Con las dos últimas palabras, el argentino quita las manos de encima del cuerpo de Carlos, asustado y sorprendido y cae en cuenta de que los ojos oscuros de su hijo lagrimean y se esconde en el cuello de España y ni siquiera le mira a él, está buscando protección cerca de su abuelo. Se apoya en el umbral de la puerta, cargando el peso de su cuerpo, comienza a llorar y es mirado con lástima por los otros dos chicos. Carlitos se queja por el llanto, a pesar que Antonio le envuelve con su chaqueta y su bufanda.
- Lo echo mucho de menos. –Admite, apenas levantando la cabeza.- Déjame estar con él, Antonio.
- Tienes que estar con Manuel, a Carlitos no le pasará nada, él está seguro con nosotros –dice Lovino, dándole una sola caricia al cabello de Martín. Argentina se retuerce y se le tira a los brazos, agarrándose de su cuello firmemente y se queda quieto ahí, moja con babas y lágrimas, pero a Italia del Sur no le importa, porque se siente como en los viejos tiempos. - ¿Qué te han dicho los doctores?
- Intentan controlar la infección, pero se desenvuelve rápido –hipa.
- ¿Sabes que Manuel va a salir de esta, no?
- Sí –miente.
- ¿Cómo está Agustina?
- Mejor. La enfermera le puso suero y está llena de cables; dice que no puede respirar aún por sí misma.
- Ella te necesita.
- Yo también la necesito.
Antonio se aleja cargando a Carlitos, desaparece entre el corredor.
- Le pusieron una muñeca al lado de la incubadora.
- ¿Para qué? –se extraña Italia del Sur, dando masajes en la espalda del argentino.
- Para que no extrañe a su hermana.
Su hermana que está muerta.
O
O
- ¿Agus? ¿Agus, dónde andás?
Martín recorre los pasajes de la Casa Rosada apresurado, buscando a su hija menor, la niña tiernecita y muy fina, con esos ojos verdes y el cabello marrón con gatitos en las puntas. Toma aire con la boca abierta para seguir buscando. ¿Por qué siempre Agustina gustaba de recorrer los pasillos y perderse? No lo entiende. Camina con rapidez de vuelta al salón donde los gobernantes de Chile y Argentina mantienen una reunión y se sorprende al ver la puerta abierta y a un hombre caminar de la mano de un niño.
- ¿Manuel? –pregunta. El aludido se voltea, preocupado. Carlitos sonríe a Martín y su padre le devuelve el saludo. Tiene seis años, en pocas semanas más cumplirá los siete, es un niño tan lindo, sobre todo con el mechón que heredó de Argentina.
- ¿La encontraste?
- No –murmura tímido. A veces se siente extraño al ver los ojos de Manu, ahora son siempre tristes. Nada había vuelto a ser igual desde la muerte de Julieta y mucho les costó reponerse de la enfermedad de Chile y de llevar la carga de la bebé que jamás pudo oír siquiera una palabra de ambos dicha con amor. Se rasca la mejilla, nervioso.
- Carlitos, ¿hay visto a tu hermana? –Manuel se agacha, flectando las rodillas. Carlitos se ríe cómplice, moviéndose hacia todos lados.
- ¿Si te digo, haremos alfajores al llegar a casa? –pregunta el niño, pícaramente. Chile mira hacia arriba a Martín y asiente con rapidez.
- Sí, todo lo que querai. Pero ahora tení que decirme dónde está la Agustina.
- ¿Y luego iremos a ver a abuelito España? – Martín le acaricia el cabello.
- Si, mi amor. Iremos. Ahora dinos, ¿dónde está Agus?
Tierra del Fuego se ríe y señala por entre los ventanales el patio de la Casa Rosada. Argentina se acomoda el cabello y antes de que siquiera Manuel piense en partir, él ya lo está deteniendo.
- Quedáte aquí. Yo voy.
Atraviesa los árboles frondosos, escucha a los pájaros cantar y mientras mueve la cabeza hacia arriba para verlos, puede notar que las nubes se hacen presentes y quizás pronto lloverá. Debe apurarse.
