Capítulo Cinco
Jane apenas durmió aquella noche. Estaba demasiado nerviosa por la reunión que tenía con el fabricante de prendas de vestir y con el departamento de relaciones públicas. Tom se marchaba a la mañana siguiente para llevar a Cherry a Victoria, y eso no la tranquilizaba.
-Estaré de vuelta antes de que lleguen -le aseguró-. No te preocupes.
-Tengo que hacerlo. Es una decisión difícil. Sólo espero que no pretendan poner mi nombre en una línea de diseño que no me guste -dijo, abrazando a Cherry con cariño, puesto que en poco tiempo habían llegado a quererse mucho-. Que lo pases bien con tu madre, y diviértete cuando vayas de compras.
-Claro. Cuídate. No te pongas a bailar -bromeó, haciendo un gesto hacia las
muletas.
-De acuerdo -rió con suavidad.
-Te veré el lunes.
Jane asintió y se despidieron. Tom pareció alegrarse de ello. Tal vez necesitara un poco de espacio, como ella. Se preguntó si pensaría pasar el fin de semana en el rancho o si por el contrario se marcharía. Probablemente tenía muchas mujeres que esperaban una mínima oportunidad para saltarle encima. Era un hombre muy atractivo, y no dudaba que debía tener mucho éxito entre el sexo opuesto. De hecho, se alegraba de que no quisiera hacer nada con ella. Aquel breve instante en la valla del cercado había bastado para que le temblaran las piernas. No era el tipo de hombre que jugaba
con mujeres inexpertas. Aunque él no sabía que ella carecía de experiencia. Y Jane no tenía intención alguna de decírselo.
Entró en el interior de la casa, contenta de no tener que preocuparse por la
cercanía de Tom. Empezó a examinar los libros de contabilidad y se asombró al ver el trabajo que había hecho Tom en tan poco tiempo. Realmente era un genio en cuestiones económicas. Se preguntó cómo era posible que un hombre de su talento desaprovechara su vida trabajando para otros. Podría haber ganado una fortuna utilizando su talento en favor de sus propios intereses. Pero tal vez no tuviera ambiciones.
Habría cambiado de opinión si lo hubiera visto aquella misma mañana, sentado en su despacho de presidente de la empresa Kaulitz Hathaway. Había pasado mucho tiempo desde que comprara la participación de Hathaway, el antiguo dueño de la compañía, pero había mantenido el nombre porque era muy conocido en Texas, a diferencia de Kaulitz, y aquello era bueno para el negocio.
Hizo unas cuantas llamadas telefónicas, dictó varias cartas y lo arregló todo
para que le enviaran informes al fax que había instalado en el rancho. Dio
instrucciones precisas a su secretaria acerca de lo que debía hacer cuando le enviara documentos, aunque Jane nunca estaba en el despacho cuando él estaba trabajando.
No le gustaba mentir en todo aquello, pero al fin y al cabo no era una mentira. Le había dicho que mientras trabajara para ella seguiría con su ocupación habitual, y era cierto.
No tenía sentido que supiera aún la verdad sobre su vida. Jane sólo era una
mujer discapacitada temporalmente a la que quería ayudar. Era una diversión, un reto.
La vida le había parecido últimamente algo aburrida, con un negocio que prosperaba sin que tuviera que utilizar en nada su mente analítica. Todo el trabajo creativo lo hacían sus empleados. Magníficos profesionales que se encargaban del desarrollo de los nuevos programas, del crecimiento de la empresa y de la contabilidad. Él se limitaba a hacer de relaciones públicas, conseguir nuevos contratos, dirigir las reuniones importantes, firmar los acuerdos y hablar con banqueros y clientes. Lo único divertido en la empresa había sido el riesgo inicial, pero ya no cabía riesgo alguno, puesto que su
fortuna estaba entre las quinientas más importantes del país. Era el presidente y director ejecutivo de Kaulitz Hathaway.
Era una simple figura decorativa. Pero las cosas no eran así en el rancho Parker. Allí resultaba necesario. Era lo único que impedía que las propiedades de Jane acabaran en la bancarrota, y se sentía mucho mejor sabiendo que suponía tal diferencia en su vida. Necesitaba aquel reto y de paso ayudaba a Cherry, que se había hecho amiga íntima de Jane. Su hija no se había divertido mucho hasta entonces, pero le encantaban los rodeos y Jane era la
persona perfecta para ayudarla a desarrollar sus habilidades. Aunque en realidad era ella la que ayudaba a Jane. Estaba más decidida que nunca a dejar aquellas muletas y recuperarse. En cualquier caso, ayudar a Jane había sido una de las decisiones mejor tomadas en toda la vida de Tom.
