Capítulo Cuatro
Tom insistió en ir solo al banco de Jacobsville cuando llegó el momento de pedir el préstamo. No quería que Jane descubriese cómo iba a conseguir el apoyo financiero para su programa de desarrollo y mejoras.
El director de la sucursal se comprometió a guardar silencio y no decir que había concedido el préstamo bajo el aval por escrito de Tom. Unas cuantas llamadas telefónicas bastaron para conseguirlo. Consiguió que transfirieran el dinero a la cuenta de Jane y después lo organizó todo para reemplazar el viejo equipo y contratar constructores para mejorar los edificios ya existentes en el rancho.
Cuando Jane vio la primera factura estuvo a punto de pedir un buen trago de
whisky.
-No puedo permitirme esto -protestó.
-Sí puedes -le aseguró, sentado al otro lado del escritorio que había en el
despacho-. Lo que no puedes permitirte es dejar que las cosas sigan como antes. A largo plazo el mantenimiento sale mucho más barato que tener que reemplazar todos los materiales.
-Pero, ¡una verja electrificada!
-Es menos caro que cambiar la valla de madera. También me he puesto en
contacto con la agencia de conservación del suelo para que nos asesoren en la
construcción de un depósito de agua.
-Un tanque. Los llamamos tanques en Texas.
Tom arqueó una ceja, pero no hizo ningún comentario al respecto.
-Otra cosa. Lo he preparado todo para que arreglen el tejado de la casa. Tienes goteras por todas partes. Si no lo arreglas ahora, tendrás que cambiarlo. La madera se pudrirá.
-¿Y cómo lo pagaré?
-Me alegra que lo preguntes -contestó con una sonrisa.
Estaba echado hacia atrás, con una pierna apoyada en una silla que estaba junto a él. La pose resultaba de lo más masculina. Jane tuvo que hacer un esfuerzo para no suspirar y para no dejarse llevar por la atracción que sentía.
-¿Y bien?
-Voy a vender dos de los purasangres. Son campeones muy conocidos que te
proporcionarán una buena suma. Además, intentaré cruzar a uno o dos machos para conseguir más campeones. Añadiremos los potros a los caballos que ya tienes, y venderemos el resto.
-Necesitaremos una caballeriza más grande.
-Vamos a construir una nueva -dijo-. Ya he contratado al constructor.
-Me dejas sin habla -espetó, echándose hacia atrás-. Pero todo esto llevará
tiempo, y el rancho está al borde de la quiebra.
-Ahí es donde entras tú -dijo con toda tranquilidad-. He llegado a un acuerdo con un fabricante de ropa de Houston. Está interesado en que promociones su línea de ropa tejana. Fabrica fundamentalmente vaqueros.
-¿Sabe que...?
Él asintió.
-No te preocupes, no te fotografiarán en una silla de ruedas.
Cuando le contó la cifra que ofrecían, Jane se ruborizó.
-¡Estás bromeando!
Él negó con la cabeza.
-En absoluto. Pero supongo que querrás ver lo que fabrica. No esperaba que te mostraras de acuerdo sin haberlo visto personalmente antes.
La perspectiva de que su nombre apareciera en ropa la excitaba, pero no quería mostrarse demasiado entusiasta. Hasta que no firmara el contrato no había nada seguro, y tal vez hubiera alguna razón que la impidiera firmarlo.
-No pienso anunciar ropa de mala calidad.
-Se trata de un fabricante de buena reputación, y de una empresa que lleva
mucho tiempo en el negocio. Pero ya lo veremos. Les gustaría poder hablar contigo el viernes que viene.
Ella sonrió.
-De acuerdo.
Tom la observó con interés. Su rostro denotaba más animación, y sus ojos
brillaban. Parecía una mujer diferente. Llevaba el pelo recogido en una coleta, como siempre, pero varios mechones se habían soltado y no dejaba de echárselos hacia atrás. Admiró la silueta de sus senos, que se adivinaba bajo la camisa azul que se había puesto.
-Deja de hacer eso -dijo ella, levantando la barbilla-. Si no puedo admirarte, tú tampoco puedes hacerlo.
Tom arqueó las cejas.
-No recuerdo haber dicho que no puedas mirarme.
-Sí que lo has hecho, y con mucho énfasis. Dijiste que mantenemos una estricta relación de negocios, de modo que dejémoslo así.
Tom rió con suavidad y se humedeció los labios.
-¿Estás segura de que es lo que quieres? -preguntó con suavidad.
