Un empleado me ayudó a cargar el rollo de tela que de pasó era bastante pesado y no era para menos, la cantidad que iba a necesitar para los vestidos era muchísima. — Se lo agradezco — le sonreí cuando la puso en la parte trasera del carro — que tenga buen día. Me marché de la tienda y el chófer que la señora Hadid me había asignado abrió la puerta trasera. — Disculpa pero no creo alcanzar ahí — abrí la puerta de adelante — vamos, no estoy manca para no poder abrir una simple puerta. — Está bien, señorita Matilde. El sol se ocultaba en el horizonte cuando el auto se detuvo frente a la imponente mansión de la señora Hadid. Las altas palmeras enmarcaban la entrada, otorgando un aire de majestuosidad al lugar. Mis latidos se aceleraron ligeramente. Al descender del auto, un mayordomo el

