Capítulo 1, RESPIRA
Parte uno
Daniela
Capítulo 1: RESPIRA
- ¡Incompetente! – rugió la voz de mi jefe y tuve que cerrar los ojos porque me tomó desprevenida. - Estoy exhausto por tu retraso. ¿Y todavía tienes el descaro de pedirme que me vaya temprano?
Bajé los ojos y con voz temblorosa, ignoré mi llanto y dije en voz baja:
- Lo siento mucho. Solo pensé que como ya te entregué los materiales pendientes con anticipación, podrías… - Mi voz se ahogó, el llanto se me atragantó en la garganta, lo que no ablandó nada en el cruel y frío corazón de mi jefe.
- ¿Qué? - gritó de nuevo y estoy bastante segura de que las paredes de vidrio de su oficina temblaron. - ¿Es así como crees que podrás escribir un artículo que crees que cambiará tu vida y que será más útil a la sociedad que tanto pides? - Dijo cada palabra que se me quedó en la boca. – Eso no es profesional. No eres nada profesional.
Asentí rápidamente y luego salí corriendo de su habitación y me encerré en el baño a llorar. Esa humillación diaria dolía como si fuera la primera vez. Durante seis meses fui recibida, todos los días, con ese trato. Me preguntaba por qué me esforcé tanto en una escuela de periodismo solo para escuchar todos los días cuánto no podía.
Tuve que dejar de llorar cuando mi teléfono celular vibró en el bolsillo de mi pantalón. Un nuevo mensaje.
Érica: Amiga, tenemos que encontrarnos hoy. Tengo nuevas estadísticas y filmaciones de cámaras de seguridad. Y por desgracia, más víctimas. ¿Nos vemos en el restaurante de siempre?
Quería decirle a mi amiga que estaba a punto de dejar de investigar esa historia porque no era una periodista tan profesional, como mi jefe insistía en señalar, pero realmente quería ayudar a combatir la nueva ola de delincuencia que estaba creciendo en nuestra ciudad. Así que todo lo que hice fue confirmar la fecha con mi amiga. Y corrí a mi cubículo para continuar con otro día de arduo trabajo.
***
Cuando por fin el reloj dio las cuatro de la tarde, salí corriendo de esa oficina casi a la carrera. Al llegar a la calle, miré hacia arriba y respiré hondo. Sentí que me sofocaba todo el día. Últimamente, sentía que todo se me escapaba de la mano y que todo lo que se suponía que debía saber hacer era respirar. Pero ya ni siquiera podía hacer eso. Y como si intuyera el verdadero detonante de todo esto, se personificó frente a mí.
- Daniela. - su voz firme hizo que los vellos de mi cuerpo se erizaran. - ¿Por qué no me respondes?
Empecé a caminar hacia adelante, ignorando al hombre que me seguía.
- ¿No me estás escuchando? – gritó Benicio detrás de mí. - ¿Necesito quitarte a mis hijos para que puedas enfrentarme en la corte?
Me detuve abruptamente y mi bolso chocó contra su cuerpo que estaba muy cerca de mí.
- No respondí porque estaba demasiado ocupada trabajando, tratando de seguir con mi vida que me robaste durante años. - Estoy gritando, sintiendo la ira invadir cada poro de mi cuerpo. – Necesito trabajar porque te empeñaste en joderme económicamente y lo único que haces es dar limosnas que llamas pensión alimenticia para nuestros hijos.
Me di cuenta de que estaba poseída por la ira cuando ninguna lágrima amenazó con caer de mis ojos. Creo que he pasado quince años tan atrapada en un matrimonio que me hizo llorar más que sonreír, que ahora mi momento de cautela ha terminado.
- No tienes que estar tan fuera de control cada vez. – fue todo lo que dijo, mostrando el completo sinvergüenza narcisista que siempre fue.
