Él estaba furioso, pero a pesar de su rabia sentía una profunda admiración por ella.
-Cuando puedas caminar bien seguiremos hablando -dijo.
-¿Qué te ocurre, hombretón, tienes miedo de pelear con una mujer con muletas?-preguntó, intentando retarlo.
Él rió a pesar de su mal humor.
-No, si tenemos en cuenta que esa mujer tiene lengua de serpiente. ¡Gata
sarnosa!
-¡Cerdo!
Tom arqueó las cejas.
-¿Quién, yo?
-¡Oink, Oink!
Tom observó su rostro enrojecido, su pelo revuelto y sus grandes ojos azules,
muy abiertos, arrepentido. No estaba dispuesto a dejarse llevar a otra relación
amorosa. Pero sentía una profunda tentación. Aquella mujer no se parecía a ninguna otra que hubiera conocido.
-Y no vuelvas a intentarlo conmigo -espetó ella.
-Optimista.
Jane hizo un sonido de desagrado y se dio la vuelta.
-Quiero estar presente cuando hables con el constructor. Van a trabajar en mi
rancho.
-Ésa era mi intención -le aseguró-. Precisamente ha venido para que lo conozcas.
-Podrías habérmelo dicho antes -comentó enfadada.
-Vine al granero a decírtelo. Aunque después las cosas degeneraran.
-Ha sido culpa tuya -acusó-. Empezaste tú.
-Con tu ayuda -insistió él, mirándola-. ¿Cuántos hombres se han rendido ante tu mirada de deseo?
Ella apartó la vista y se alejó. No contestó su pregunta. Empezó a caminar tan deprisa como pudo, apoyándose en sus muletas.
-Si pudiera mantenerme andando a la pata coja te arrojaría una de las muletas a la cabeza -dijo con frialdad.
-Siempre puedes contar con los puños del médico. Parece que está enamorado de ti.
-Es un buen hombre. Y me conoce bien.
-No lo dudo.
Jane se ruborizó. Le resultó difícil caminar con las muletas, y se apartó un
mechón de pelo de la cara. El constructor estaba apoyado en su vehículo, un Mercedes de color verde, esperándolos. Era un hombre alto y elegante, bronceado, con los ojos negros y el pelo largo y oscuro, recogido en una coleta.
-Te presento a Sloan Hayes -dijo Tom.
El constructor, indio americano, estrechó la mano de Jane y después hizo lo
mismo con Joe.
-No nos habíamos visto antes, pero he oído hablar de ti -dijo Jane con una
sonrisa educada-. El trabajo no es muy importante.
Todo el mundo sabía quién era, pero Jane se extrañó de que Tom y él ya se
hubieran conocido.
-Nos alegra mucho poder hacerlo -dijo Hayes con suavidad-. Tu... director ha
hablado de todo conmigo, pero quería que supieras lo que vamos a hacer antes de terminar el trabajo. He traído los planos para que puedas inspeccionarlos.
-Encantador por tu parte -dijo Jane con una sonrisa.
Hayes arqueó una ceja y sonrió.
-No creo haber comentado que he sido seguidor de los rodeos toda mi vida. Y te he visto montar muchas veces -dijo, haciendo un gesto negativo con la cabeza-. Siento mucho lo de tu accidente.
Aquello la sorprendió, pero su sinceridad no daba pie a ofensa alguna.
-Yo también lo siento, pero la vida es así. No queda otro remedio que adaptarse.
-Tienes alguna idea de lo que vas a hacer ahora? -Ella sonrió.
-Qué te parece criar caballos campeones? -Hayes rió.
-Me parece muy bien. Es una de mis aficiones -dijo, entrecerrando los ojos
mientras la admiraba. Tom se puso serio.
-¿Dónde están esos planos?- Sloan lo miró.
-Iré a buscarlos.
-Podemos verlos en el despacho -sugirió Jane-. Joe, ¿podrías pedir a Meg que
traiga café y pasteles cuando pueda?
-¡Por supuesto!
Jane sonrió a Tom mientras esperaban a que Hayes regresara con los planos.
-Es muy simpático -dijo ella con deliberada dulzura-. Creo que este proyecto va a resultar divertido.
-No intentes nada con el constructor. Tampoco quiere mantener relaciones con nadie, pero le gustan mucho las mujeres.
-¿Por eso lo has contratado? ¡Gracias!
Cuando Hayes se unió a ellos en el porche, Jane sonrió abiertamente.
-Déjame que te ayude con las muletas -se ofreció al entrar.
-Eres muy amable -dijo ella, con entusiasmo.
Tom los siguió al interior, apretando los dientes. Cada vez estaban más
complicadas las cosas. Primero aquel médico pelirrojo y ahora el constructor. Sin embargo, no quería mantener ninguna relación con aquella mujer. Intentó convencerse de ello y concentrarse en el asunto que tenían entre manos. Estuvieron estudiando los planos. Jane hizo unas cuantas preguntas, pero en cualquier caso los planes le parecieron satisfactorios.
-¿Necesitamos tanto espacio en la caballeriza? -preguntó al fin, cuando estaban tomando el café y el maravilloso pastel de limón de Meg.
-Si quieres convertir realmente este rancho en un lugar donde se críen caballos en serio, lo necesitas -contestó Sloan con tranquilidad-. Debes disponer de suficiente espacio. Los clientes aprecian esas cosas. Además, necesitarás estrechar lazos desde un punto de vista social, y renovar la casa para que encaje en el conjunto estético del rancho.
Jane se mordió el labio inferior y miró a Tom con preocupación.
-Puedes hacerlo -se limitó a decir-. Tienes dinero y todo está preparado.
-No lo había pensado.
-Tienes que hacerlo -insistió Sloan-. Este rancho va a ser mucho mejor que
cualquier otro.
Jane no sabía qué decir. No estaba segura de querer que las cosas cambiaran
tanto.
-Hablaremos sobre ello más tarde -dijo Tom-. Mientras tanto, consúltalo con la almohada. De todas formas Sloan tiene otros trabajos que terminar antes de empezar aquí.
-Cierto -dijo el constructor sonriendo-. No tienes que tomar decisiones
aceleradas. Valora primero las consecuencias y después decide qué es lo que quieres hacer.
-Lo haré. Gracias por tu paciencia -dijo con gentileza.
Sloan sonrió.
-Oh, mi paciencia es bien conocida por todos. Pregúntaselo a Tom.
Tom arqueó una ceja. -No pienso mentir por ti.
-Yo lo haría por ti -dijo el otro hombre con segundas intenciones-. Y es más, ya lo he hecho varias veces.
Era cierto. Sloan ya había trabajado para la empresa de ordenadores de Tom, y ahora estaba mintiendo acerca de su verdadera ocupación.
-Tómate el café y cierra la boca -murmuró Tom con una sonrisa.
-Muy bien, ya lo he entendido -dijo, dirigiéndose después a Jane-. Y ahora, en
relación con esos edificios, sugiero que...
Cuando se marchó, Jane ya tenía una idea bastante aproximada de cómo quedaría el rancho con los cambios previstos. El coste era enorme, pero los beneficios también podían llegar a serlo.
Ahora todo dependía de su habilidad para vender su nombre a la empresa textil para poder permitirse los arreglos. Pero no pensaba dar una respuesta positiva hasta que estuviera convencida de lo que quería hacer. Y no lo estaría hasta que no conociera personalmente al fabricante de ropa. Se reservaría su opinión hasta el día siguiente.