Pero mientras firmaba cartas en el escritorio de madera noble se preguntó como era posible que a pesar de todo se encontrara de tan mal humor. Jane y él deberían ser amigos, pero no lo eran. Jane peleaba con él en cuanto podía, y el día anterior había estado a punto de precipitar una situación algo complicada. Ella era vulnerable en aquel momento, y debía haberse comportado con un poco más de responsabilidad.
Enfadado, pensó que era encantadora. En otras circunstancias lo habría
intentado, pero aunque era lo suficientemente mayor como para tener amantes no pudo evitar preguntarse por aquel aspecto de su vida. El médico parecía interesado en ella, pero en realidad no parecía que hubiese intimidad alguna entre ambos. De haber sido viejos amantes se habría notado. Eran cosas que nadie podía disimular.
-Señor Kaulitz, tiene que firmar también este contrato -le recordó su secretaria, señalándole los dos lugares donde debía estampar la firma.
-Lo siento -dijo, firmando en las tres copias-. ¿Alguna otra cosa?
-No, señor. No hasta la semana que viene.
Tom se levantó.
-No creo que pase por aquí durante los próximos días, pero aquí tiene un número de teléfono donde puede localizarme en caso de emergencia -dijo, mirándola con ojos Cafes ambar.- Sólo en caso de emergencia.
-Sí, señor. ¿Algún problema, señor?
La señorita Emory tenía cincuenta años y un aploma insuperable.
Tom rió.
-En cierto modo podría decirse que sí. De modo que tenga cuidado.
-Lo tendré, señor.
-Me pondré en contacto con usted de forma periódica. Si algo urgente necesita mi atención, envíemelo por fax. No necesita explicarme nadá, limítese a pedir que la llame. Ponga su nombre en el fax, pero no su apellido. De ese modo si alguien lo intercepta pensará que se trata de una simple amiga. 0 de una novia.
Su secretaria también rió.
-Sí, señor.
Dejó todo el papeleo pendiente sobre el escritorio para que la señorita Emory se hiciera cargo de él. Tenía la impresión de que durante las próximas semanas iba a ganar bastante más dinero de lo que ganaba habitualmente. Sólo esperaba que no se arrepintiera de la decisión que lo había llevado a Jacobsville.
La subdirectora, una joven llamada Micki Lane, tenía una sonrisa preciosa y
apretaba con fuerza la mano. A Jane le cayó bien de inmediato, pero su acompañante era muy distinto. Rick Wardell era un promotor que destilaba energía y determinación.
Su capacidad verbal arrinconó en poco tiempo a Micki, mientras explicaba lo que la empresa esperaba de Jane si finalmente llegaban a un acuerdo.
Micki quiso protestar, pero no era contendiente para aquel hombre. Sin embargo, Jane lo era.
Levantó una mano cuando el hombre estaba en plena exposición.
-Espere un instante. Aún no he dicho que quiera firmar el contrato. De hecho, no firmaré nada sin haberlo visto antes.
-Sin embargo, nuestra empresa es bien conocida -insistió Rick, con absoluta
confianza.
-Es cierto -dijo Jane-, pero yo no la conozco. He estado toda mi vida
participando en rodeos y desciendo de una familia que ha dedicado toda su vida a los caballos. Eso significa que si firmo el contrato muchos de mis seguidores comprarán sus productos, y quiero asegurarme de que mi nombre se usa en algo atractivo, duradero y de buena calidad.
El rostro de Rick se endureció.
-Escuche, querida, no parece entender que estoy haciéndole un favor.
-Nadie me llama querida a no ser que se lo permita -interrumpió-. No soy ninguna modelito.
Sus ojos azules brillaron con rabia, y el hombre cerró la boca dándose cuenta de que había cometido un error y de que la situación estaba deteriorándose con rapidez.
Antes de que Jane pudiera decir nada más, el coche alquilado de Tom se detuvo junto al reluciente deportivo de Rick. Tom salió de su vehículo y se unió a ellos de inmediato. Una simple mirada le bastó para comprender la situación en la que se encontraban.
-¡Kaulitz! Me alegro de que estés aquí. No creo que la señorita Parker comprenda el favor que le estamos haciendo al poner su nombre en nuestra nueva línea de productos -comenzó a decir Rick, sonriendo como si pensara que el otro hombre estaría de acuerdo con él-. Tal vez tú puedas hacerla entrar en razón.
-¿No te parece que ambos os hacéis un favor? -preguntó Tom con suavidad-. o es que tu jefe de ventas no te ha dicho que varias boutiques ya han pedido los posibles productos que salgan con el nombre de Jane Parker?
