genio. -¡Estás despedido! -Oh, no puedes despedirme. -¿Por qué no? -Porque perderás el rancho si lo haces -contestó, mirándola fijamente-. Y yo puedo salvarlo. -¿Cómo? -Ya hablaremos de ello más tarde, cuando te hayan hecho las radiografías -añadió. Se echó hacia atrás y un enfermero cerró las puertas de la ambulancia, dejando a Jane en el interior, con expresión confusa. -¡Te dije que estaba bien! Jane no pudo contener su furia cuando Coltrain vio las radiografías y observó que no se había roto nada. -Yo no he dicho que estés bien. Llevaba las manos en los bolsillos de su bata blanca, y tenía un estetoscopio colgado del cuello que le daba un aire muy profesional. -Sólo he dicho que no te has roto nada -añadió irritado-. Has tenido mucha suerte. Por Dios, ¿quieres partirte la espalda? ¿Quieres pasarte el resto de tu vida tumbada en una cama, sin poder moverte? Ella se mordió el labio inferior, con fuerza. -No -contestó. -Pues deja de intentar demostrar nada a los demás. La única opinión que importa es la tuya. Al diablo con ese periodista. Es demasiado idiota como para escribir la verdad, y acabará cavando su tumba algún día, si es que no lo ha hecho ya. -¿Qué quieres decir? -Que la asociación local que organiza los rodeos lo ha expulsado. Jane abrió los ojos, asombrada. -¡Pero si el rodeo es el mayor acontecimiento deportivo en esta época del año! -Lo sé -sonrió-. Pero ten en cuenta que ocupo un cargo en la dirección. -Lo has hecho tú. -No fue solamente cosa mía. Fue una decisión unánime. Me habría gustado que hubieras podido ver el rostro de Craig Fox cuando le dijeron que no podía enviar a su nuevo reportero a cubrir los rodeos -dijo, aflojándose la corbata-. De hecho, la ferretería y el concesionario de automóviles han estado a punto de retirar su subvención esta semana. Y los dueños tienen hijos que compiten en el rodeo. Ella silbó entre dientes. -Vaya, vaya. -Creo que el periodista va a disculparse públicamente, y por escrito, en la edición de esta semana. Ah, por cierto, deberías echar un vistazo al editorial cuando tengas el semanario -dijo, dándole un golpecito en el hombro-. Te gustará. Ella rió. Su mal genio había desaparecido. -¡Eres el mismo diablo! -Ten en cuenta que eres amiga mía -dijo. Entonces, sonrió. Algo muy extraño de contemplar en aquel rostro taciturno.
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