¿Cómo podemos ser tan engañados por una persona solo por la forma en que sonríen? Recuerdo que una de las verdaderas razones por las que mi corazón se aceleró por Benício fue la forma en que sonreía. Pero ahora, su sonrisa no me mostró nada más que la imagen de un demonio. Resulta que nuestros corazones están equivocados. Y no creo que el mío lo haya hecho bien.
- Necesito ver a los niños. – fue todo lo que dijo.
- No es tu día. - respondí y comencé a caminar de nuevo.
- Necesito ver a los niños hoy, o serás tú quien venga a mí, rogándome tener un día con ellos.
Me di la vuelta para darle un fuerte “vete a la mierda”, pero antes de que eso pudiera suceder, Benício caminó hacia el otro lado de la calle, dejándome boquiabierta y extremadamente asustada.
No era suficiente que me lo hubiera quitado todo. Todos mis años de juventud y la posibilidad de tener un amor verdadero. Todavía quería quitarme, las únicas cosas buenas que me dio, mis hijos. No porque Benicio se preocupara por ellos, sino solo para llegar a mí.
Entonces, ciega de odio y extremadamente convencida de que no dejaría que ese sinvergüenza me quitara a mis hijos, seguí adelante y antes de darme cuenta, me estaba uniendo a un nuevo bufete de abogados que abrió en la ciudad.
Llevaba poco más de diez minutos sentado en la silla de la recepción, frente a la fachada blanca, detrás de un cartel de mármol que decía Cesarini & Almeida, cuando la recepcionista me informó que yo sería la próximo en ser atendida. Me guió a una de las habitaciones de ese amplio corredor y entré a la oficina del abogado que se identificó como Sergio Almeida.
Empecé contándole mi situación, pero antes de que pudiera terminar, me interrumpió para decirme cuánto costaría su servicio.
- Mi tarifa es de 2440 cada sesión. - Su voz era imparcial. – Si esto es posible para ti, te garantizo que tu situación no será un problema.
Me sorprendió al instante. No reaccioné y estoy segura de que tuve un sobresalto. No esperaba una respuesta tan directa y, sobre todo, no tenía tanto dinero.
Tenía que pagar el alquiler de la casa además de sus facturas, tres hijos que mantener y ni siquiera recibí lo que me cobraba en el trabajo.
Con la voz debilitada ya punto de desplomarme, me levanté de aquella silla:
- Muchas gracias, yo… estaré en contacto. - Mi voz salió como un susurro antes de salir de su habitación.
Pasé por la recepción y llegué corriendo a la puerta giratoria de vidrio, y no pude ver nada. Las lágrimas me estaban cegando, el dolor comenzaba a quitarme cada aliento.
Sin embargo, se me impidió avanzar cuando me encontré cara a cara con una fortaleza rígida frente a mí. El cuerpo, completamente atado, me impedía avanzar. Susurré un “lo siento” cuando me di cuenta de que me había topado con alguien y traté de seguir adelante.
Pero quienquiera que fuera esa persona, no me permitió seguirlo. Sostuvo mis brazos suavemente y con una voz dulce y extremadamente empática, dijo:
- ¿Estás bien? ¿Necesita ayuda?
- Yo estoy bien. - Dije, pero el fuerte sollozo que salió de mi garganta me traicionó.
El hombre siguió sosteniéndome y no parecía convencido por mi respuesta petulante. Luego, avergonzada y extremadamente mortificada, levanté la vista y lo miré a la cara, solo para contener la respiración nuevamente.
¡Era extremadamente alto y por Dios, hermoso para vivir con él! Creo que nunca he conocido a nadie tan guapo como él en esa ciudad. Los ojos verdes, como si dos esmeraldas estuvieran talladas en su rostro, la piel clara, las cejas pobladas y el cabello oscuro y lacio que caía como fichas de dominó frente a su rostro.
- ¿Estás realmente bien? – volvió a preguntar y volví a él. Por un momento, creo que perdí el equilibrio.
- Sí. Estoy. Gracias. - Mi voz salió completamente afectada y comencé a mirar al suelo.