Rick rió con nerviosismo.
-Es cierto, pero... ¿Empezamos otra vez?
Micki estaba junto a Jane, y parecía irritada.
-La señorita Lane, ¿no es cierto? -preguntó Tom, acercándose para estrechar su mano-. Perdóneme, pero pensé que iba a ser usted la encargada de negociar con la señorita Parker.
Miró en dirección de Rick Wardell mientras hablaba.
-Correcto. El señor Wardell es el encargado de ventas y promociones.
Jane sonrió a Rick con ironía. No le había gustado su tono condescendiente.
-Para promocionar algo tendría que firmar un contrato -declaró-. Y francamente, no creo que vaya a hacerlo. Pero les agradezco mucho que se hayan acercado a mi casa. Señor Wardelll, señorita Lane...
Micki se puso delante de Rick.
-Sin embargo, me gustaría enseñarle nuestros nuevos vaqueros, así como las
camisetas que vamos a fabricar, imitando el estilo vaquero. Se pueden lavar a máquina y están garantizadas. No destiñen. Creo que le gustarán.
Jane quedó impresionada. Sonrió y dijo:
-Bueno...
Micki miró con frialdad hacia Rick, que había adoptado una posición defensiva.
-El señor Wardell quería venir para conocerla. Y ahora que ya la conoce estoy segura de que no le importará dejar las negociaciones en mis manos. ¿No es así, señor Wardell?
Nick sonrió con incertidumbre antes de aclararse la garganta.
-Puede que sea lo mejor. Me alegro de haberla conocido, señorita Parker, y
espero que sigamos haciendo negocios, Kaulitz.
Asintió, sonriendo, y se marchó caminando hacia su deportivo.
-Si firmo algo tendrá que haber una cláusula en la que quede claro que ese
hombre no tendrá nada que ver con ello -dijo Jane, mirándolo-. ¡No me gusta que me hablen en ese tono!
-Rick tiene mal genio, pero podría vender hielo a un esquimal. Estamos intentando poco a poco que adopte comportamientos más dignos del siglo veinte -explicó Micki con una sonrisa-. Hablaré con su jefe de división cuando regresemos. Mientras tanto, ¿le parece bien que le enseñe la ropa, ya que estoy aquí?
-Bueno, supongo que sí.
Micki sonrió y recogió la maleta que tenía en el coche.
-Parece que he llegado justo a tiempo -dijo Tom en voz baja.
Jane levantó la mirada, aún con gesto defensivo.
-A tiempo de salvar la vida de ese hombre. Ese condescendiente hijo de...
-Es un magnífico jefe de ventas. Un genio convenciendo a la gente.
-¡No me importa en absoluto! iY dudo mucho que consiga vender nada si trata a la gente como me ha tratado a mí!
Tom rió. Le encantaba cuando estaba de mal humor.
-Tú también tienes mal genio.
-Bromeas.
-Tranquilízate -sugirió-. No voy a obligarte a que firmes con ellos, pero te
vendría muy bien. El dinero de las reformas tiene que salir de alguna parte. Y lo que conseguirás con este contrato casi será suficiente para cubrir los gastos. Si la ropa es tan buena como dice Micki, no tendrás razón alguna para negarte.
-Puedo darte una buena razón. Ese tipo que se ha marchado en el deportivo.
-Ni siquiera tendrás que hablar de nuevo con él, te lo prometo.
-Bueno, si lo prometes...
Jane se tranquilizó un poco.
-Muy bien, eso está mejor.
Micki regresó. El sol se reflejaba en su cabello n***o. Era una mujer atractiva, delgada y elegante, de ojos oscuros y piel morena. Sonrió y sus ojos brillaron.
-¿Podemos sentarnos? -preguntó-. He estado de pie todo el día y estoy cansada.
Jane pensó que probablemente lo había propuesto al ver que ella se apoyaba con dificultad sobre las muletas. El sentido de los negocios y la diplomacia eran una buena mezcla, y Jane supo incluso antes de ver la ropa que iba a firmar aquel contrato.
Dio el contrato a su abogado para que lo estudiara, pero cuando Micki se marchó lo hizo con la seguridad de que lo firmaría. La ejecutiva se sintió aliviada cuando estrecharon las manos antes de marcharse. Tom la observó desde la puerta, con los labios apretados en ademán pensativo.
-No está casada -dijo Jane, consciente de que empezaba a sentir celos-. Y es
muy atractiva.
Tom se dio la vuelta, con las manos en los bolsillos de su pantalones. Podía ver los poderosos músculos de sus brazos, enfatizados por el color de su camisa amarilla.
-Es cierto, pero está fuera de alcance.
-¿Por qué?
