Capítulo 14

3344 Words
“No tengo miedo”  Eran las palabras que me repetía una y otra vez frente al espejo mientras untaba algo de pomada en mi cuerpo para aliviar un poco la gravedad de los golpes. Por dentro batallaba enormemente para contener las lágrimas, debatiéndome si se debían al dolor que sentía por la golpiza que me habían dado hacía un rato, o si eran producidas por la impotencia de no haberme podido defender y que esos imbéciles estaban a punto de salirse con la suyas.  “No tengo miedo”. Volví a repetirme, pero era imposible. Si ellos hubiesen querido, me habrían matado ahí mismo. Por eso aunque me repitiera mil veces esa maldita frase, no era capaz de creérmelo. ¿Cómo no sentir miedo? Si me habían molido a golpes en un segundo. ¿Cómo no sentir miedo? Si tenía un grupo de motociclistas respirándome en la nuca, esperando que renuncie. ¿Cómo no sentir miedo? Si el Jefe me mandará a matar una vez deje el club.  Maldije por lo bajo al notar que se había terminado la pomada. Entonces me di vuelta para buscar otro envase dentro de la cómoda, pero me detuve en seco cuando vi una silueta en la puerta de mi habitación.  Mis ojos se abrieron de par en par y solo pude pensar una cosa: Había sido descubierto.  Por un momento mi mente quedó en blanco y no supe qué hacer, hasta que la vi. Melanie intentó irse de mi habitación pero yo no podía dejar que todo lo que llevaba construyendo desde hace meses se fuera por un abismo, así que sin dudarlo un segundo, la sujeté firme del brazo y la introduje nuevamente a mi recámara y cerrando la puerta de inmediato.  La tenue luz de lámpara de mesa que iluminaba mi cuarto, a penas me sirvió para percatarme del miedo en su rostro. Pero tenía que hacer algo, ella llegaba abrir la boca y sería mi perdición.  —Y-yo… —Balbuceó Melanie.  —¡¿Qué sabes?! —Exclamé en un susurro provocando que ella saltara de la impresión.  Bien, bien. No debí hablarle de esa forma pero estaba verdaderamente preocupado por lo que pudiese pasar. Pero también ella se lo buscaba, en un comienzo no debió husmear en mi habitación. ¿Qué carajos le importaba a esa niña fresa? —T-tú… —Intentó hablar nuevamente y estaba empezando a exasperarme con su nerviosismo.— ¿Tú eres el d-de la moto?  Me confundí por un momento, sin entender con exactitud a qué se refería. Hasta que fijé mis ojos en ella y recordé cuando estaba fuera del centro comercial. Ella me había reconocido, aún con el casco puesto y con solo poder ver mis ojos.  Ella asintió como autor respondiéndose.  —Nadie debe saberlo. —Le advertí de inmediato.— Ni siquiera Kendall.  —Kendall sabe… —Replicó con timidez agachando la cabeza.  Negué con la cabeza. —Antes de irse, ella sospechaba que yo hacía parte de carreras clandestinas. —Tragué saliva sintiendo algo de culpa, recordando lo que sucedió el día que partió a Londres.— Me hizo prometerle que saldría de eso, pero no lo hice. Y mis padres me matarían si se enteraran.  —Con ese tatuaje es imposible que no te descubran.  Bufé. —Hay formas de esconderlo.  Ella asintió y cuando pensé que ya todo estaba aclarado y que este tema probablemente quedaría en el olvido, ella abrió sus ojos de par en par señalando mi hombro.  —¡Oh por Dios! —Exclamó y yo la chisté, por lo que cubrió su boca.— Con que tu eres de los motociclistas que se pelean.  Observé el lugar y me percaté de que tenía un gran moretón.  Maldito Tyler.  —Es una forma de ganar dinero extra. —Respondí con indiferencia.  —¡Vives bien! —Insistió y nuevamente comenzaba a exasperarme. ¿Qué podía saber ella de mi vida?  