Sicarios capítulo 7

3465 Words
Manuel se encogió de hombros. - Nariz. Realmente no sé. —Yo creo que sí. Apuesto a que ni una mamada te animaría. — Esas palabras tan feas que salen de tu boca tan casta... –El hombre se irguió. Tiare lo imitó. De perfil, eran muy similares, el cabello les caía en los ojos a ambos y la única diferencia notable era el color de ojos y la forma en que los pómulos de Manuel, redondeados, distaban de los finos y altos de su hermana. Elegantes. Tiare era tan elegante. Manuel la adoraba por eso. — Nada tan feo podría enloquecerte tanto. — Tiare, mi comida se está acabando y siento una insana necesidad de dormir contigo. — Eso me gustó siempre, ser directo, ir al grano –comentó con gran entusiasmo. Terminó de comer sus últimas papitas, bebió su agua y se limpió la boca. Observó pacientemente a su hermano mellizo por última vez. Eran un espejo y el reflejo le gusta.— Vamos –insistió poniéndose de pie— voy a hacerte olvidar lo que pasará en un día más. Al fin y al cabo, siempre me tendrás a mí. Manuel le cogió la mano, dejó la propina y el dinero de la cuenta y los dos se largaron de ahí como una pareja más enamorada en Londres, transitando bajo la fina lluvia inglesa. No quisieron pedir un taxi porque caminar hasta la casa de Tiare parecía una opción más atrayente, más romántica. — Tenerte a ti, es como tenerme a mí mismo. Me miro en ti. Somos uno solo. Si me das la mano, no voy a volver a perderme jamás. oh oh El día que le sigue rápido pasó. La mañana se iba diluyendo entre fugaces deseos y esperanzas quebradas. Manuel no quiso salir de su habitación. El sexo con Tiare nunca le había deprimido tanto. Se sintió sin fuerzas, devorado. Olvidado. Catalina preparaba la comida allá en la bonita cocina del palacio y Carlitos pasaba su medio día entre la jaula de Martín. — Oí decir a Arthur que mañana era el día. Van a matarte, ¿verdad? — Yo no diría eso. Pongámoslo así: no me verás por un buen tiempo –contestó Martín ingeniosamente. Su pierna todavía ardía, pero tenía mejor ánimo y la sonrisa del rubiecito era ayudadora y vaya, cuando había pensado que la sonrisa de un niño podía ponerle así. — Mmm, yo no quiero que mueras. ¿Podemos hacer un plan? Manuel tiene un montón de aviones. No me deja entrar a su habitación cuando está pensando. —Oh, Manuel es raro. Sabés que es raro. No tengas que molestarlo cuando esté haciendo sus cosas. — Él te hizo eso –afirmó señalando sus gazas sucias— ¿por qué sigues impidiendo que me interponga en su camino? — Porque sos un chico listo que necesita guía. Y yo sé que él es malo. Sería una lástima perderte por un capricho. Carlitos hizo un pucherito. Martín se lamió los labios. — Catalina está arriba cocinando arroz. Me gusta el arroz. El arroz de ella es rico. Pero a ella no le gusta. — ¿Por qué no le gusta? –preguntó Martín. — Puso cara fea cuando comenzó a cocerlo. Después se fue corriendo. Francis se echó a reír. — No quiero que llegue mañana. Voy a echarte mucho de menos. ¿Puedo acompañarte? — No. Vas a quedarte con Manuel. — Manuel es malo, no me quiere. — Sí, bueno, no quiere a nadie, pero puede que a vos te quiera un poquito. Y así iba la conversación y así se pasó Carlitos toda la tarde con su manito entre medio de las rejas de la jaula sosteniendo firmemente la de Martín hasta que el sueño le pesó en los párpados y tuvo que irse a su habitación porque hace días que no dormía bien. Ya en la noche, en silencio todo, preparado todo para mañana, entrenados los sicarios de Arthur, fue el turno de alguien más de bajar al subterráneo. A buen árbol nos arrimamos, eso fue lo primero que pensó Francis cuando vio entrar a Manuel al sótano, y Martín volteó la cabeza en su búsqueda. Ya no había nada en él del muchacho que se acercó revoloteando y con graciosa pose aquel día en el café literario, vestido con