No sabe cómo se le ha escapado. Le tenía la mano cogida y se desvió para hablar algo con Cristina y de pronto, Agustina desapareció; le parece increíble que una niña de cuatro años le tuviese recorriendo por media hora toda la Casa Rosada para finalmente encontrarse con que estaba jugando afuera. Se refriega la cara con insistencia; Carlitos debió decirle con exactitud dónde su hermana estaba.
Aleja de su cabeza algunas ramas, casi tropieza con una piedra, observa hacia todos lados y de pronto, a su derecha, es capaz de ver a una pequeña niña de espaldas, de cabello largo algo ondulado y marrón que mueve las manos y gesticula y está hablando con alguien.
- ¿Eh...?
¿Con quién está charlando su hija? Martín no puede oír otra voz. Se acerca parsimonioso, lento, sin hacer demasiado ruido, tiene una visión compleja y general del panorama. Agustina está hablando, pero no hay nadie a su frente ni a su alrededor, está completamente sola.
Por un momento eso le asusta y aunque la niña no se ha dado cuenta de su presencia, decide tocarle el hombro para voltearla. Lo hace, dulcemente. Agus se da la vuelta casi al instante, mirándole con sus grandes ojos. Le sonríe de forma automática.
- ¡Papá! –dice, alegre. Argentina respira aliviado. Le sonríe también.
- ¿Qué andás haciendo aquí? Mamá y yo estábamos muy preocupados.
Le toma la mano y le ayuda a bajar de la roca donde estaba sentada. Agus se voltea y le dice adiós con la otra a alguien que no está y Martín mira con recelo. Caminan de vuelta pasando por los mismos árboles y ramas secas que antes sin decir palabra, hasta que el mayor se atreve a romper el silencio.
- ¿Con quién estabas hablando?
Ya pueden mirar las luces de la Casa Rosada. Agustina se ríe y apresura el paso pero Martín no le deja, quiere que le conteste.
- ¡Con alguien!
- ¿Con quién, che?
- No sé su nombre –admite sonrojada. Mira hacia arriba a su padre y le abraza las piernas, causando que Argentina se inmovilice- pero era igual a mí.
- ¿Ah?
Su mundo se paraliza. Algo se quiebra dentro de él, baja la mirada para encontrarse con las pestañas largas de su hija, y sus párpados que caen con sueño.
- ¡Sí! ¡Dijo que estaba feliz de verme y que me extrañaba mucho! ¡Me gusta jugar con ella! Es mejor que estar con Carlitos, él no me deja jugar.
Siguen caminando, sin decir nada. El aire se ha vuelto más denso y Martín se mueve monótonamente hasta estar en las puertas de la casa de Gobierno. Un poco más allá le espera Manuel y su otro hijo, él es capaz de divisarlos. Agus le agarra de la manga de la chaqueta de tela y le tira para que le de atención. Los ojos de Martín están aguados y Agustina no entiende, así que mueve su cabecita dulcemente.
- ¿Por qué lloras, papá? –y le abraza fuerte otra vez, para que él sepa que no está solo. Argentina pasa sus dedos por el cabello sedoso.
- No estoy llorando, es sólo que...
- ¡No llores! ¡Yo estoy contigo!
El contacto se tensa. Martín se seca las esquinas de sus ojos. Ve a Manuel caminar directamente hacia ellos y lo último que escucha es la voz de Agustina mientras sigue apretándole las piernas con fuerza.
- Ella me dijo que dos era mejor que uno, así que no estás solo, papi. Yo estoy contigo, y somos dos, y dos es mejor que uno.
A Martín le causa extrañeza la nieve densa que cae sobre su casa en Buenos Aires, porque ni siquiera hace frío y hace tanto tiempo que no ocurría. Con una sonrisita cree que es por la ocasión, porque es 9 de Julio y él está en compañía de su esposo y sus hijos y ambos están sentados viendo nevar y pendientes de los niños que arman un muñeco de nieve.