Negué con la cabeza. —Antes no, habían muchas deudas. Yo ayudé a pagarlas, aunque mis padres no sepan de donde… Ella me dedicó una mirada inquisidora. —No es excusa. —Añadió.— Podías buscar otras formas.  ¿Excusa? ¿Otras formas? Ella no era nadie para juzgarme. Claro, viviendo en una mansión en California con padres adinerados, que suplan todos tus caprichos. ¿Quién no quisiera tener una vida así?  —¡No todo es color de rosa, Melanie! —Grité y ella se estremeció.— No todos tenemos una vida perfecta como la tuya.  Por supuesto que no, si lo máximo que aspiraba era la lúgubre oscuridad. Sí, esa misma que aparecía cada maldito segundo de mi vida, cuando creía que todo por fin marcharía bien, para joderme la existencia. ¿Acaso no tenía suficiente con tener a unos matones presionándome como para tener que aguantarme ahora a una niñata criticona?   —Pero… —Dijo de repente con un hilillo de voz.— Si ya todo está bien, ¿por qué no te sales?  ¿Por qué no me salgo? Es tan fácil decirlo. ¿No? Ya hacerlo era otro asunto muy diferente. —Las carreras son mi vida. —Respondí con firmeza.— Y las peleas… Bueno, —Lo pensé por un momento. ¿Acaso ella valía la pena como para saber lo que sucedía puertas para dentro en el club?— Simplemente no puedo, no me dejan.  —¿Quiénes? —Insistió la chica.  —Eso no te incumbe. —Solté fastidiado. ¿Por qué tanto interés? —¡Kevin! —Exclamó.— Tus padres pueden ayudarte.  Negué con la cabeza repetidas veces. ¿Mis padres ayudarme?  Si no lo hicieron en 17 años, ¿Qué podía asegurarme que iban a hacerlo ahora?  Al no tener respuesta por parte mía, vi la intención de Melanie en irse cuando sujetó el pomo de la puerto y lo giro para abrirla. De inmediato puse mi mano en ella con fuerza para volverla a cerrar, lo que la asustó. Por lo visto ella quería que actuara por las malas.  —¿Qué parte de “No quiero que nadie sepa” no entiendes? —Le reclamé tajante y ella apretó sus ojos asustada, cuán pequeño chihuahua.— Nadie más lo sabe; y si mis padres se llegan a enterar, definitivamente sabré que fuiste tú. —La sujeté fuerte de las mejillas y ella me observó espantada. Podía percibir incluso que las lágrimas estaban a punto de brotar de sus ojos color esmeralda.— Entonces me las pagarás. ¿Entendido?  La chica asintió varias veces aterrorizada por lo que fuese capaz de hacerle. Abrí la puerta y le hice un ademán con la cabeza para que saliera de mi habitación. Ella obedeció sin reprochar.  —Así aprenderá a no ir de chismosa por la vida. —Susurré en su oído, provocando que ella acelerara el paso al irse.  Apenas salió, cerré la puerta y apoyé mi espalda en ella. Suspiré fuerte. Tal vez me había pasado con Melanie, pensé. Puede que ella en verdad quería ayudarme, pues no parecía una mala persona y no merecía que la tratara tan mal. Pero tampoco podía arriesgarme, ya estaba metido en suficientes problemas como para tener que preocuparme de si ella llegaba a abrir la boca o no, o peor aún involucrar más gente en mis asuntos sabiendo lo peligroso que podía llegar a ser. Y créanme, que después de esa advertencia, estaba totalmente seguro de que esa chica no iba a delatarme.  Al final el tiempo me dio la razón.  *** —¿¡VAS A RENUNCIAR!? —Exclamó espantada Nina como si alguien se hubiese muerto.  Asentí dejando la camisa sobre el espaldar del asiento.  —Estoy harto, Nina. —Respondí.— La gente de Tyler no me dejará en paz y ya no quiero que Oscar esté todo el tiempo cuidándome el culo como si fuera un crío. No me deja si quiera ir al baño solo.  —¡Eso es mentira! —Reclamó el susodicho desde el sofá, a menos de tres metros de mí, mientras manipulaba su teléfono. La chica y yo pusimos los ojos en blanco.  