Mano tendida

656 Words
El templo olía a una mezcla dulce y terrosa que me recordó a la casa de doña Félix, la mujer que me rescató de la calle. Yo vagaba sola, sin dinero, embarazada y desnutrida. Era una adolescente sin más pertenencias que la única mochila que me dejaron sacar cuando le grité a mi abuela que no la aguantaba más, pues me aventó contra el lavadero de piedra solo porque no le gustó cómo lavé los trastes. Doña Félix apareció un día afuera del Oxxo donde me refugiaba a esperar unas monedas, vio mi vientre crecido, y su mirada cansada nos conectó. Me invitó a su casa, me dio una cama, comida, y tareas sencillas de limpieza en su propio hogar. Gracias a ella mi hija pudo nacer en el hospital general, pues me dio de alta en el seguro como su trabajadora. Gracias a ella, Irlanda y yo seguimos vivas. Murió cuando mi hija cumplió el primer año. Tuve que salir de su casa porque sus hijos que ni la visitaban se pelearon la propiedad. Nunca terminaré de agradecerle el haber volteado a verme, por notarme. Todavía le llevo flores a su tumba y le cuento cómo estamos. Las luces del lugar eran amarillo cálido y hacía brillar los rostros de las decenas de personas que asistieron. Las palmas sonaban y la gente cantaba como si cada palabra saliera del fondo del pecho. Permanecí algo rígida al comienzo. Imelda, a mi lado, levantaba las manos y sonreía con los ojos cerrados. Sentí un nudo en la garganta, pequeño al principio, luego más fuerte, hasta que no supe si quería llorar o reír. Imelda se volvió hacia mí y me tomó de la mano. —Déjate sentir, hija —dijo con una dulzura que desarmaba—. El Señor sabe lo que te duele. En tu debilidad él se perfecciona. Bajé la cabeza. Y por primera vez en mucho tiempo, me invadió una especie de suave calma. Las voces, el calor humano, la música… todo parecía un manto invisible que me cobijó amoroso. Cerré los ojos y, sin entender cómo, una palabra silenciosa se me escapó entre los labios: “gracias”. Al terminar la celebración cristiana, le conté a Imelda sobre mi enfermedad, sobre la condición de mi hija y mis más profundas preocupaciones. Ella, luego de escucharme, me condujo hacia una mujer de cabello corto y pintado de rubio, casi blanco. —Mira, te presento a Beatriz. Ella también tiene un hijo especial. La señora Beatriz me tendió la mano de inmediato. —Sí, mi Alonsito. Ya es un adolescente. Nació con parálisis cerebral. Sé lo difícil que es —dijo con una franqueza que no sonaba a lástima, sino a hermandad. —Azucena está batallando para encontrar una escuela para su hermosa nena. —¿Y eso por qué? —sonó sorprendida—. En la escuela donde fue mi Alonsito siempre reciben a los niños. Está aquí cerca, en la colonia La Esperanza. Te puedo contactar con el director, es un buen amigo mío. —¿De verdad? —murmuré, incrédula. Beatriz asintió, como si fuera obvio. —Hay buenas maestras, de esas que no se asustan con nada. Además, la escuela es federal, así que no vas a gastar más que en uniformes y en el material que te pidan. Te puedo acompañar, si quieres. De pronto, el peso sobre mis hombros parecía moverse, volverse un poco liviano, como si alguien lo tomara por un instante para dejarme descansar. Imelda sonrió: —¿Ves? A veces el milagro no es que algo cambie… sino que alguien te tienda la mano. Miré los pequeños vitrales que dejaban pasar la luz de colores. Pensé que quizá sí, quizá los milagros no bajaban del cielo, sino se sentaban a tu lado a esperar a que los vieras. Y yo pedí ese día con todo mi fervor que me enviara la cura de mi mal.
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