Aquel hombre la atraía terriblemente, pero no estaba dispuesta a aceptarlo ante él, de modo que se limitó a sonreír.
-Sí, estoy segura. Y ahora, ¿a qué hora quieren verme el viernes próximo?
El jueves por la mañana ya lo habían arreglado todo para asistir a la reunión con los fabricantes de ropa y con su departamento de relaciones públicas. Ya habían empezado a arreglar la casa, y los golpes y el ruido se habían transformado en algo familiar.
Jane salió al patio con Cherry después del desayuno, huyendo de los carpinteros.
Tom estaba en el despacho hablando por teléfono y la puerta estaba cerrada. Se preguntó cómo sería capaz de entender nada en medio de aquel caos.
-Ruido, ruido, ruido -dijo, llevándose las manos a la cabeza-. ¡Voy a matar a esos tipos si no dejan de pegar martillazos!
-Creo que será mejor que hagan lo posible para acabar con las goteras -dijo
Cherry con una sonrisa.
-¡Ja!
Cherry terminó de ensillar la yegua que le había comprado su padre.
-Voy a llamarla Feather. ¿No es bonita?
-Lo es, y salta con los ojos cerrados. Pero tienes que aprender a confiar en ella, Cherry. Debes agarrar las riendas más relajada, sin tirar tanto. Si lo consigues, correrá a toda velocidad.
Cherry se asustó un poco.
-No puedo hacerlo. Lo intento de verdad, Jane, pero cuando llego a los
obstáculos...
Se sentó en una bala de heno mientras Jane agarraba las riendas de la yegua.
-Tienes miedo de caerte -dijo.
-Bueno, eso también -aceptó, tomando una pajita de heno con la que empezó a
juguetear-. Pero es el caballo lo que realmente provoca mi miedo. La primera vez que participé en un rodeo un jinete cayó y su montura se rompió una pata. Querían matarla, pero a mí me horrorizaba que lo hicieran. Mi padre la compró y ahora vive con
uno de nuestros parientes en Wyoming. Está muy bien, pero desde entonces tengo miedo.
Tom no le había contado aquella anécdota. Le pasó un brazo por encima del
hombro, afectuosamente, y la apretó con cariño.
-Lo que me cuentas es muy extraño. La gente que participa en los rodeos ama sus caballos, y nunca los montan de tal modo que los pongan en peligro. No si quieren permanecer en el circuito. Cherry, he montado durante veinte años, desde que tenía cinco, y nunca he visto que un caballo caiga en uno de esos obstáculos. Nunca. Prefiero tirarme antes. En una ocasión me rompí una costilla, pero jamás le ha ocurrido nada a uno de mis animales.
-¿De verdad?
-De verdad. Montar consiste fundamentalmente en tener un buen caballo, bien entrenado, y en no intentar exigirle demasiado. ¿no has visto a los jinetes marchando al trote?
-Claro. Es una escena muy bonita. Un buen jinete se limita a dejar que el caballo haga el resto.
-Cierto. El caballo conoce bien su trabajo y lo hace. El problema comienza cuando el jinete cree que sabe más que el caballo e intenta tomar el control.
Cherry abrió los ojos de golpe, asombrada ante lo que oía.
-Oh.
Jane sonrió.
-Te has hecho una idea básica, ¿verdad?
-¡Sí!
-Pues ahora vamos a ponerla en práctica mientras montas al trote a Feather
-sugirió-. Y no te apresures. Ve despacio y tranquila.
-Despacio y tranquila -repitió la joven.
-¿Qué es esto, una conferencia? -preguntó Tom desde la puerta.
-Cosas de vaqueras -bromeó su hija-. ¡Hola, papá! ¿Quieres venir a ver cómo lo hago?
-Claro, dentro de un minuto. Pero primero tengo que hablar con la jefa.
Su hija pasó a su lado, y en tono bajo murmuró para que Jane no pudiera oírlos:
-Siempre pensé que tú eras el jefe.
Tom rió.
-Y yo.
-¡Hasta luego, Jane! -se despidió Cherry.
-Parece muy contenta.
Tom tenía un aspecto muy tejano con sus vaqueros, sus botas, su camisa azul y su sombrero. Tenía cuerpo de jinete de rodeo, con hombros anchos, estrechas caderas y piernas poderosas. Jane tuvo que hacer un esfuerzo para no fijarse en él. Le vino bastante bien que en el interior del granero todo estuviera a oscuras.
