El siguiente jueves a las dos con treinta y cuatro minutos tocaron a la puerta.
Abrí enseguida.
Me encontraba haciendo la comida, pero sabía que la visita llegaría tarde o temprano.
Y llegó.
—¿Señora Azucena Camacho? —preguntó.
—Sí, soy yo.
—Me presento, soy Clara Santillán, estoy asignada a su caso.
La mujer mostró su credencial que colgaba de un cordón del cuello.
Se trataba de una señora de pantalones vaqueros y blusa floreada amplia. Era quizá de unos cincuenta años, tal vez más. Traía consigo una carpeta beige entre las manos. La invité a pasar a la sala; la cual ya se encontraba hecha un desastre luego de que Irlanda vaciara dos canastas de juguetes.
—¿Le ofrezco un vaso de refresco o agua?
—Agua está bien.
Fui rápido a servirla. De reojo vi que Clara abría su folder sobre mi mesita.
En la cocina, Irlanda vigilaba pendiente su pollo empanizado en el sartén ya sin fuego. Lo serví y junto con el vaso de agua salí para enfrentarme a lo que venía.
Sabía que mi hija iría tras de mí. No podía dejarla esperando.
«¿Por qué a la hora de la comida?», me pregunté frustrada.
Dejé el plato sobre la mesa, senté a mi niña y partí a prisa el pollo.
Después fui a darle a la trabajadora el vaso.
Desde la sala podía ver con toda facilidad el pequeño comedor.
Me senté y procedí a masajearme las rodillas.
—Azucena, no voy a hacerte perder tanto tiempo. —Comenzó a leer una de sus hojas—. A raíz del episodio que sufriste, la niña Irlanda Camacho Pérez, salió sin acompañante y de noche de su domicilio. ¿La información es correcta?
El pecho se me cerró de golpe.
—Por desgracia así fue. Sufrí un desmayo. Ella no sabía abrir puertas, pero ya sabe, los niños aprenden de pronto.
Clara escribió algo en la misma hoja.
—Por ese motivo se inició una evaluación para determinar si podrá seguir conservando la guarda y custodia de la menor. ¿Fuiste informada de eso?
Tragué saliva.
—Sí, pero debe saber que yo no la dejo sola nunca.
—Entiendo. Nuestra prioridad es la seguridad de los menores, por eso hacemos esta labor.
Apreté los dientes.
—Conmigo está muy, pero muy segura.
Por primera vez, Clara quitó la vista de su hoja.
—Después de hacerte unas preguntas, me gustaría conocer la casa.
Me enfadé. ¡Más preguntas, ojos ajenos vigilando mi vida!
Por eso me atreví a decirle:
—¿Por qué me hace esto? Fue un desmayo. ¿O qué, nunca se ha desmayado?
—Fue más que un desmayo. —Suspiró y luego suavizó la voz—. Mira, Azucena, necesito que entiendas que tu enfermedad no tiene cura y es degenerativa. Significa que vas a estar cada vez más mal de salud. La niña, por desgracia, padece una condición limitante.
Giramos las dos a ver a Irlanda. Las hebras del pollo se repartían por toda la mesa.
Era mejor desviar su atención. A veces mi hija ponía trocitos de la comida también en su cabello.
—Sí, estoy enferma —respondí a secas—. Pero a ella no le falta nada. Humildemente, pero tiene una vida digna. Tiene una madre que la ama. ¿Eso no cuenta? ¿A poco a las madres que les da cáncer les quitan a sus hijos? —Al ver que no cambiaba la expresión, apreté la mandíbula antes de decirle—: Se lo suplico… no me haga esto.
—¡La niña estuvo en peligro! —respondió Clara—. Hay un reporte hecho. No es algo que esté haciendo yo.
Hubo un silencio incómodo.
A pesar de que lo detestaba, ella tenía razón. Mi hija pudo haber muerto atropellada, raptada, abusada… Las posibilidades eran muchas.
Quería echarme a llorar con solo imaginarlo.
Clara cerró la carpeta. Dudó apenas, como si algo humano intentara abrirse paso:
—Escucha, tu caso está en revisión. Es un procedimiento. —Guardó silencio un segundo, luego bajó el tono de voz—. Hay… hay una opción.
La miré desconfiada.
—¿Cuál?
—Puedes conservar la guarda y custodia… de manera condicionada.
—¿Condicionada a qué?
—A que presentes, en un plazo máximo de treinta días, un plan de tutela alterna. Debes asignar a una persona que asuma legalmente el cuidado de la menor cuando tú ya no puedas.
—¿Cuando ya no pueda… qué?
Clara ladeó la cabeza.
Era obvia la respuesta, por más que me doliera.
—Cuidarla.
Cerré los ojos. Una lágrima amenazaba con escaparse.
—¿Y si no tengo a nadie?
—Entonces el Estado será esa persona. Piensa en alguien de mucha confianza. Leo que el padre no se hizo responsable ni le dio los apellidos, pero podría haber un acercamiento. ¿Los abuelos? ¿Alguna tía o tío? Incluso puede ser una amistad cercana. Si te comprometes al plan de tutela, daré por cerrado el caso.
Abrí más los ojos, incrédula a lo que acababa de escuchar.
—¿Solo con eso?
—Sí, pero la persona asignada deberá cumplir requisitos, evaluaciones, visitas domiciliarias.
—Acepto, por supuesto.
—Muy bien. Vas a firmarme unos documentos. Y luego seguimos con los otros puntos.
Me atreví a tocarle el dorso de la mano.
—Gracias —le susurré.
Demoramos más de una hora en terminar. Tiempo en el que Irlanda la pasó rayando cartulinas con crayolas, luego apilando unas maderas de un juego de mesa, corriendo de un lado a otro... Por suerte, no llegó ninguna crisis.
Después de despedir a Clara, me quedó inmóvil en el marco de la puerta pensando en quién podría amar tanto a mi hija como para hacerse cargo de ella cuando mi hora llegara.