ropa bonita y apretada, sacando partido a su delgada figura. Hoy, no llevaba encima más que una vieja remera gris arrugada y desgastada y un par de pantalones vaqueros tan simples que hacían que perdiera toda la gracia que pudo haber tenido en algún momento. Su cabello desordenado estaba al natural y se podían ver las pequeñas ondulaciones que le caían sobre los ojos. — Estás hecho mierda –Martín fue muy sincero. Manuel se encogió de hombros. — Bueno, no puedo decir mucho más de ti. Manuel se sentó en la silla frente a la jaula de Martín que anteriormente el niño había usado, de espaldas al francés. Se sorbió los mocos y se rascó la barbilla. — Aquí estamos, tú y yo. Dos psicópatas ayudándose mutuamente. Martín echó una fuerte carcajada. — ¿Qué concepto tenés de ayudar? Manuel le miró sin entender mucho. — Podría haberte matado. Podría haberte acuchillado el estómago. Podría haber roto en el lugar preciso, pero no lo hice. Te salvé. — Pero no de Arthur. — Arthur es mi jefe, no puedes competir con Arthur y yo tengo que ser práctico, no puedo elegirte, porque, ¿qué me ofreces tú? Aquí lo tengo todo, sería un tonto si pensara en dejarlo. Me sirve. — Si te vas de aquí no vas a ser nadie. — Exacto. Martín asintió mirando al suelo sucio. — Suena razonable. — ¡Lo es! — Ustedes, los jóvenes, son un torbellino de hormonas. Las hormonas complican la correcta expresión de los deseos, los hace confundirse, entorpecerse, las cosas podrían ser más rápidas si simplemente, Manuel, le dijeras a Martín que te gusta lo suficiente como para sentirte mal por su muerte. — Nadie pidió tu opinión, Francis –contestó malhumorado—. — No me estás contradiciendo. — No tengo que contradecirte, estoy muy consciente de que Martín debe saberlo, pero eso no significa que voy a hacer que las cosas sean diferentes. Es... su destino. — Podrías cambiar mi destino –Martín llamó su atención. – Si quisieras. Abrir la reja, subir las escaleras y largarnos de este lugar: vos, el niño y yo, nadie más. No necesitamos a nadie más. — No creí que manipularme fuese tu último recurso. — Solo me pregunto... qué es peor: saber que el negocio de Francis estaba arruinado y que inevitablemente Arthur llegaría para matarme o saber que vos fuiste el que me hizo esto a mí. El sicario de Kirkland frunció el ceño y evitó sus ojos, pestañó repetidas veces porque siempre hacía eso cuando estaba confundido y trataba de aclararse la vista como si fuesen sus ojos los que le estuvieran jugando trucos y no su mente. Le devolvió la mirada a Martín a través de su incansable movimiento de pestañas, enardecido porque estaba perdiendo el control de las cosas que debían importarle y las que no. No se supone que la vida del hombre detrás de una reja debía tener un papel protagonista en su cabeza, lo correcto era que lo olvidara rápido y siguiera con su propia vida y sus propios asuntos. Ser uno, simplemente. No temer por la desaparición de nadie más que su hermana y Catalina, ser bueno así Arthur no tendría que molestarse con él y obtendría todo lo que quisiera con tan solo pedirlo. Manuel se cuestionó cuán dispuesto está a renunciar a todo eso por un capricho. Pero es que está seguro que no es solo un capricho. Hay un montón de cosas de las que todavía no tiene certeza, que todavía debe analizar en soledad y tratar de comprender. Las emociones siempre han sido difíciles de comprender para él, como un puzle que insulta su capacidad intelectual y le recuerda que si bien es un as para las matemáticas, las personas a las que considera tontas le tomarían ventaja sin dudar en un duelo de habilidades sentimentales. Por eso mismo hoy se siente tan inseguro de la decisión que debe tomar, incluso cuando no todo está en sus manos. Lo curioso es que hace unos años antes esto no hubiese estado interfiriendo en ningún aspecto, es ahí