-Estábamos hablando de la competición. Me contó lo del caballo herido que
compraste para ella en Wyoming. Fue muy amable por tu parte.
-Amable... No tuve la oportunidad de hacer otra cosa. No soporto que llore.
-Lo recordaré.
Tom arqueó una ceja.
-Me refería a Cherry. Las lágrimas de los demás me dan igual.
Ella chasqueó los dedos.
-¿Apuestas algo?
Sus ojos cafes contemplaron su hermosa figura. No se había acercado a
aquel lugar con la silla de ruedas, sino ayudándose de las muletas.
-Las muletas son un poco peligrosas -dijo-. Podrías caerte maniobrando.
-Si no se apuesta, no se gana. Puedo arreglármelas, de otro modo no lo intentaría. No me divierte pasarme semanas en cama.
Tom decidió no hacer caso de su último comentario.
-He estado hablando con la madre de Cherry. Quiere que pase este fin de
semana con ella. Quiere llevársela de compras, así que la llevaré a su lado mañana por la mañana. Con un poco de suerte estaré de vuelta antes de que lleguen los representantes de la firma de ropa. Pero sea como fuere, debes hacer que tu abogado lea el contrato antes de que lo firmes.
-Lo sé.
-Bien.
Se levantó de la bala de heno en la que estaba y se apoyó en sus muletas. Andar con ellas no le resultaba fácil, pero mejoraba día tras día.
-¿Se llevan bien Cherry y su madre? -preguntó cuando salieron del granero.
Se dirigieron hacia el cercado donde estaba practicando Cherry.
-Casi todo el tiempo. A Cherry no le gusta su padrastro.
-Lo imagino. Muchos hijos de padres divorciados viven con la idea de que sus
padres reales vuelvan a unirse de nuevo, según he oído.
-Cherry es más lista que todo eso. Odiaba la situación que teníamos antes del
divorcio. Demasiadas discusiones pueden hacer que una casa se convierta en un verdadero infierno para una niña.
-Supongo que tienes razón.
-¿Discutían tus padres alguna vez? -preguntó él.
-No lo sé. Mi madre murió cuando yo estaba empezando a estudiar en el colegio y mi padre me crió. Bueno, me criaron Joe, Meg y él -corrigió.
-Debió resultarte muy dura su pérdida.
Ella asintió.
-Al menos me quedan Joe y Meg. Eso facilita las cosas. De un modo extraño mis heridas me ayudaron. Son como un reto, que me permite continuar. Si hubiera tenido tiempo para sentarme a pensar tal vez me habría vuelto loca. Lo echo mucho de menos.
Su voz se quebró por la emoción. Tom la miro con emociones contrapuestas.
-Yo perdí a mi madre hace nueve años -confesó-. Mi padre murió dos años más tarde, y recuerdo cómo me sentí. Éramos una familia muy unida.
-Lo siento.
Tom se encogió de hombros.
-La gente se muere. Es algo natural.
-Sí, pero eso no sirve para hacerlo más llevadero.
-No.
Se detuvieron en la valla del cercado. Cherry estaba agarrada al cuello de su
yegua, hablando delicadamente con ella. Miró a Tom y a Jane, sonrió y de repente salió al galope.
Mientras observaban, la joven se inclinó sobre el caballo sin tirar demasiado de las riendas, dejando que el animal siguiera su curso. Feather saltó el primer obstáculo con total naturalidad, dirigiéndose después hacia el otro extremo del cercado al mismo paso y saltándolo con idéntica facilidad. La escena continuó hasta que Cherry tiró de las riendas deteniendo al animal en el lugar donde se encontraban los encantados adultos.
-¿Lo habéis visto? -preguntó Cherry, enrojecida y riendo tan fuerte que se le
saltaban las lágrimas-. ¿Lo habéis visto? ¡Lo he conseguido!
-Lo he visto -contestó Jane sonriendo-. ¡Cherry, eres genial!
-Tú sí que eres genial -dijo la niña con timidez-. A fin de cuentas fuiste tú quien me dijo cómo debía hacerlo. Ya no tendré miedo nunca más. Feather sabe lo que tiene que hacer. Sólo tengo que dejarla hacer a ella.
-En efecto. Despacio y tranquila. Ahora lo estás haciendo muy bien.
-Es verdad, ¿no es cierto? -preguntó.
-Eres una campeona, y estoy orgulloso de ti -intervino su padre, con ojos
brillantes.
