Me encontraba en la puerta de mi apartamento, las lágrimas saliendo sin control. Cada paso era un eco de lo que había vivido. Todos los recuerdos me golpeaban la mente, oleadas de terror y humillación, toda mi vida, repitiéndose una y otra vez en un bucle infernal. Lloraba sin poder detenerme, un sollozo profundo que me rasgaba el pecho. El dolor en el cuerpo, los golpes, los cortes... eso era algo que podía soportar, una parte más de mi piel rota. Pero el dolor tan grande que sentía en el alma, ese era tan fuerte que sentía que me estaba consumiendo, devorándome desde dentro. Solté un suspiro tembloroso y tomé el camino hacia mi habitación, mis piernas apenas sosteniéndome. Al llegar, encendí la luz, y lo primero que me recibió fue mi espejo, ese donde me encantaba verme cada vez que iba

