Llegué al pasillo del hospital Santa Lucía. Siempre me había parecido frío. Blanco. Largo. Como si no terminara nunca. Pero ese día lo sentí distinto. Caminé rápido, con el bolso golpeándome la cadera, y el corazón me latía fuerte. Lo vi al fondo, junto a la puerta de la habitación asignada a mi terapia. Y no lo pensé. Solo fui y lo hice. —¡Andrés! Cuando estuve frente a él, lo abracé. Así, sin pedirle permiso. Lo rodeé con los brazos y apoyé la cara en su pecho. Él se quedó quieto un segundo, tal vez sorprendido, y luego me sostuvo con cuidado. De frente venían dos enfermeras. Ambas se quedaron mirándonos, luego hablaron entre sí. Sentí sus ojos clavados en mi espalda. Antes eso me habría hecho soltarlo de inmediato, avergonzarme, retroceder. Pero no esta vez. No me importó. Si