-¡Gracias, papá! -exclamó entre risas de nuevo.
Entonces salió disparada en su montura.
-¡No la fuerces! -gritó Tom.
-¡En absoluto! -contestó la joven.
-Vaya, parece que aprende deprisa -comentó Jane en un murmullo, observándola.
Tom había apoyado una pierna en uno de los listones de la valla. Miró a Jane con intensidad, sin sonreír. Jane parecía frágil, pero su delgado cuerpo poseía unas curvas preciosas, y sus senos eran firmes y duros bajo su camisa de cuello abierto. Llevaba el pelo suelto, a la altura de los hombros para variar, ondulado y muy bonito. Como toda ella.
-Despacio y tranquila -murmuró él, pensando en otro tipo de deporte.
Su corazón empezó a latir mucho más deprisa.
Jane notó la sugerente cadencia de su voz y levantó la mirada. Sus ojos quedaron atrapados por la intensidad de los ojos cafe de Tom, que empezó a acariciarle la mejilla y continuó después trazando la línea de su labio superior.
Jane no podía respirar. Abrió los labios sin saber qué hacer, intentando
encontrar algo que decir que rompiera la tensión.
Tom también abrió la boca mientras la observaba. No dejó de acariciar sus
labios, bajando con el pulgar hasta tocar sus blancos dientes. Era una boca tan suave como un pétalo, cálida e intensa.
De repente Jane sintió que estaba más cerca de él. Podía notar su pulso en las
venas del cuello, sentir el calor de su cuerpo. La colonia que se había puesto invadía sus sentidos.
Sin embargo, Tom no se había movido. Estaban lo suficientemente juntos como para encontrarse en una situación íntima. Jane podía sentir la dura presión de sus piernas contra las suyas, y los latidos de su corazón. Miró su boca, entreabierta, y durante unos segundos deseó que la besara.
Su respiración era cálida y acelerada. Podía notar el olor a café y sentir su
aliento mientras exploraba sus labios con el pulgar. Lo sentía plenamente, y con él sentía que en su interior renacía un deseo extraño que había permanecido dormido hasta entonces.
Se acercó más a él como si fuera víctima de un encantamiento, pegándose a su
cuerpo hasta que sintió sus largas piernas, su pecho, su estómago plano y sus caderas, apenas tocándose, frotándose, intimando en una caricia leve.
Jane gimió y súbitamente se arrojó a él.
Joe silbó a lo lejos, Feather relinchó, y se escuchó el sonido del motor de un
coche. La tensión del momento desapareció de forma instantánea y Jane se apartó de Tom con tanta rapidez que se golpeó con la valla. Tom tuvo que impedir que cayera poniendo el brazo y enderezándola después, sin mirarla directamente a los ojos. Él estaba tan sorprendido y enfadado como ella por lo que había estado a punto de suceder.
-Maldita seas -dijo, furioso.
Ella lo golpeó en el pecho.
-¡Has empezado tú! ¡Maldito seas entonces!
-iTom! ¡El constructor se acerca por la carretera! -exclamó Joe acercándose
para recibir al visitante.
-Te lo dije -continuó Tom, sin hacerle caso-. ¡No quiero mantener una relación con nadie!
-Yo tampoco. ¡No es como si me hubiera ofrecido a ti!
-¿No? ¡Pues yo no he empezado!
-¡Tom! -exclamó Joe de nuevo.
Miró a Jane un segundo más y después hizo lo propio con Joe.
-¡Ya voy!
Joe levantó dos dedos en gesto de victoria y saludó al recién llegado.
Tom volvió a mirar a Jane, que estaba pálida aunque no había dado su brazo a
torcer. Lo miraba con profunda irritación.
-Sabes de sobra lo que puedes hacer a un hombre con esos ojos que tienes –dijo él, acusándola-. Probablemente has tenido más amantes que yo.
-¡Y no tenía que pagarles a cambio!
La respiración de Tom se aceleró. Parecía que hubiera crecido de repente,
convirtiéndose en una figura amenazadora.
-¡Tú ...!
Jane intentó estirarse lo suficiente como para parecer también más alta,
apoyándose a duras penas en las muletas.
Aquel patético movimiento devolvió a Tom a la realidad. Jane no estaba en
condiciones físicas, pero era toda carácter. No estaba dispuesta a rendirse, por
formidable que fuera su oponente. Él estaba furioso, pero a pesar de su rabia sentía una profunda admiración por ella.