donde él se pregunta si los cambios son para bien o para mal, o cuánto de cierto hay en eso en lo que él mismo se ha etiquetado, quizá porque no está seguro qué hay de malo en ser diferente, por qué debe ser clasificado. La necesidad de reflejarse en algo, de sentir que pertenece a una categoría específica, puede estar jugándole en contra en momentos como este. Hay tantas cosas que se supone no debería hacer, no debería sentir, no debería decir porque no siguen el patrón. A él le gustaría acercarse a la jaula de Martín, colar su mano, apretarle los dedos y decirle que si un día te perdiera, no sé qué voy a hacer, me vuelvo loco si ya no te vuelvo a ver, o abrirle y gritarle que está de acuerdo, que se vayan los tres, al fin y al cabo, ¿qué le asegura que esto durará para siempre? ¿Quién le asegura que su cabeza va a aguantar hasta el final? Son un montón de circunstancias, de razones, de suposiciones, hipótesis que no tiene tiempo de comprobar, que no debe comprobar, que no quiere comprobar porque le aterra saber el resultado que podrían arrojar. — Son las dos prácticamente las mismas opciones, yo iba a participar de todos modos. –contesta finalmente, poniéndose de pie con torpeza. Se frota las mejillas frías, ahuecadas, siente que debe salir de ahí y volver al lado de Arthur donde todo es seguro y confiable y no tiene que cuestionarse nada—. — ¿Qué va a ser del niño? –Martín pregunta, apretando ligeramente su herida sangrante.— Yo no voy a estar más así que no tendrás nadie que se haga cargo de él. — Me haré cargo yo, con la Cata, la Cata quiere... ella es mujer, ella sabe de esas cosas, pero... pero ahora me tengo que ir porque es tarde y tengo sueño y tengo que estar levantado temprano mañana porque el jefe quiere que le ayudamos. Nos vemos mañana. Mañana es el gran día. Fue divertido conocerlos, a los dos, tuve un montón, un montón de... —Manuel mira con desesperación la escalera de fierro que le llevará de vuelta al mundo normal, al conocido. Pasa tras la silla y cuando toca con sus manos heladas la muralla, siente que debe decir algo, pero no sabe qué y pensar ahora le hace sentir confuso, muy confuso. Arthur quería el atardecer porque la luz anaranjada del sol hacía que absolutamente todas las cosas se vieran mejor. Disfrutaba además de la agradable brisa que viene preparando el ambiente para el anochecer y aprovechaba los últimos resquebrajos del calorcito de un día con una agradable temperatura mañanera. Entonces no debía ponerse nada muy abrigado y su camisa azul favorita encajaba muy bien y le permitía moverse con más facilidad; tenía toda la noche fresquita para acabar si el tiempo se le iba volando. Como lo tenía planeado, su show comenzó a las seis de la tarde. Desfilaron frente a él sus víctimas y Arthur se sintió un cazador. Sus propios muchachos eran pacientes espectadores tras su espalda y no emitían comentarios para no arruinar lo que esperó por tanto tiempo, era su día e iba a ser la estrella. — Se va a demorar un buen rato... — ¿Usted cree? No puedo evitar pensar que Don Arthur no podrá controlarse a sí mismo y esto terminará mucho antes de lo que pensamos. — Sí, puede que tengas razón, quién sabe. Es impredecible este inglés. Catalina le sonrió tristemente, aferrándose de su brazo. — Cata... —musitó Manuel, despacio.