- Pero estás llorando. – dijo, cuando sin ningún permiso, levantó mi rostro y limpió una lágrima solitaria que caía de mis ojos.
Mi corazón dio un vuelco en el mismo instante, la piel de mi cara donde él había deslizado sus dedos ardía como ascuas.
- Perdón. – susurré de nuevo. – Si te cuento mi historia, también llorarías. - Bromeé, pero su mano continuó sosteniendo mi brazo en un toque pensativo y gentil.
Mi corazón volvió a latir con fuerza, creo que eso le gustó.
- Puedes intentar decírmelo. – dijo mientras se alejaba y nos sentábamos en los bancos de mármol frente a esa firma.
No sé en qué momento de mi vida estuve a punto de sentarme en un banco del parque, a media tarde, y desahogarme con un desconocido del que ni siquiera sabía su nombre. Pero por alguna razón, tal vez la forma en que tomó mi mano y me transmitió confianza, o tal vez la forma en que sus ojos brillaron, supe que podía confiar en esos esperanzados ojos esmeralda.
- Estoy en proceso de divorcio y mi ex esposo me quiere quitar a mis hijos. Creo que si va a la corte me va a pegar porque bueno… Tiene un trabajo mejor que el mío, también le pagan mucho mejor, y ciertamente puede pagar un abogado. No tengo ni puedo hacer nada de eso. - Respiré con fuerza. – Me arriesgué a venir a esta firma, pero la tarifa es bastante alta y no puedo pagarla.
Me miró fijamente. Algo parpadeó en sus iris, una atención, empatía y no sé, un cuidado que nunca antes había visto y que nunca imaginé que un extraño pudiera ofrecer. Me sentí un poco estúpida en ese momento y me levanté de ese banco.
- De todos modos, estoy mejor ahora. Gracias por escucharme, es… ¿Cómo te llamas? - pregunté, la curiosidad sacando lo mejor de mí.
Se levantó al instante.
- Ethan. – pronunció y nunca había oído pronunciar un nombre tan fuerte y atractivo como él. – Ethan Cesarini.
- ¿Cesarini? – repetí y miré la fachada de la firma. Su nombre estaba grabado allí. - ¡Dios mio! – Jadeé. – Lo siento, no quise hablar de tu empresa, solo…
- Encantado de conocerte, Ethan Cesarini. Tu abogado. - Me tendió la mano.
- ¿Qué? - Mi corazón comenzó a latir rápido de nuevo. – No, no puedo pagar. Pero muchas gracias.
- ¿Qué clase de abogado sería si no ayudara a los necesitados? - Preguntó, su voz baja y muy cerca de mi cara. Un soplo mentolado y sumamente embriagador me envolvió. Creo que perdí el equilibrio otra vez.
- ¿Hablas en serio? - Pregunté, mi voz llena de esperanza.
- Sí. Solo dame tu contacto y programaremos una reunión en breve.
Involuntariamente y sin profesionalismo, salté y abracé a ese hombre. Se tambaleó por un momento y sonrió sorprendido. Su risa tocó mi corazón directamente.
Le di mi correo electrónico y mi nombre a Ethan y él me entregó su tarjeta.
- Gracias. - Dije de nuevo, casi llorando de gratitud.
- De nada. – dijo, su voz también parecía afectada por la forma en que me miraba. – Yo te salvaré, Daniela.
Y diciendo esto, se despidió de mí y entró en su empresa.
¡Guau! Mi corazón estaba acelerado y estaba sudando. Sentí un calor invadirme, cada átomo de mi cuerpo ardía. Todo eso pasó de cero a cien muy rápido.
Tan pronto como logré recuperarme, fui al restaurante donde me esperaba Érica. Me había enviado un mensaje de texto hace 40 minutos haciéndome saber que se iba de la casa. Sin embargo, no me encontré con mi amiga en el restaurante. Llamé repetidamente, pero Erica tampoco me respondió.
