Capitulo 7

2369 Words
Entonces, sonrió. Algo muy extraño de contemplar en aquel rostro taciturno. -Y tú eres amigo mío -dijo, estrechando su mano-. Gracias, Copper. Él asintió. Tom entró en aquel instante, acompañado por la doctora Lou Blakely. Se detuvo y contempló la escena. La encantadora rubia que lo acompañaba no varió de expresión, pero sus párpados bajaron y subieron varias veces. -Cuando haya terminado aquí me gustaría hablar con usted, doctor Coltrain –dijo Lou con toda tranquilidad-. Ordené que hicieran unas pruebas a Ned Rogers, pero me temo que los resultados no serán buenos. He dejado que se marche a casa, con la condición de que regrese en cuanto sepamos a qué atenernos. Coltrain soltó la mano de Jane, a regañadientes en opinión de Tom, y se volvió hacia su compañera de trabajo. -¿Era algo tan urgente que no pudieras decirme más tarde? -preguntó-. ¿Quién se ha quedado en el despacho? Lou se ruborizó. -Acabo de terminar la ronda -explicó, furiosa-. Y por si fuera poco ya es mediodía. Estoy en mi hora de comida. Betty ya ha vuelto de comer, y se ha quedado a recibir las llamadas. -¿Es mediodía? -preguntó, mirando su reloj-. Es cierto. Entonces se volvió hacia Jane con la intención de decir algo. -Yo llevaré a Jane a casa, si ya ha terminado aquí -intervino Tom, uniéndose a ellos-. Tengo unas cuantas preguntas que hacerle sobre los libros de contabilidad, y no puedo hacer nada hasta que no las conteste. Lou observó al recién llegado con curiosidad, sonriendo. -Soy la doctora Louise Blakely -dijo, tendiéndole una mano-, la socia del doctor Coltrain. -Mi ayudante -corrigió Coltrain. No había interés ni curiosidad en sus ojos. Sólo cierta hostilidad. -Yo soy Tom Kaulitz -se presentó, sonriendo-. Encantado de conocerla, doctora Blakely. Lou miró a Coltrain. -El contrato que firmé dice que somos socios, doctor Coltrain -insistió-. Durante todo un año. Copper no contestó. Observó a Jane y sonrió. -Estaré por aquí, si me necesitas. Tómatelo con calma, ¿de acuerdo? Le dio un golpecito cariñoso en el hombro y caminó hacia la puerta. -De acuerdo -dijo a Lou, antes de marcharse-. Vamos a ver los resultados de las pruebas del señor Rogers. Tom los observó antes de ayudar a Jane a subir a la silla de ruedas que había llevado una enfermera. En cuanto la dejó en su sitio, la llevó hacia su vehículo. Iban de camino hacia el rancho cuando empezó a hablar. -¿Tienes celos de Lou? -preguntó de repente. Había observado la manera en que había estado mirando a Coltrain y a Lou Blakely. -A causa de Copper? No -contestó con sinceridad-. Me estaba preguntando qué pasa con Lou. Parece muy frágil cuando está junto a él, y es extraño, porque es una mujer fuerte e independiente. -Puede que esté enamorada de él -sugirió. -Por Dios, espero que no. Copper es un solitario. Su trabajo es toda su vida, y no le gusta mantener relaciones serias con nadie. Tom sonrió y Jane lo miró con ojos brillantes. -Ya veo que comprendes su forma de vivir. Tú también eres así, ¿verdad? -Gato escaldado del agua fría huye -contestó. Cuando el semáforo se abrió torció en la esquina para tomar la carretera que llevaba al rancho. Jane miró el paisaje veraniego cuando salieron de Jacobsville, sonriendo ante la visión de las flores que había en el campo. -Puedo comprender esos sentimientos -dijo ella, con gesto ausente. -Me alegro, porque me preocupé por lo que creí ver en tus ojos cuando te tomé en brazos esta mañana. Jane arqueó las cejas. -Vaya... -He descubierto que es mejor hablar directamente -dijo, apretando las manos sobre el volante-. No resulta muy difícil leer tu pensamiento, y creo que resultará divertido trabajar contigo. Pero no quiero mantener ninguna relación. Estoy aquí por el reto que supone salvar tu rancho, no con la intención de seducirte. Jane no reaccionó de modo alguno ante sus palabras, al menos de forma visible. Se cruzó de brazos y apoyó la cabeza en el asiento. Pero en su interior sentía vacío, y un intenso frío. -Ya veo. -Imagino que te habrás ofendido -continuó hablando él, con cierto tono cortante-, y que estarás de mal humor el resto del día. Jane rió. -Me sorprende que me conozcas tan bien en tan poco tiempo. ¡Tu falta de modestia es refrescante! Tom no esperaba una respuesta tan irónica. -¿Cómo? -Has creído que me sentía tan atraída por ti que necesitaba que me advirtieras. Nunca me había dado cuenta de que fuera tan peligrosa, sobre todo estando en una silla de ruedas -dijo, mirándolo divertida-. Teniendo en cuenta lo terriblemente atractivo