La sesión terminó a las cinco con cuarenta y dos minutos. Lo supe gracias al reloj de pared de la habitación. Afuera se escuchaban pasos, el rodar de una camilla, una risa lejana que no tenía nada que ver conmigo. Andrés ya había cerrado su libreta, pero no se levantó. Seguía sentado en el banquito giratorio de acero a mi derecha, con un pie apoyado en el aro inferior, balanceándose apenas: —Estuviste muy bien. Yo seguía sentada sobre la camilla, con las manos entrelazadas sobre el regazo. La sábana blanca estaba arrugada debajo de mí; había dejado la marca de mi cuerpo. A pesar de su afirmación, sentía el cansancio acumulado en los hombros, en la espalda, en los pulmones. —¿Sabes? —continuó, mirándome con atención—. Te noto tensa. —Sí —admití—. La verdad no estoy bien, pero no es d