— Si no querí' ver esto... ándate no más. Yo... yo estoy acostumbrado. No me va a perturbar, nunca me perturba. No tení que preocuparte por mí, piensa en ti no más. — Yo en realidad no quiero estar aquí –confesó, sintiéndose pequeña. El brazo de Manuel, fuerte alrededor del suyo, le hizo recordar vagamente las sensaciones olvidadas de los paseos matutinos de la mano de su madre—Pero tampoco quiero dejarlo solo... — ¡Por favor! Eso es lo de menos. Además, creo que me ayudaríai' más si estái allá arriba con Carlitos, vigilándolo, cuidando que no haga nada que nos pueda perjudicar. No a todas las cosas que hemos conversado, ¿verdad? Catalina asintió. Su cabello castaño oscuro caía en una coleta sobre sus hombros morenos y cubiertos. — Anda para allá, quédate con el niño. Los tres, ¿te acuerdas? Como dijimos. Anda y cuídalo. La colombiana finalmente accedió. Antes de irse, cogió las mejillas de Manuel e hizo que sus rostros estuvieran cerca, observando dentro de sus ojos oscuros como si pudiese mirarle hasta el alma, los miedos más profundos que ocultaba, sus inseguridades, su corazón podrido. Por mucho tiempo, Catalina creyó ser la única capaz de reparar a un sicario que había perdido la fe en los parches hace ya largos años, y fue dándose cuenta, solita, haciendo funcionar esa mente privilegiada con la que había nacido, que nunca sería así. Es lo malo de las decisiones equivocadas, de las creencias sentadas sobre arenas, una vez que te quitas la venda, te sientes perdido. Catalina aún no optaba por quitarse la venda de los ojos y pasarían años, décadas para que fuera capaz de mirar finalmente el mundo con los ojos nuevos, claros. — Lo amamos, los dos lo amamos. No se olvide de eso, ¿ya? — Tengo memoria de elefante. Catalina se marchó de vuelta a la casa, su largo vestido de colores rozaba el suelo y se cubría de tierra y olor a pólvora. El balanceo de sus caderas y sus brazos morenos fue seguido por algunos de los sicarios que creían que la parafernalia de Arthur era una pérdida de tiempo y un exagerado formalismo, lo delirios de un loco. Kirkland fijaba su vista hacia un punto por allá detrás de los neumáticos, las herramientas y las ratas, la suciedad del patio trasero de su gran palacete. Habíase sumergido en una profunda reflexión producto de la adrenalina que le corría por el cuerpo y sus deseos de permanecer con un rostro imperturbable para así no alborotar también a sus trabajadores. No era confusión o seguridad, era un sentimiento mucho más complejo, incapaz de ser identificado. Pasó, en total, media hora hasta que Arthur decidió que era tiempo de matar al primer sicario de Francis. La emoción no era tanta y su muerte vino sin gloria y sin potestad, lo comparó a una bala perdida un día caluroso de Julio. Casi insignificante. Así fueron pasando uno por uno, sus cabezas rebentadas, sus cuellos cortados, sus estómagos lacerados, sus gritos de agonía en la cruel incineración, pero ninguno tenía para Arthur un desahogo completo, una satisfacción erótica, algo que le calmara la mente, la suya estaba en llamas de igual forma. Cayeron como soldados en una guerra pérdida, pues él necesitaba tener al Coronel, y sin dudas, sus manos estaban ávidas de poder. En el momento en que estos muchachos insignificantes habían golpeado el suelo o su cenizas se habían disuelto por el aire que acompañaba la llegada del anochecer y no existía ninguno más de su clase, Arthur supo que la hora había llegado. Hasta ahora, ninguno de sus sicarios había interferido ni participado de ninguna manera en sus crueles asesinatos, ellos eran solo vagos espectadores que permanecían silenciosos esperando que el show terminara para poder volver a sus casas y descansar. El olor a sangre y las ratas eran suficientes. Cuando Arthur le llamó, Manuel arrancaba uno por uno los gajitos de un racimo de uvas verdes. Los limpiaba con la mano y después le ofrecía a Luciano, que estaba sentado en el suelo a su lado, intercambiaban un par de palabras bien bajito para no interrumpir y discutían de quién sabe qué, quizá del sabor de la uva o de lo tarde que ya era, por eso Manuel no respondió al primer llamado y Luciano apuntó con el dedo a la figura de Kirkland frente a ellos. — You're over the moon. — Guilty. Se puso de pie, dejó las uvas en las manos morenas de Luciano y después siguió al jefe hasta una repisa