Nadie le puede quitar la sonrisa del rostro, nadie puede venir y llevarse lejos su satisfacción, ni romper la tranquilidad y lo cálido del ambiente cuando está junto a su familia. Es la mejor sensación que Argentina podría tener nunca.
- Anda a ver a los cabros chicos –dice de pronto Manuel, dejando su mate en la mesa y mirando de reojo a Martín. El argentino se fija en sus manos, están cubiertas por los guantes que él le regaló el último invierno que pasaron juntos. Y sonríe.- Se van a resfriar.
- Andá vos –le reclama riendo.- Vos sos la mamá, preocupate de ellos.
- Pero estamos en tu casa y vo' los dejaste salir y si se enferman después, ¿quién los va a llevar al médico? ¡Yo, po'! Así que ya, partiste. Anda. Anda, anda, anda.
Manuel se pone de pie y estira la mano, sonrojándose cuando Martín le acepta, pero no dura mucho, porque de inmediato tiene contacto con su esposo, el chileno le empuja de la espalda hasta el ventanal grande que da al patio, lo abre y sigue, hasta conseguir que Argentina esté fuera y aunque se sigue riendo, Chile no le presta atención. Incluso cierra después de gritarle que él va a prepararles a los niños chocolate caliente. Martín, deberías ser feliz de tener un hombre precavido a tu lado. Oh, y Argentina lo es.
Con un suspiro sus ojos buscan a los tres chicos que estaban jugando en la nieve. A sus niñitas hermosas y su campeón. Los encuentra allá escalando un árbol, o por lo menos a dos de ellos. Apura el paso, porque piensa divertido que Manuel lo matará si ve que los niños están haciendo algo peligroso. Carlitos intenta quitar una fruta congelada de la rama que está en la parte media del árbol y una de las gemelas –Martín no podría decir desde tan lejos cuál era, porque son tan, tan idénticas- intenta alcanzar la parte más alta. Se vuelve a apresurar, en momentos está al lado de una de las niñas. Le toma del hombro para voltearla y ver quién es.
Hay sólo un detalle por el cual Manuel y Martín pueden diferenciar a sus hijas. Julieta posee pequeños puntos negros en sus ojos verdes, Agustina no. Argentina abre la boca. Entonces ésta es su hija mayor.
- ¿Y vos, Agus? ¿Por qué no te subís? –le pregunta a la niña, que se presiona las manos probablemente por el frío. Ella niega con la cabeza y apunta hacia el árbol. Martín mira.
- Porque Julieta está arriba. ¿Y si se cae? ¿Quién va a estar abajo para sostenerla?
Argentina se impresiona. Se aleja un poco para contemplarla bien. Ella, su niñita de seis años, con esas dos coletas que le hizo Manuel y la bufanda que ni siquiera deja ver su nariz, suena tan madura. Le sonríe y se agacha para acariciarle la cara. Agustina suele sonrojarse continuamente, como Manuel, así que Martín no se sorprende cuando la niña le desvía la mirada al sentir el tacto de los dedos de su padre en su mejilla helada. Ella simplemente mira hacia su hermana otra vez, independientemente cuidando de ella.
- ¿Y mamá? –pregunta, entonces.
- Preparando chocolate.
- ¿Quedan alfajores? –Agustina le mira ilusionada y Martín siente pena cuando tiene que romperla.
- No, bonita. Pero mañana nos levantamos re temprano y nos ponemos a amasar, ¿dale?
Agustina sonríe sin abrir la boca y se quita de los ojos un mechón de cabello que le incomoda. Asiente.
- ¡Papá! ¡Papá, mirá! ¡Mirá, mirá!
Indiscutiblemente el argentino desvía la vista. Carlitos está agarrado de una rama del árbol e intenta mantenerse en equilibrio haciendo muecas y gracias para sorprender al argentino. Martín se preocupa, se acerca y le dice que baje de ahí, que es peligroso, que puede lastimarse, pero Tierra del Fuego no hace caso, sigue balanceándose, y Argentina se ve en el deber de regañarlo. Consigue que el niño baje del árbol con actitud tsundere y entre a casa, no prestándole atención. ¿Sólo quería impresionar a su padre? ¿Eso debería recibir un castigo?