Habían pasado ya un par de semanas desde que me habían nombrado Corredor Alfa, así que ya podrán imaginarse los tormentosos que se habían tornado mis días en el club. Después de contarles a Nina y Oscar sobre lo ocurrido con Tyler el día que competimos contra Míchigan, los notaba más nerviosos conmigo. Oscar siempre me cuidaba las espaldas e incluso insistía en acompañarme a casa luego de las carreras, además de que ya no era convocado para los trabajos extras puestos por el Jefe. Y se suponía que era el Alfa. Lo estuve pensando durante todo este tiempo, créanme que sí. Pero después de vivir tanto tiempo con miedo, en las sombras y haciendo lo que otros me dictaban, no me quedaban muchas ganas de revivir esos momentos, temiendo de qué fuese capaz de hacerme Tyler en el día a día.  Prefería mil veces largarme de este lugar y arriesgarme a la decisión del Jefe, que competir con un montón de ojos encima vigilando cada uno de mis movimientos, amenazándome a cada segundo.  Porque amaba correr, pero amaba aún más mi libertad. —¿Estás seguro? —Cuestionó Nina. Si había una persona que todo este tiempo me había brindado su apoyo era ella, y al igual que a Oscar, se los agradecía enormemente. Asentí con la cabeza.  —Espero que no lo sepa nadie más. —Lanzó Oscar bastante serio.— Sabes muy bien lo que pasará una vez el Jefe se entere.  —Solo ustedes lo saben. —Añadí.— Entré temprano en su despacho y he dejado ambas chaquetas antes de que llegara. Tengo menos de una hora para irme antes de que se de cuenta que he renunciado.  Nina gimió temerosa y comenzó a caminar de un lado a otro, nerviosa. —¡Debes irte pronto!  —No. —Intervino Oscar antes de que yo pudiese responder.— Antes debo ir a buscar algo, antes de que te vayas. Espérenme y tengan cuidado de que nadie lo vea.  Una vez dicho eso, el castaño salió disparado de la sala de tatuajes, dejándonos totalmente confundidos sin entender bien qué había ido a buscar y porqué tenía que ser antes de que yo me fuera. El tiempo no se detuvo, los minutos pasaban y Oscar nada que aparecía. Sin embargo Nina no articuló palabra, solo estaba ahí, de pie junto a mí, mirándome ceñuda como si intentara descifrar mis pensamientos. Ella no quería que yo dejara el club, nos habíamos vuelto muy cercanos y sabía que le entristecía un poco que por un buen tiempo no nos volveríamos a ver.  —Nina… —Intenté hablar.  —¿Ya lo tienes planeado?  —¿Qué? —Cuestioné.  —Que si ya tienes planeado qué hacer para que el Jefe no te encuentre una vez atravieses la puerta de Chicago sobre ruedas.  Asentí con la cabeza. —No tuve más remedio que hablar con mis padres. —Nina abrió sus ojos de par en par.— Les dije que hay unas personas que me quieren desaparecer y si no me voy lo antes posible de Chicago, acabarán conmigo. —Ella asentía con atención pero podía notar como su mirada, siempre llena de luz, se apagaba con cada palabra que salía de mi boca.— Aunque me llevé un buen sermón, finalmente lo entendió. Hoy mismo nos vamos a Santa Verónica.  Ella repitió en voz baja varias veces la ciudad a donde me dirigía, mientras frotaba sus manos. Estaba a más de 2000 millas de Chicago, pero ella sabía que era lo mejor o de lo contrario, la próxima vez que me vería sería dentro de un ataúd.  De repente sujetó mi camiseta y la arrojó con fuerza a mi pecho.  —Vístete. —Ordenó tajante.— No tiene caso que te haga el tatuaje de alfa porque te irás.  —Nina… —Intenté acercarme a ella pero giró su rostro esquivándome.— ¿Qué mierda te pasa? Siempre me has apoyado y hoy que vengo a despedirme me tratas como un culo.  —¿Qué me pasa? —Cuestionó molesta y por un momento temí. Nunca la había visto así. —¡¿Quieres saber que mierda me pasa?! —Asentí y sus ojos pronto se pusieron vidriosos.— ¡Pasa que me enamoré de ti, Kevin! ¡Eso pasa!  Fruncí el ceño sin saber qué decir ni cómo reaccionar. Nina me había dejado atónito.  —No sé cuándo, pero simplemente pasó...  —Añadió con la voz quebrada mirando un punto fijo.— Primera vez que siento algo tan fuerte por alguien y es por un chico menor que yo. —Bufó.— Y ahora resulta que se va. Menuda suerte la mía.  —Nina… —Intenté decir algo, pero cuando ella fijó sus ojos nublados en lágrimas y vi esa expresión tan vulnerable, me quedé mudo. La entendía perfectamente, pues lo que ella estaba sintiendo en ese momento, lo sentí yo por muchos años y me sentía culpable. Nina había sido demasiado buena conmigo y yo le pagué de la peor manera, rompiéndole el corazón.  —No quiero oírte, Kevin. —Suplicó.— Si no sientes lo mismo que yo, lo entenderé perfectamente. Después de todo siempre me viste como tu hermana mayor. —Ella sonrió nostálgica como si recordara algo.— Tal vez eso fue lo que me enamoró de ti. Que nunca me viste con ojos de lujuria. Nunca te acercaste a mí con intenciones de llevarme a la cama como todos los hombres de este mugroso club.  Mi mente estaba en blanco. Si antes no era capaz de digerirlo, mucho menos después de seguir profundizando en el tema. Y era que ella en parte tenía razón, pues desde un comienzo busqué en ella una aliada, alguien en quien confiar además de Oscar. Pero eso no quería decir que jamás haya pasado por alto su belleza. ¡No había manera! Nina era el más vivo ejemplo de la mujer soñada de todo hombre. Ella era hermosa, ruda y sensual. No había día en que no me perdiera en sus exhuberantes curvas o en aquellos carnosos labios siempre teñidos de carmín. Pero yo era realista; sabía que no tenía esperanzas con ella, pues yo apenas tenía diecisiete, así que nunca lo había intentado.  Hasta ese momento.  En un movimiento rápido sujeté a Nina de ambos lados del rostro y la atraje hacia mí, uniendo su boca con la mía en un beso, moviendo nuestros labios en un vaivén de ternura y fiereza, al mismo tiempo que sentía como el calor invadía cada rincón de mi cuerpo. Ella se sorprendió al inicio, pues permaneció rígida, como si no se lo esperara, pero pronto se aferró más a mí rodeando mi cuello con sus delgados brazos. Mis manos pronto dejaron su rostro para delinear su cintura, deslizándolas hasta llegar a su retaguardia apretando con fuerza sus enormes glúteos. Nina jadeo un poco y la atraje aún más hacia mí, que sintiera lo abultado que se encontraba mi pantalón gracias a ella.  La pelinegra me rodeó, aún con sus labios sobre los míos queriendo devorarme, para sentarse sobre la silla reclinable que usaba para tatuar a los integrantes del club. Abrió sus piernas y me atrajo hacia ella, gimiendo en mi oído una vez me sintió por encima de la tela de su tanga y mis pantalones. —Fóllame… —Susurró en mi oído con sensualidad, dando un pequeño mordisco en el lóbulo de mi oreja.  —¿Segura? —Pregunté acariciando sus piernas, cuando se levantó la minifalda de cuero, dejando su tanga negra a la vista.  —Quiero que me folles… —Ordenó aún con esa misma voz acariciándome el torso desnudo.— Ahora. Un intento de sonrisa se formó en mi rostro al verla abierta de piernas, dispuesta a que yo la hiciera mía. Entonces la recosté sobre la silla, pasé mis dedos por encima de la tanga sintiéndola un poco húmeda, por lo que la hice a un lado y comencé a juguetear con ella metiendo y sacando mis dedos de su cuerpo, sintiéndola caliente y apretada, bastante mojada.  —Te gusta, ¿Eh? —Pregunté lascivo cuando sus gemidos cada vez eran más fuertes. Pasé mi lengua probando un poco de sus jugos y ella se retorció caliente presionándome contra ella para que siguiera lamiéndola .— ¿Quieres que te folle? —Si… —Gimió apenas audible.— Quiero que me folles, Kevin. Desabroché mis vaqueros dejando que estos cayeran al piso, quedando apenas con el bóxer que estaba a punto de explotar. Nina me miró con lujuria, relamiéndose emocionada. Me recosté encima de ella y con sus piernas rodeándome, la presioné contra mi entrepierna, siguiendo movimientos circulares. Bajé su blusa, de un solo movimiento, arrasando también con el sostén, dejando sus grandes senos a la vista, con un par de pezones rosados duros y perfectos para mí, que no dudé en morder y chupar, a punto de enloquecer a la peli negra que me pedía más y más. Hasta que bajé mi bóxer y con fuerza le arranqué de un tirón la tanga negra.  Abrí nuevamente sus piernas y entré en ella con firmeza, ahogándose ella en sus propios gemidos mientras le besaba el cuello y los senos. En la sala pronto se sintió un calor impresionante, resonando nuestros gemidos y el sonido producido por el choque de nuestros cuerpos en casa entrada y salida, rápido y fuerte. Solo éramos los dos, llevados por el deseo, olvidándonos donde estábamos y dejando a un lado el hecho de que horas más tarde estaría volando hacia California. Todo eso había pasado a segundo plano, ahora sólo me concentraba en el maravilloso cuerpo de Nina, capaz de alucinar a un chico como yo, hormonal.  —¡¡JO-DER!!  Un grito masculino nos tomó por sorpresa y cuando me giré, encontré a Oscar de pie a un lado de la puerta. De inmediato me aparté de Nina, para colocarme rápidamente la ropa. No supimos en qué momento había llegado, ni cuanto llevaba ahí, pero su expresión lo era todo.  ¿Disgustado? ¿Avergonzado? ¿Sorprendido? Tal vez todas juntas.  —Yo, ejem, lamento interrumpir… —Sacudió la cabeza desvaneciendo todos aquellos pensamientos que lo impedían hablar.— Tienes que irte ya mismo, Kevin.  —¿¡Por qué!? —Reclamó Nina aún con la blusa baja, pero con el sostén ya puesto. —Alguien ha visto a Kevin dejar las cosas en el despacho del Jefe y lo han delatado. Acaba de dar la orden de buscarte. —Respondió rápidamente Oscar, sudoroso, parecía como si hubiese corrido para llegar a la sala de tatuajes.— Debes salir por la ventana de atrás, he llevado tu moto a unos metros de acá, en un callejón fuera del club.  Asentí. —Gracias, de verdad. —Me giré hacia Nina.— Gracias a los dos, por todo. La pelinegra esbozó una tierna sonrisa pero cuando estuvo a punto de hablar, Oscar se le adelantó.  —Otra cosa. —Añadió sacando algo de la parte trasera de su pantalón. Se trataba de un arma, agarró mi mano y la puso en ella. Mis ojos se abrieron de par en par cuando la sentí.— La necesitarás. Ahora vete, hermano.  Oscar me dedicó una última sonrisa, tal vez de despedida. Y yo asentí nuevamente. Era la misma arma que le habían dado de dotación a Óscar para los trabajos dictados por el Jefe, unas semanas atrás, antes de nombrarme corredor Alfa, el mismo se había encargado de darme clases, prepararme para futuras misiones y quien sabe, defenderme en caso de que me algún enemigo viniera por mi cabeza.  Lo que yo no me esperaba era que ese momento llegase tan rápido, y que ese enemigo que viniera por mi, se trataría de mis propios compañeros. 
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