Estaba preocupada y ese día realmente necesitaba a mi amiga, así que tomé un taxi y fui directamente a su departamento. La luz de la luna ya brillaba en lo alto del cielo cuando llamé a su puerta.
-¡Érica! – grité, llamando una vez más. Pero no obtuve respuestas.
Sabía que estaba en casa porque sonaba música clásica y me sorprendió descubrir el estilo musical ecléctico de mi amiga.
Dado que Erica probablemente no escucharía mi llamada, tomé la llave extra que me había dado meses antes de mi bolso y la coloqué en la cerradura de la puerta, la abrí.
La habitación estaba completamente oscura cuando entré, y cuando encendí las luces a mi lado, un grito tan fuerte que hizo vibrar las ventanas de vidrio salió de mi garganta.
Érica estaba allí. Su cuerpo estaba allí.
Empecé a temblar, mis ojos lagrimeaban y mi aliento me traicionaba. Mientras miraba, horrorizada, esa escena.
Erica estaba sentada en el sillón, con la cabeza inclinada hacia adelante mientras marcas rojas marcaban su cuello. Sus ojos estaban muy abiertos, y justo encima de su pecho, su corazón había sido arrancado porque no quedaba nada más que un agujero y un espacio hueco.
Con manos temblorosas, tomé el teléfono, apenas capaz de marcar el número de la policía, mientras sentía que me dejaban sin aliento. Le informé a la policía dónde estaba y lo que estaba pasando, todo mientras un dolor, un horror, un miedo arrancaba cada recuerdo que vivía con Erica.
- ¿Quién te hizo esto? – me pregunté mientras me enfrentaba a esa escena.
Noté que todo alrededor estaba perfectamente organizado. Y fue, con gran dolor, que noté los letreros numerados del 1 al 6 en cada esquina de aquella escena. El trabajo que solo un experto puede hacer. Un trabajo que solo él podía hacer.
Quise gritar cuando me di cuenta de que Erica había sido una víctima más de ese psicópata que ha estado asolando la ciudad durante los últimos meses. Víctima de la persona que juntas luchábamos por encontrar y salvar a otras mujeres.
Mientras caminaba por la escena del crimen, noté el letrero número 5, y allí mismo, había una tarjeta que decía:
“Yo no era, en la infancia, como los demás
Y nunca vi la forma en que otros lo vieron.
Mis pasiones no pude
Tomar de fuentes iguales a las de ellos;
Y hubo otra canción, que despertó
El corazón de la alegría
Todo lo que amaba, lo amaba solo”.
- Edgar Allan Poe
Y fue en ese momento, mientras leía esas palabras, que noté el corazón de mi amiga junto a ella. Grité una vez más y en ese preciso momento, los policías entraron por esa puerta, sus armas apuntando, y poco después, sus manos temblaron al observar esa escena fantasmal. Vi como el policía tomó su radio y después de unas coordenadas, dijo:
- Fue él.
Los policías me hablaron, me hicieron preguntas y no pude hablar. No podía pensar. Estaba sentada en la silla de la cocina y no podía dejar de llorar mientras miraba los ojos muy abiertos de mi amiga desde el otro lado de la habitación, completamente sin vida porque alguien había decidido quitárselo.
Más policías forenses llegaron a la escena del crimen y vi a un hombre que venía hacia mí.
- Ha llegado el detective responsable de esta investigación. – habló un policía a mi lado. – Te hará algunas preguntas.
- Señorita. - Su voz suena grave y extremadamente pesada. – Soy el detective Martinelli.
Y antes de que ese hombre pudiera continuar, levanté la cabeza con los ojos llenos de lágrimas al escuchar ese nombre y lo juro, en ese momento, aunque no sabía cómo era posible, mi corazón se rompió de nuevo.
Gregory.
Reconocería esos ojos azules en cualquier lugar. Incluso después de todos estos años. Y de repente, estoy de vuelta en el pasado.