Martín odia retar a sus hijos, él los consciente lo más que puede porque quien se encarga de la disciplina es Manuel, así que se siente pésimo viendo que el pequeño rubio cierra el ventanal de vidrio tras él.
Agustina le toma de la chaqueta y murmura que irá a buscar a Carlitos, pero que él se quede aquí cuidando de Julieta. Martín sólo sonríe, mirando fijamente el camino por donde la niña se va. Entonces entra y le ha dejado solo.
Levanta la cabeza. Julieta parece estar pendiente de algo en especial por allá por el cielo, porque su ceño está fruncido y luce pensante. Argentina le llama con buen humor.
- Juli –dice, pero no hay respuesta. Un poco más alto esta vez.- Juli... ¡Juli! ¡Julieta!
Por fin consigue tener su atención. Esos ojos verdes iguales a los suyos pero a la vez tan diferentes se muestran inexpresivos. Julieta pestañea ligeramente.
- ¿Qué?
- Bajá de ahí, te podés caer. ¿Viste lo que le pasó a Carlitos? Ven aquí, nena. Yo te agarro.
Ella niega con la cabeza.
- No, no quiero.
- Vamos, vení, vení –él dice fuerte, con un tono infantil. No le gusta que su hija se encarame en los árboles, a pesar de que sea algo tan común en ella. De alguna manera, Julieta vivía cada día como si fuera el último. Vaya uno a saber por qué-.
- No –vuelve a murmurar, pero esta vez, como si fuese joda.- Vení vos, pá. Vení, sube vos. La vista es bonita desde acá, y las otras ramas detienen la nieve. ¡Vení, pá!
Martín mira hacia dentro de su casa, ojalá nadie venga. Se encoge de hombros e infantil, empieza a subir el árbol. No se había fijado con exactitud, pero el árbol es delgado y duda de si podrá soportarlo a él, sin embargo la mirada de su hija es tan juguetona y deliciosa que no puede decir que no. Cuando está arriba, se acomoda tras Julieta. Le pasa los brazos por la cintura para sostenerla y mira también el cielo. Está gris y la nieve sigue cayendo, un copo va a chocar con su nariz. Julieta se ríe al notarlo, igual que Argentina. Las cosas le gustan cuando van así, le hacen pensar a Martín que toda su vida al lado de Manuel ha valido la pena; al fin y al cabo, Chile le dio los tres hijos preciosos que tiene ahora, sin él, nada de eso hubiese podido ser realidad. Entonces abraza a Julieta con cariño paternal.
Y a Argentina le encanta vivir esta vida.
Mucho más de lo que ama vivir su propia vida.
Una chica solitaria está perdida dentro de un sueño, y cuando ella intenta reparar sus errores, falla.
- ¿Papá?
- ¿Mmm?
- ¿Esto está bien?
- ¿Qué? ¿Qué cosa está bien?
Sólo una vez más, una vez más.
Martín no entiende y Julieta se da vuelta, casi incómoda. Quedan cara a cara ahora. Ella tiene los rasgos finos de Manuel, que se acrecientan aún más al ser una chica, pero esos labios fruncidos hacen pensar que pudiese tener más edad, o haber sufrido mucho. ¿Pero cómo sufrir, cuando tiene un hogar, una hermana gemela, un hermano mayor y dos padres que la aman y darían todo por ella? Argentina le toca la nariz con la punta del dedo; Julieta tiene pecas sobre ella.
¿Ya estás lista? No, todavía no estoy lista.
- ¿Juli? ¿Te pasa algo? ¿Te sentís mal? Manu me dijo que los entrara porque se iban a resfriar, pero...
- No, no es eso.
Y otra vez se queda en silencio. ¿Qué está ocurriendo? Martín siente como si de pronto años pesaran en sus hombros y es la peor sensación que ha tenido. ¿Y es su idea, o ha dejado de nevar? No puede oír más el sonido que provoca la nieve contra el pasto o contra las ramas secas. Se masajea las mejillas y mira hacia casa. Quiere chocolate.
