—¡Kevin, por favor! —Suplicó una vez más mi irritante hermana.— ¡Voy a llegar tarde!
Me froté el rostro con desesperación cuando terminaba de sacudir la motocicleta. —Ya deja de joder. —Advertí lleno de fastidio.
Ella se acercó llena de emoción y con una sonrisa de oreja a oreja. —¿Eso quiere decir que me llevarás?
Puse los ojos en blanco. —Eso quiere decir que no insistas porque eso nunca va a pasar.
El semblante de Kendall cambió por completo a un desconcierto absoluto, asemejándose bastante a una pequeña cuando la ilusionan y no le compran su juguete deseado. De repente se cruzó de brazos y dio media vuelta dándome la espalda.
—Te quedarás esperando si quieres que ella sea la única que se suba a tu estúpida moto.
Y sin esperar respuesta alguna de mi parte, sujetó firme su bolso y se fue echando humo por las orejas, camino al Instituto. Me encogí de hombros para luego subir a mi motocicleta, pero luego de encenderla, me quedé un rato estático. ¿Y si Kendall tenía razón? Pensé. Porque había pasado más de un año desde que Jasmine había regresado a Chicago, y aunque pensé que por fin había encontrado en ella esa persona especial en quien podía confiar, poco a poco nos fuimos separando.
O mejor dicho, ella se apartó de mí.
Aunque la verdad no la culpaba. El hecho de ella haber regresado, lo hacía para empezar de cero y vivir tranquila para no entrar en crisis. Tal vez yo se lo impedía, de pronto la ataba a su pasado y si se mantenía junto a mí, era más probable que se repitieran sus episodios maniáticos. O también, si ella quería tener una vida normal, lo mejor era alejarse del “raro” del Instituto. Ahora Jasmine pertenecía al grupo de los populares, se sentía querida dentro de su círculo. Probablemente ella haya encontrado en ellos, lo que nunca pudo encontrar en mí.
Pero yo no había podido hallar en nadie, lo que había encontrado en ella.
Por eso, aunque tuviera que limitarme a verla desde lejos y ya no pudiera pasar tiempo con ella, no iba a olvidarla. Mucho menos olvidaría su cumpleaños. Así que arranqué la moto y me dirigí al Instituto. Desde que entré a la preparatoria, las cosas habían cambiado un poco. ¿Para bien o para mal? No lo sabía. Ya que pese a que no tenía a los tres verdugos haciéndome la vida imposible a diario, algunas secuelas sí habían quedado. Mi aspecto escuálido junto al torpe andar que siempre me acompañaba, no hacían más que volverme el hazmerreir del instituto. Era considerado el “raro”, aquel chico que siempre andaba solo y que no era capaz de ver a los ojos a las personas mientras le hablaban, ese mismo que llegaba en una motocicleta ninja ganándose las miradas de todos, pero que al fin y al cabo, no era más que Kevin Cruise: El perdedor.
Una vez aparqué la moto en el parqueadero del instituto, ocurrió lo de siempre: Comentarios a mis espaldas y miradas de recelo que nadie tenía la delicadeza de conservar. Sujeté la capucha de mi sudadera y me la coloqué sobre la cabeza, en un intento por apaciguar las voces de todos los inútiles que estudiaban en el instituto.
A unos cuantos metros de la entrada, logré divisar el casillero 303 y sin pensarlo dos veces, saqué la tarjeta roja de mi morral para introducirla por una de las ranuras del mismo y caer dentro del casillero. Suelto un suspiro pesado. A pesar de que ya no estuviéramos en contacto tanto como antes, quería hacerle saber a Jasmine que siempre podía contar conmigo y el gran aprecio que le tenía. Giré hacia la derecha y me percaté de que el grupo de populares ya había entrado al Instituto, en él habían algunos deportistas y otros que eran bastante carismáticos o poseían cierto encanto, Jasmine era una de ellos. Parecía encajar a la perfección con ellos, de no ser porque ninguno tenía idea de su secreto.
Rápidamente me alejé del casillero, para ocultarme en un cruce de escaleras. Jasmine se había acercado a su casillero, y mi corazón se aceleró un poco. Tenía curiosidad por conocer su reacción, quería saber si mi regalo sería capaz de sacar al menos una de esas sonrisas tan hermosas propias de ella.
