El golpe en la puerta de mi suite me arranca del sueño. La luz que se cuela por las cortinas es apenas un hilo gris que se filtra en la habitación. Apenas son las cinco de la mañana. Me levanto de la cama, la seda de las sábanas se desliza por mi piel desnuda, y me envuelvo en una bata de baño que apenas cubre lo suficiente. El frío del suelo de mármol me despierta por completo. Abro la puerta. Matías está parado en el pasillo, con el pelo un poco revuelto y el mismo traje impecable que llevaba ayer. Sus ojos se abren levemente al verme. O mejor dicho, al ver la escasa tela que me cubre. La bata se abre un poco más de lo que debería, un movimiento intencional. Siento su mirada recorrer mi cuerpo, deteniéndose en el muslo que se asoma y en el escote que no deja nada a la imaginación. La te