-No seduzco a los contactos de negocios -contestó con sinceridad-. Perjudica mi imagen.
Ella arqueó las cejas.
-No sabía que los simples contables tuvieran que preocuparse por eso.
Los contables no se preocupaban por ello, pero los presidentes de las empresas sí. Sin embargo, no podía decírselo. Había cometido un pequeño error, de modo que rió.
-Puede que trabaje para ella algún día, y es mejor no comprometerse con jefes
potenciales.
-¿Y con los que ya tienes? ¡Gracias a Dios!
-No es necesario que estés tan aliviada.
-Lo siento, no quería decir eso -se disculpó, echándose hacia atrás en el sofá y
haciendo un esfuerzo para no bostezar-. Ha sido un largo día y estoy cansada.
-¿Por qué no te tumbas y descansas un rato? Tengo que estudiar ciertos asuntos, y Meg y Joe se han ido de compras. No tienes nada que hacer, ¿verdad?
-Ahora no. En fin, supongo que no soy tan fuerte como suponía. Las muletas son difíciles de usar, pero odio la silla de ruedas -dijo sonriendo, mientras se colocaba un cojín bajo la cabeza.
Se tumbó sobre el sofá. Le dolía todo el cuerpo después de haber pasado dos
días andando con muletas. Finalmente, cerró los ojos.
-Duerme -dijo él.
Se quedó unos segundos observando su rostro pálido, rodeado por aquel cabello rubio, sedoso. Parecía una modelo, desde su precioso rostro hasta su hermosa silueta y sus largas y elegantes piernas. Le gustaba mucho, pero no podía permitirse el lujo de prestarle atención. Aquél era un trabajo temporal, y en poco tiempo estaría de vuelta en su negocio. Tenía que comportarse con frialdad.
Se volvió y caminó hacia el despacho. Al llegar cerró la puerta con suavidad.
Tenía mucho trabajo que hacer, relativo a su propia empresa, además de solucionar los asuntos de Jane. Era una pena que las cosas se hubieran complicado en su compañía precisamente entonces, pero estaba seguro de poder enfrentarse a todo ello. El reto resultaba refrescante. No podía recordar cuándo se había divertido tanto.
En las semanas que transcurrieron con posterioridad, la amistad que había entre Jane y Cherry fue creciendo aún más. Eran inseparables, especialmente en el cercado donde la joven practicaba su técnica a caballo. Iba mejorando poco a poco. Tenía confianza en sí misma y ya no dudaba en los obstáculos. Dejaba que la yegua hiciera su trabajo, con cierta incredulidad ante los resultados que conseguían.
Jane estaba orgullosa de su pupila y eso la ayudaba. Ya no se quejaba tanto por su lenta evolución. En poco tiempo había empezado a rehabilitarse mucho más deprisa.
Tom, por otra parte, encontraba cada día más difícil su trabajo. El papeleo y la construcción de los edificios eran asunto fácil, pero tener a Jane cerca le resultaba insoportable. Un simple contacto accidental bastaba para que su corazón se acelerara y para que se estremeciera de los pies a la cabeza. Se descubrió a sí mismo observándola de vez en cuando sin razón alguna, por el puro placer de admirarla. Y su vulnerabilidad lo ponía de mal humor. Había pasado mucho tiempo con Micki Lane, estudiando los contratos con los abogados antes de que Jane los firmara. Era muy atractiva, estaba interesada por él y él necesitaba divertirse. De modo que sin detenerse a pensar en las consecuencias la llamó por teléfono y la invitó a bailar.
El baile del Centro Cívico de Jacobsville era uno de los acontecimientos
mensuales más importantes en la vida de la localidad. Jane asistía a él con frecuencia antes del accidente, acompañada casi siempre por Copper Coltrain. Pero había renunciado a ir a causa de su estado. Cuando Cherry mencionó de forma casual que su padre iba a asistir con aquella atractiva ejecutiva, Jane se sorprendió a sí misma sintiendo celos. Le caía muy bien Micki, pero no conseguía imaginársela con Tom. Al menos, pensó que tendría a Cherry para que la acompañara.
Pero las cosas no salieron como pensaba. Cherry aceptó una invitación de última hora para pasar el fin de semana con su madre y tomó el autobús a Victoria. Después, Joe y Meg anunciaron que también se marchaba y Jane se sintió muy mal por ello, pero hizo todo lo posible para que no se notara. Al parecer todo el mundo estaba dispuesto a abandonarla.
Tom pensó que Jane estaba demasiado pálida, cuando estaba a punto de
marcharse para recoger la Micki aquella noche. Se detuvo, jugueteando con las llaves del coche que llevaba en el bolsillo.