Abrió el casillero y cayó el sobre rojo. Ella se agachó para sujetarlo y frunciendo el ceño algo confundida, lo abrió. Las manos me sudaban de los nervios, cuando Jasmine comenzó a leer el contenido del papel. Sin embargo, su expresión era indescifrable, parecía sumida en sus pensamientos, entonces sacó algo más que había dentro del sobre, era una pulsera con piedrecillas como las que siempre le habían. Apenas la vi en la tienda, sabía que sí o sí, tenía que regalársela, porque solo a ella con esos ojos azules del color del cielo, le quedaría perfecta esa pulsera.
Entonces sus amigos llegaron y rápidamente Jasmine guardó la pulsera en el bolsillo trasero de sus jeans. Le dijeron algo a Jasmine y de repente se comenzaron a reír, así que intenté escuchar lo que hablaban.
—¿Qué haces, Jas? —Preguntó Rick, el capitán del equipo de fútbol y quien al parecer era el más cercano a Jasmine.— ¿Qué es eso que tienes en la mano?
Intentó arrebatarle la carta a Jasmine, pero ella en un movimiento rápido se lo impidió a lo que él frunció el ceño, molesto. —No es nada. —Respondió la pelirroja.
Rick solo se cruzó de brazos observándola con la ceja alzada. —Seguro es ese chico raro otra vez con sus cursilerías. —Los demás rieron y yo sentí una punzada dentro de mí.— Déjame ver con que salió ahora el pobre iluso.
Nuevamente intentó sujetar la carta pero Jasmine solo la arrugó haciéndola una bolita y la arrojó fuera del alcance de ellos, cayendo casualmente a unos pocos pasos de donde me encontraba.
—¡Te dije que no es nada, Rick! —Exclamó ya un poco fastidiada, entonces él se acercó y sujetándola de ambos lados del rostro le dio un corto beso.
—Exacto. No es nada, ya que no tengo nada de qué preocuparme. —Bufó. — Como si lo fueses a escoger a él antes que a mí.
Los demás volvieron a reír y yo podía percibir cierta incomodidad en Jasmine, pero nadie la prestó atención y se fueron de ahí. Claro, el imbécil de Rick sujetándola de la mano a lo que ella accedió sin refutar. Las risas burlonas de los amigos de Jasmine hacían eco dentro de mi cabeza, recordándome una vez más, nuestras posiciones dentro de este miserable instituto.
Y dejándome aún más en claro, que Jasmine jamás se iba a fijar en alguien como yo: El bicho raro.
Cuando ya ellos se habían ido relativamente lejos, perdiéndose por los pasillos, salí del sitio donde me encontraba, para agarrar la bolita de papel que anteriormente era un poema que le había escrito a Jasmine. Sin embargo, cuando me levanté después de haberla sujetado, me encontré con unos grandes ojos negros observándome con desaprobación.
—Lo he visto todo. —Aclaró Kendall con los brazos cruzados.
Yo solo suspiré cabizbajo. La verdad era que me dolía un poco… ¡A quien quiero engañar! Dolía demasiado, ser rechazado por la persona que quieres. No tienen idea de lo que sentía cada vez que era despreciado por los amigos de Jasmine y ella, solo me veía con lástima, sin hacer nada.
El timbre sonó y cuando intenté irme a la clase, Kendall me sujetó del brazo.
—Déjame ver la carta. —Ordenó extiendo su mano, a lo cual dudé por algunos segundos pero al final accedí entregando el arrugado papel.
La que con su sonrisa ilumina,
todos los días de mi vida.
Hoy tiene un motivo más para sonreír
pues está cumpliendo años,
Y celebro su vivir.
Ella es la más hermosa,
la muñeca más linda del lugar.
A cualquiera vuelve loco,
cuando ven esa cabellera roja pasar.
Dueña de mis sueños,
dueña de mi corazón,
Cada día que pasa y admiro tu belleza,
siento perder la razón.
-KC.
Kendall suspiró entregándome el papel. —No lo hagas más, Kevin. —Ella se frotó el rostro con desesperación y comenzó a caminar de un lado a otro. — Solo terminarás por sufrir. Eres demasiado bueno para ella y no te merece.
Yo me senté en un escalón y escondí mi rostro entre las rodillas sintiendo cómo poco a poco se aguaban. —O tal vez soy yo quien no la merece a ella.