- Vamos, Juli. Apuesto a que Manu debe tener todo listo, che. Y va a armar un lío si me pilla aquí en el frío con vos.
- Pero no hace frío.
- ¿No querés chocolate?
- Quiero estar contigo.
La respuesta es tan dulce, que Martín suelta un coro de ternura y vuelve a abrazar a la gemela menor. Es extraño, pero entre sus brazos siente como si Julieta fuese solamente agua, que se desliza lenta y dolorosamente y que se escapa de él y él no tiene oportunidad de frenarla, porque no le pertenece. Pero no quiere pensar en ello ahora, se deja ir en el abrazo delicioso de su hija y en su torso cálido por tanta ropa, o en sus mejillas frías y le pasa la mano por las coletas –iguales a las de Agustina, hechas por Chile- y Julieta se separa, para contemplarlo. Apenas sonríe y su mentón tiembla ligeramente. Hay algo que aprieta en su pecho, que la niña no sabe lo que es, pero duele y quiere decírselo a su papá, porque está sintiendo como que se desvanece y no estará nunca más ahí, y sabe que tiene que hacerlo, pero nunca estuvo dispuesta a aceptar que doliera tanto.
Así que, simplemente disfrutando del tacto de su padre, se pasa la lengua por los labios. Oye una voz profunda que vuelve a preguntar, estás lista, y no le queda más que responder sí, ya estoy lista, mientras rodea con sus brazos el cuello de Martín.
Argentina escucha que murmuran contra su oído un decile a mamá que estoy ansiosa por probar su chocolate, pero decile que lo quiero mucho, ¿dale? Y a la Agus igual, decile que voy a estar buscándola para jugar, ¡Ah! Y a Carlitos lo mismo.
¿Por qué...?
- Julieta, vos...
Debes estar harto y cansado de esperar por mí.
La niña se separa con una lentitud que le cala los huesos al argentino, casi de pronto, con la segunda vista, se da cuenta que Julieta se está evaporando con el viento, dejando tras de sí una neblina difusa. Intenta agarrarle con las manos, pero ella se va, porque es polvo. Los ojos de Martín lagrimean involuntarios, sin embargo no formula palabra. Está solo ahí, sentado en la rama más alta de un árbol que no soporta su peso y que en cualquier momento caerá, alzando la mano para tratar de capturar el suave viento de invierno en el día nevoso que ha caído su cumpleaños.
Entonces creo que pararé de respirar ahora.
Con un grito recobra el conocimiento y se ve envuelto en las sábanas oscuras de su cama. El latido de su corazón continúa imparable, su rostro se siente sudado, todo su cuerpo está sudando frío. Martín mira hacia todas partes, como si nunca hubiera visto nada de la casa que comparte en Pirque con su esposo. A su lado, un medio soñoliento, medio asustado chileno se incorpora en la cama y atina solamente a bostezar y rascarse el cabello, mirando a Argentina con los ojos entrecerrados. Le toca la cara con sus manos calientes, nota que Martín está pálido y helado.
- ¿Qué te pasó, Martín? Estay transpirando... ¿tuviste una pesadilla?
Argentina sólo le miró fijamente sin atreverse siquiera a recordar aquello que le estaba matando, y a duras penas abrió la boca para formular un par de oraciones.
- ¿Los nenes? ¿Dónde...?
- El Carlitos y la Agus están durmiendo, obvio, ¿qué te pasa? ¿No querí agua? Te veí mal, enserio...
No, no quiere nada. Quiere solamente abrazarlo y sumergirse en su cuello, en el aroma masculino pero dulce que Manuel siempre tiene. ¿Y cómo no necesitarlo, si siente como si hubiese sido demolido? Chile le pasa una mano por la espalda y le dice que se relaje, que todo está bien.
Y Argentina tiene ganas de llorar.
Porque no está bien, porque nunca más volverá a estar bien.