La sesión de terapia con Andrés terminó. Aprendí a usar el concentrador de oxígeno. Seguía sintiéndome incómoda al aceptar tan costoso préstamo. ¿Y sí Irlanda lo dañaba? ¿Y si le daba mal uso? ¿Y sí tenía la mala suerte de ser a quien se le descomponga? Me prometí que tendría mucho cuidado con el aparato. Él guardó su libreta con ese cuidado suyo, casi ceremonial, luego me volteó a ver. Yo seguía ensimismada, pensaba en Rosa Hilda. En cómo se fue, prometiéndome que volvería después de hablar con nuestra tía. Al final, ella misma se ofreció a cuidar de mi hija. Deseé que no se demorara, pues el tiempo jugaba en mi contra. —¿Cómo te sientes ahora? —me preguntó Andrés. Agité la cabeza para volver en sí. Qué pregunta tan ambiciosa. Le respondí que cansada, pero bien, así, a secas. De un