Mi hermana se agachó poniéndose a mi misma altura. —No digas eso. —Sus manos tomaron las mías, en un gesto por animarme. Mientras que yo sentía un nudo en la garganta.— Eres un gran chico, Kevin. Y Jasmine no lo está valorando, ni tu amistad, ni… Tus sentimientos. —Kendall suspiró y se quedó en silencio por unos segundos, seguramente pensando en las palabras correctas.— El tiempo pasa, y aunque Jasmine haya sido muy buena contigo, tienes que entender que también te ha hecho daño. Debes dejarla ir, no lo hagas más difícil.
De repente una lágrima cayó y solté a Kendall para cubrirme el rostro. Lo que faltaba. ¿Un hombre llorando? No hacía más que confirmar que yo en realidad era alguien muy raro. —¿Dejarla ir? —Bufé.— Kendall lo que yo siento por ella es muy fuerte y es la única persona que puede hacerme feliz.
—¿Feliz? —Cuestionó la pelinegra poniéndose de pie.— Por Dios, Kevin. ¡Mírate! —Ella tiró de sus cabellos con frustración.— No puedes seguir detrás de una persona que solo te busca cuando está sola y mientras tanto, te ignora. Kevin, esa chica apenas y te determina, no dejes que te use. ¡No le gusta que la vean contigo!
—¿Como tu? —Repliqué poniéndome de pie. De repente Kendall se quedó callada, asombrada por mi pregunta.— A ti tampoco te gusta que te vean conmigo. ¿O me equivoco?
Ella negó con la cabeza. —E-es distinto…
—¡Claro que es distinto! —Exclamé y ella dio un respingo en su lugar.— Tú te avergüenzas de ser mi hermana, mientras que ella solo se está esforzando por tener una vida normal.
Kendall solo negaba con la cabeza. —Eso no es cierto, Kev…
—Te escuché, Kendall. —Y mi voz se quebró.— Hace un par de días, cuando tus amigas se quedaron a dormir, escuché cómo les decías que para ti era más fácil ignorarme en el instituto para evitarte problemas y que te relacionaran con… Con el bicho raro.
Ella abrió la boca para refutar pero las palabras no salieron. Sabía que todo lo que dije era cierto, así que solo bajó la cabeza. Entonces di media vuelta para irme, cuando Kendall habló.
—Sí, acepto que lo dije. Y me arrepiento de haberlo hecho, Kev. —Aclaró.— Pero hay otra cosa que también es verdad: El hecho de que ella quiera tener una vida normal, no justifica lo que está haciendo. Porque tú también tienes derecho a ser feliz.
No le respondí, solo me limité a irme del lugar y buscar mi salón de clases. ¿Que yo tenía derecho a ser feliz? ¿Cómo podía serlo cuando todos estaban en mi contra? En el instituto nadie se me acercaba, la chica que me gustaba me ignoraba, mis padres a duras penas me notaban, y para colmo, mi hermana se avergonzaba de mí. Independientemente de mi relación con Jasmine, la verdad era que yo estaba bastante lejos de ser feliz. Y si yo no podía serlo, por lo menos que ella sí lo fuera.
Entré al salón de Química y todos me observaron.
—Señor Cruise. —Llamó el profesor cuando me vio entrar.— Acaba de llegar quince minutos tarde. ¿Acaso quiere pasar la tarde en detención?
En ese momento fue como si no hubiese escuchado una sola palabra de lo que me decía el maestro, por lo que solo me dirigí a mi lugar en el fondo del salón. Kendall estaba muy equivocada si creía que me alejaría de Jasmine, yo le había prometido que nunca la abandonaría y si ella me necesitaba solo en sus momentos de crisis, pues ahí estaría yo.
—¡Señor Cruise!
Sacudí la cabeza saliendo del trance y todos rieron.
—¿Cuántas veces tengo que llamarlo para que preste atención? —Preguntó muy malhumorado el profesor de química dejando el libro a un lado del escritorio.
—Yo… —Titubeé un poco.— Discúlpeme.
—Ya, ya, ya. —Contestó fastidiado.— Por lo visto usted se cree muy importante como para entrar tarde a clases y no reportarse.
—¿Importante? —Susurró burlona una compañera a mi lado.— Ese sujeto más nulo no puede ser. Hasta ya se habrá dado cuenta de lo invisible que es para el resto.