que eres, ¿no tienes miedo de estar solo en el coche conmigo? ¡Podría violarte! Estaba desconcertado. La miró y murmuró algo antes de seguir prestando atención a la carretera. Jane empezaba a divertirse. No parecía ser un tipo de hombre que se rindiera con facilidad. Le había tomado el pelo y deseaba hacerlo otra vez. Su juego podían jugarlo dos personas. -Haces que parezca un idiota -dijo él. -¿De verdad? Pues tú pareces creer que ninguna mujer puede resistirse a tus encantos. El suspiró, enfadado. -Malinterpretas mis palabras. -Te encuentro atractivo. Eres todo lo que espero de un hombre, y por si fuera poco eres atractivo e inteligente. ¿Hacemos el amor ahora o esperamos a que detengas el coche? El coche dio otro bandazo, y Tom tuvo que concentrarse para no salirse de la carretera. -¡Señorita Parker! Jane se estaba divirtiendo muchísimo. Por primera vez desde su accidente, tenía ganas de reir. Tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse. -Oh, lo siento. De verdad -dijo divertida. En aquel instante entraron en la camino que llevaba al rancho. Tom apretó los dientes. Había conseguido dejarlo como un idiota, y no le gustaba la sensación. No estaba acostumbrado a que las mujeres fueran tan buenas contendientes verbales. Marie era sarcástica y viperina en ocasiones, pero nunca condescendiente. Jane Parker, sin embargo, era otra cosa bien distinta. Tuvo que recordarse a sí mismo que por fuerte que fuera su carácter, su cuerpo era débil. -No me había reído tanto en muchos meses -explicó ella cuando aparcó frente al porche, más tranquila-. Te pido disculpas, pero me he divertido mucho. Tom cerró el contacto y la miró con ojos brillantes, como en su primer encuentro. Estaba intentando controlar emociones que no había sentido en mucho tiempo. -No me gusta ser el blanco de las bromas de nadie -dijo-. Nos llevaremos bastante bien si lo recuerdas. -Nos llevaríamos muy bien si recordaras que a mí no me gustan los hombres que me tratan como si fuera una adolescente idiota delante de un héroe de película. Tom apretó los dientes. -Jane, no soy ningún niño. Sé muy bien cuáles son las reacciones de una mujer cuando... -No lo dudo, teniendo en cuenta tu amplia experiencia -dijo, cortándolo-. He estado sola mucho tiempo y no estoy acostumbrada a que me toquen. De modo que antes de que llegues a conclusiones apresuradas deberías haber pensado que tal vez cualquier hombre habría conseguido una reacción similar en mí. Aquello no le gustó nada. Su expresión cambió de la sorpresa a la fría cortesía. -Te llevaré al interior de la casa. -No, no la harás -dijo ella, mirándolo con irritación-. Dile a Joe que se encargue él de la silla de ruedas. Lo prefiero mil veces, antes que a ti. El insulto le hizo daño. Sabía lo mucho que le disgustaba aquella silla de ruedas, pero no reaccionó. Era consciente de que habría sido mejor cerrar la boca. -Yo lo haré -insistió. La dejó en el coche y se dirigió hacia la casa a toda velocidad. Joe salió de la cocina, donde había estado charlando con Meg. -¿Qué tal está? -preguntó. -De mal humor, pero físicamente bien -contestó Tom-. Creo que la he sacado de quicio. -Has dado un paso en la dirección correcta -dijo el anciano, sonriendo-. Necesita que alguien la ponga en su sitio de vez en cuando. Es una pena que Copper no le guste. Sería perfecto para ella. -¿Por ser médico? -preguntó impaciente. -No, porque crecieron juntos y porque sabe de ranchos. Nunca habría dejado que las cosas empeoraron tanto -dijo, mirando a Tom con ojos entrecerrados-¿Crees que podrás sacarnos del lío financiero que tenemos? Tom sacó la silla de ruedas del coche. -Eso creo. No estáis tan mal. En general, sólo es una cuestión de utilizar mejor los recursos, pero llevará su tiempo -añadió, empujando la silla hacia el porche-. No esperes resultados inmediatos. -No los espero -le aseguró-. Por cierto, ¿por qué no la has llevado tú solo a la casa? -Olvídalo -contestó Tom, mordiéndose la lengua. Joe parpadeó. Siguió al joven hacia el coche y observó a Tom mientras ponía a Jane en la silla de ruedas. Ella estaba haciendo un esfuerzo para no hablar, y él intentando controlar su genio. Joe la miró con atención y le gustó lo que vio. Ya no se autocomplacía en su desgracia; en todo caso, estaba furiosa. -¿Podrías llamar a Cherry para decirle que la comida está en la mesa, Tom? -preguntó Meg desde la cocina. -Claro. Aparcó el coche junto al garaje y fue a buscar a su hija, que estaba montando a caballo en el cercado, practicando con lentitud. -Hola, papá -dijo al verlo, saludándolo con una mano. -Qué tal va eso? -¡Bien! Estoy practicando lentamente, tal y como me dijo Jane. ¿Qué tal está? -Bien. Meg ya ha preparado la comida. Baja del caballo y vamos a comer. -¡De acuerdo, papá! Tom se metió las manos en los bolsillos del pantalón y regresó a la casa. Meg había hecho café y preparado bocadillos que había colocado en una bandeja sobre la mesa del salón, donde se encontraban sentados Jane y Joe. Se lavó las manos y esperaron a Cherry, que apareció pocos minutos más tarde. -Necesitarás comer algo antes de empezar otra vez con esos libros -rió Joe, al ver que sólo tomaba un bocadillo antes de pasar la bandeja a su hija. Cherry se sirvió mientras hablaba animadamente con Meg y con Joe. -Me encanta ver a un hombre de gran apetito -murmuró Jane, para molestar. Estaba sentada a su lado, comiendo con delicadeza un bocadillo. Tom la miró. Jane terminó de comer y se inclinó hacia él. -Hmmm -murmuró en voz baja para que sólo pudiera diera oírlo él-. ¿Qué colonia usas? Es muy sensual. Tom no contestó. Tomó su taza de café con una expresión tan dura como el acero. -Jane, Tom ha dicho que puede sacarnos del apuro -comentó entonces Joe. -¿De verdad? -preguntó, sonriendo-. ¿Y podemos permitírnoslo? Tom bebió un poco de su café y tomó otro bocadillo. -Voy a necesitar toda la ayuda del mundo, si es a eso a lo que te refieres -dijo, negándose a picar el anzuelo-. Y tú vas a tener que pedir prestado el suficiente dinero como para hacer ciertas reformas. Jane dejó escapar un suspiro. -Temía que dijeras algo así. No creo que pueda pedir más dinero. -Sí que puedes. No quiso decirle la razón por la que estaba tan seguro de ello. La mención de su nombre era suficiente para que cualquier banquero le prestara lo que quisiera si él la avalaba. Y estaba dispuesto a hacerlo. Estaba acostumbrado a manejar cifras que habrían sorprendido a Jane. Y la suma que necesitaba era una minucia en comparación con el presupuesto anual de su empresa. Su apoyo serviría para que el rancho pudiera comenzar de nuevo, y se trataba de una inversión que generaría muchos dividendos en el futuro, aunque él no esperaba capitalizarlos. Era una especie de ángel de la guarda, más que un socio. Jane se mordió el labio inferior. Su buen humor había desaparecido. -¿Qué tendremos que hacer? Tom pasó lista a todas las cosas que debían hacer. Debían arreglar los edificios del rancho, hacer que los caballos resultaran rentables, levantar una construcción para los equinos, utilizar la tierra que permanecía improductiva y conseguir fondos estatales de desarrollo. Jane contuvo la respiración ante la perspectiva que Tom estaba dibujando. Se convertiría en un rancho de caballos, en lugar de uno de ganado. Había sido el sueño de su padre durante toda su vida, y Jane lo había intentado, pero no sabía nada de negocios. Sólo sabía de caballos. -Además de todos esos cambios -continuó Tom-, dispones de un buen nombre a nivel comercial. Es una pena que no lo estés aprovechando. ¿Has considerado la posibilidad de fabricar prendas de vestir estilo tejano? Otras estrellas del rodeo lo han hecho. ¿Por qué no lo haces tú? -No podría -contestó, dubitativa. -¿Por qué? -¡No pienso dejar que me fotografíen en una silla de ruedas! -No tendrás que hacerlo. Sólo estás postrada temporalmente. ¿No te lo ha dicho el médico? Jane se frotó las sienes. Empezaba a tener un buen dolor de cabeza. Y pensó que Tom Kaulitz era la causa principal. -No creo que nadie esté interesado en comprar ropa anunciada por una inválida. -No eres una inválida -dijo Cherry con toda tranquilidad-. Eres toda una leyenda. Por Dios, en la escuela de equitación en la que estuve tenían carteles tuyos en todas las paredes. Sabía a qué carteles se refería, pero no había pensado hasta entonces que nadie hubiera pagado para tener uno. Miró a Cherry sin expresión alguna. -¿Te has olvidado ya, verdad? -preguntó Joe-. Te dije que habían tenido que sacar una edición extra de carteles porque se habían agotado. Aunque recuerdo que fue después del accidente, e imagino que no me escuchaste. -No -contestó, mirando a Tom-. Estaba demasiado impresionada por lo sucedido. Si existe una mínima oportunidad de poder salvar el rancho, haré lo que sea. Y si no lo conseguimos, qué se le va a hacer. Pero no pienso rendirme sin luchar. Haz lo que tengas que hacer con la financiación y dime qué se necesita. Haré lo que me digas. -De acuerdo -sentenció Tom-. Lucharemos.
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