Llegué con Irlanda de la mano a la fiesta. El plan era el mismo: tomar la foto y al primer indicio de crisis, emprenderíamos la huida. La celebración era en un patio cubierto por un gran toldo blanco. Al entrar, fue como si estuviéramos metiéndonos a un lugar equivocado. Incluso corroboré la dirección. No se escuchaba música fuerte ni se veían en las decoraciones colores chillantes. La canción infantil apenas se notaba y los invitados parecían hablar más bajo. Los inflables eran tres y de distintos tamaños, las pequeñas piscinas se repartían en el pasto, y en una esquina ubiqué lo que se llama rincón de la calma. Eso nos enseñaron en la escuela. Se trataba de un espacio acolchado con almohadas grandes, telas con texturas y algunos juguetes sensoriales.
Irlanda soltó mi mano y se fue directo al inflable más próximo. Por poco y la detengo, pero dentro del juego descubrí a varios de los niños de la escuela. Ninguno se mostraba ansioso o a punto de llorar.
Respiré hondo. Tenía que dejarla fluir si así lo deseaba. Eso me recomendó Zoe en alguna ocasión.
Irlanda brincoteó varias veces hasta que sus risas me llevaron a las lágrimas.
Fabiola, la mamá del festejado, me recibió encantada.
Tuve que entregarle el regalo yo misma. Mi hija estaba demasiado ocupada jugando… ¡Sí, jugando! Una palabra tan normal para tantos padres, pero para mí era extraordinaria.
—Sabía que les gustaría —dijo orgullosa Fabiola sobre las amenidades.
Conducida por ella, me uní a la mesa cercana a donde Irlanda brincaba. En todo momento tuve el latido acelerado, solo esperaba el detonante para que ella perdiera su control.
Pese a mis pensamientos negativos, llegamos a la hora del pastel. No hubo aplausos ni gritos, solo un canto moderado y un movimiento de manos conocido como el aplauso de los sordos. La gente entendía, ¡por supuesto que entendía!
Probamos el pastel, era de zanahoria, sin gluten y sabía delicioso. Mi hija quiso mi rebanada también. Me reí lagrimeando al verla tan fascinada con un sabor que hasta ese día se había negado a probar.
La piñata era de listones, de esas en las que las personas jalan un listón y ven si es el que la abrirá. Agradecí que no hubiera el famoso palo al que mi hija temía tanto.
Cuando Irlanda jaló el listón correcto y la piñata se abrió, salté con ganas.
Las mamás del salón se me acercaron y me invitaron a sentarme con ellas al terminar de recoger los juguetitos que salieron de la piñata.
Irlanda decidió que era hora de mojarse.
Arrastramos una de las alberquitas de hule y la colocamos a un lado, solo para vigilarlos.
—Date un ratito para ti —dijo una de las mamás, y me pasó una lata de cerveza.
Acepté la bebida. Era raro eso de “darme un ratito” en una fiesta, puesto que ni siquiera podía ir a una.
Juntas, hablamos de terapias, de maestros que sí “le echaban ganas”, de noches largas y días difíciles. También de cosas simples para nosotras: cremas sin parabenos, recetas para esconder los vegetales, trucos para ayudarlos a regularse… Me di cuenta de que podía hablar sin explicar demasiado, sin defenderme o excusar mis reacciones o acciones.
—Oye —dijo Teresa, la de las gafas grandes—, ¿te agregamos al grupo de w******p? Ahí platicamos de todo.
—Se ponen buenos los chismes —añadió otra de las mamás.
—¿Qué dices?
Asentí, pero luego tuve la necesidad de decir algo más:
—¿Puedo avisar ahí si algún día tengo una emergencia? —pregunté en voz baja—. Yo… sufro una enfermedad… y no tengo familia.
No dije la palabra “terminal”. Esa se quedó guardada, como un secreto que aún me pertenecía.
—¡Claro que sí! —me dijeron al mismo tiempo dos de ellas—. Para eso también es el grupo.
De pronto sentí la mano delgada de una señora llamada Bernarda. Era una abuelita que se hacía cargo de su nieto porque su hija lo abandonó al saber de su condición; de eso me enteré sin querer en una de las salidas de la escuela.
—Acuérdate que no estás sola.
Sentí algo moverse dentro de mí con esas palabras. Uno de los tantos nudos que cargaba pareció menos apretado.
A punto de dejar salir las lágrimas, me limité a murmurarle: “gracias”.
La conversación continuó y continuó. Los niños no se detenían ni parecían cansados.
Fabiola nos había regalado a todos un festejo digno de recordar.
Después de cambiarle la ropa a Irlanda, con la luna anunciándose en el cielo, recordé que no tomé la foto. Ella ya no tenía bien el peinado y su vestidito se arrugó. Aun así, decidí hacernos una foto juntas. Sostuve el teléfono en una mano y con la otra abracé fuerte a mi pequeña. Sonreí esperando el típico jaloneo que hacía al negarse a que la retratara. Pero eso no pasó. Irlanda se recostó en mi hombro y sonrió para la cámara. Fue una sonrisa nueva, un regalo de Dios mismo, la pureza humana en su máxima expresión.
No era la foto perfecta con el escenario decorado ni el cabello impecable, pero era mi foto más preciada, porque por primera vez desde que nació, logré conectar con ella como tantas veces soñé.
Me fui de la fiesta con números nuevos en el teléfono y el corazón un poco menos preocupado. El círculo de apoyo asomaba gentil por la pantalla del celular. Ellas, las otras madres que padecían las mismas angustias que yo y a las que tanto intenté alejar, se podían convertir no solo en un número de emergencia, sino en aquello que algunas llamaban su manada.
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Nota de autor: Por motivos desconocidos, el grupo de Fa.ce.book desapareció, por lo que tuve que crear otro con el mismo nombre: "Novelas de Carmen Solís". Los invito a entrar para que sigamos comentando las novedades de esta y mis otras historias.
Gracias.