—Shhh. —La chistó la amiga sentada delante de ella.— Puede escucharte.
—¿Y? —Replicó la primera.— Para lo que me importa. Por mí que se vaya al diablo.
Ambas rieron, pero de inmediato se callaron cuando el profesor les dio una mirada asesina para luego volverse hacia el tablero y seguir explicando la lección de reacciones.
***
Observé mi teléfono una vez más. Eran las dos de la mañana y en toda la noche no había podido siquiera pegar el ojo. Llevaba un par de horas escuchando música, sumergido en el rock de My Chemical Romance o las canciones de Twenty One Pilots, que me permitían viajar al menos por un segundo fuera de esta realidad. Pero un sentimiento me tenía inquieto, así que suspiré y me levanté de la cama, quitándome los auriculares. Pensé que de pronto si tomaba algo en la cocina, me sentiría mejor.
Así que salí de la habitación. El pasillo de la segunda planta estaba completamente oscuro. Pero aún así se alcanzaban a percibir algunas voces, que parecían discutir intentando no hacer tanto escándalo. Me acerqué y coloqué el oído junto a la puerta de la habitación de mis padres y pude escucharlos discutir, incluso, mi madre se escuchaba un poco con la voz quebrada.
—¿Qué hacemos, Kurt? —Sollozó mi madre.— Ya no puedo recortar más los gastos. ¡Nos quedaríamos sin comer!
—¡Lo sé, Lydia! —Exclamó mi padre pero mamá le pidió que bajara la voz.— Pero prácticamente le estoy dando todo mi sueldo a los cobradores, incluyendo las horas extras. Ellos no hacen más que cobrarme, cobrarme y cobrarme. He sido puntual con los pagos pero no quiero que lleguen al punto de que comiencen a amenazarme con ustedes. Ellos son gente realmente muy peligrosa.
—No es justo que nos pase esto a nosotros. —Dijo mi madre.— Una deuda que ni siquiera era tuya…
—Era como mi hermano, Lydia. —La interrumpió mi padre.— Y lo sabes.
Mis ojos se abrieron como platos. ¿Cobradores? Y en seguida vinieron a mi mente imágenes de lo que había pasado estos últimos meses: Mi padre trabajando durante todo el día, casi nunca podíamos verlo. Mi madre por otro lado, con las ojeras más pronunciadas de lo normal y además el recorte de la mesada. Era cierto que sin darme cuenta mi familia estaba en crisis. Y peor aún, no había podido hacer nada.
Entonces pasó, mi padre lo soltó sin pensarlo dos veces.
—La casa. —Añadió de repente papá y yo me quedé frío por un momento.— Hipotecar la casa.
—No Kurt, no. —La voz de mi madre empezó a quebrarse y sentí un dolor agudo en el pecho.— Debe haber otra forma…
—Tranquila cariño. —Escuché decir a mi padre en voz baja y el ruido se acabó.
Mis padres al parecer habían dado por finalizado el tema de conversación, sin embargo, dentro de mí aún me invadía un montón de dudas. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Era la pregunta que se repetía una y otra vez en mi mente. Aunque eso ya no era lo importante, pues lo único que necesitaba en este momento era una manera de ayudar a mis padres.
No quería perder la casa.
En medio de mi debate mental, anduve a oscuras hasta mi habitación. Ya hasta había olvidado el motivo por el cual había salido a tan altas horas de la noche. De repente, cuando ya estuve dentro, pisé algo que por un momento me lastimó el pie descalzo. Se trataba de las llaves de mi moto.
Entonces pensé. ¿Si vendía mi moto podría saldar las deudas de mi padre?
En mi mente parecía una gran idea, pero luego de pensarlo bien, la descarté absolutamente. Conocía a la perfección el orgullo de mi padre, y estaba seguro de que no me permitiría vender la moto para ayudarlo en sus cosas. Por muchos años, él se había ocupado de nosotros y no le gustaba que nos hiciéramos cargo de lo que él llamaba “sus responsabilidades”.
Ya pensaría después como ayudarlo. Por el momento tenía que dormir, pues al día siguiente me esperaba un muy difícil examen de matemáticas, al cual claramente no había estudiado.
Pero tenía que hacerle frente y aceptar que reprobaría.
Aunque bueno, ya estaba acostumbrado a perder.