chiquita. Había encima una pistola y un cuchillo y Arthur le pidió elegir. Manuel miró por encima de su hombro porque notó periféricamente al hombre que traían. — Cómo no lo pensé antes, todo estaba planeado con anticipación. Todo, todo. Bueno, ¿qué le gustaría a usted que yo eligiera? — No tienes que guiarte por mis gustos, ya no. Además, este es tu momento, tú fuiste el más perjudicado y no quiero arrancarte lo que te pertenece. Sé que lo has estado esperando y te lo mereces, te lo mereces mucho. Hazlo. En general, a Manuel no le gustaban las pistolas, eran tan poco personales, tan frías, se llevaban lejos cualquier sensación que pudiese ser deliciosa de obtener, quitaban el placer de sentir que él mismo era el causante de una muerte, o el poderío de ser el único con la capacidad de controlarla. Sin embargo, esa noche, aquello no fue impedimento para que Manuel optara por el arma de fuego y no el cuchillo, que tantas buenas experiencias le había regalado. Arthur no hizo comentarios al respecto y aceptó su decisión con parsimonia, dejándolo moverse solo hasta donde Martín esperaba y ubicándose de vuelta en su asiento. Había un poco más de gente reunida, Francis era custodiado y observaba cómo la situación iba desde un rincón oscuro. Cada vez la noche se hacía más y más presente; el francés no dudó que su muerte se prolongara hasta el próximo día. Pero ahora, su mayor incentivo visual era Martín. De rodillas y con las muñecas atadas, yacía sobre un charco de sangre oscura, las gasas que sostenían su herida habían cedido a las horribles torturas de la espera; su rostro magullado denotaba los golpes, las palizas, los cortes, el jadeo continuo que salía de su boca era nada más que un detonante. Cuando Manuel se paró frente a él y Martín levantó la cabeza, el sicario de Kirkland supo que no tenía deseos de hacer esto mientras él pudiera verlo, sus brazos parecían de lana, supuso que la pistola en cualquier momento flaquearía. Lo rodeó, sostuvo sus hombros, le cogió el cabello, sus dedos fríos se colaron en el pelo sucio de Martín y le dieron escalosfríos. No lo hizo ponerse de pie, no era necesario. La pistola apuntando en su nuca, ¡y los recuerdos que llegan! ¡Él estuvo en la misma situación en ese bonito hotel árabe! Los recuerdos, muchas cosas. Desconectó entre medio de su nebulosa la palanca de seguridad y sus manos fueron a darle una última caricia al cabello de Martín, una despedida, su chance de decir adiós. — ¿Qué estás esperando? ¡Dispara! —gruñó Arthur. El tiempo pasaba frente a él, como grandes y furiosos oleajes, amenazadores, avasalladores. Enterró sus uñas en la silla de madera. Manuel metió su nariz directamente en el pelo de Martín otra vez. Olía a tierra, suciedad, sangre y sudor, pero eso no tenía importancia, no cuando su dedo rozaba el gatillo y Martín apretaba los ojos porque esto era el final de una vida concordante y los finales siempre son amargos, son decepcionantes, melancólicos. Aquí se viene el repaso de la existencia y los altos y bajos y por Dios, que todos deseamos una segunda oportunidad, pero lo que pasa con él hoy es complicado, es muy, muy difícil, no va a poder, así que lo acepta de a poco y si este es su destino, pues intentó disfrutar la vida lo más que pudo. Los arrepentimientos no sirven de nada, los ruegos tampoco, aunque Martín quisiera un último acierto para pedir un último favor, un deseo tonto, un por favor y gracias, oír la voz de alguien. Innecesario. Lo úiltimo que escucha es el sonido de la pistola y luego todo lo que le sigue es muy confuso, un poco n***o, nada de colores, casi oscurdad, él hace un lamento, un quejido roto, se siente abatido, se siente desanimado. ¡Y es que del dolor de oídos que le ha quedado por lo cerca del disparo no lo va a librar nadie!
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