A contratiempo capítulo 15

5000 Words
- Tus ojos lucen aún mejor con el delineado –acota. Chile se siente feliz de que se haya dado cuenta. - Gracias. La ceremonia comienza así. El sacerdote gesticula diciendo que Hoy estamos aquí reunidos, queridos vecinos, para celebrar la boda de dos países... dos naciones hermanas, dos personas que han sabido amarse a lo largo de los años, que se han apoyado y que ahora deciden sellar su cariño con la bendición de nuestro Padre Santo... A Martín le hubiese gustado menos palabrería, pero no puede evitar notar que a Manuel le brillan los ojos escuchando al hombre; están como en un cuento de hadas, la gente a su alrededor resplandece y sus padrinos, Antonio y Lovino sentados en primera fila aguantándose las lágrimas. Por fin, el momento ha llegado. El sacerdote nombra la frase y Martín sabe que es la ocasión... que se declarará a su novio, que se convertirán en esposos. Es la sensación más hermosa, pero está tan nervioso... teme no decir bien sus votos o equivocarse u olvidarlos. Cierra los ojos dando un suspiro, mientras Manuel se da la vuelta y quedan frente a frente. Argentina quiere acariciarle el rostro, porque parece de porcelana. El chileno abre la boca. Martín casi olvida que su vecino es quien debe comenzar. - Ambos escogimos unir nuestras vidas –empieza, sonrojado. Su voz es dulce y el argentino se aprieta las manos, este Chile es tan poco frecuente- Yo, Manuel, me entrego a ti, sabiendo que la magia de nuestro amor es caminar juntos, en las buenas y en las malas, en la prosperidad y en la adversidad. Quiero ser tu compañero y que tú seas el mío para todos los días de mi vida. Se oyen algunos suspiros, probablemente de las chicas invitadas. Martín sonríe, le encantan los ojos de su chico. Carraspea y levanta la cabeza, poniéndose más cerca. - De enamorados pasamos a ser novios, de novios pasaremos a ser esposos. Hoy, de yo, seremos nosotros. –Chile abre la boca y hace un gesto de dulzura total. No había leído los votos de Argentina y esto es totalmente una sorpresa- Manuel, tomá mis manos como símbolo de la unión de nuestras vidas hasta la eternidad. He venido hasta aquí para unirme a ti, y así, unidos, partiremos cuando Dios lo designe. - Mi vida se ha vuelto el centro de la tuya –murmura él, intentando calmar los temblores que le azotan todo el cuerpo-. Nuestras vidas no son nada si no están juntas. Martín, quédate siempre a mi lado, se mi amigo fiel, mi amante, mi confidente. Yo seré tu cómplice incondicional para el resto de nuestra inmortalidad. - Mira a mi Manuel –Antonio se secó las lágrimas, mientras Lovino intentaba no verle- Es todo un hombre... va a casarse, está hablando como un príncipe... y Martín. Oh, ¡que sólo haga feliz a mi pequeño! - Sé que lo hará –confía Italia del Sur, regalándole una sonrisa. - No es casualidad que nos hayamos conocido ni es casualidad que nos hayamos enamorado. Este amor es fruto de nuestra amistad, de las ganas de vivir, de crecer compartiéndolo todo; de mirarte y saber que deseaba ser tu alguien especial para siempre. Manuel, ahora que estamos aquí, quiero ante Dios comprometerme a ser tu amigo incondicional y tu amante eterno. Atrevéte a construir nuestro destino, porque sé que tanto tú como yo estamos convencidos de que dos es mejor que uno. El sacerdote sonríe. Les dice que se tomen las manos y cuando Martín tiene entre las suyas las de su vecino puede notar que tiemblan ligeramente. El anciano abre la boca para hablar, todo el mundo parece expectante ahí dentro. Y entonces él comienza. - Martín, ¿aceptas recibir a Manuel como esposo, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y la enfermedad, y así, amarle y respetarle todos los días de tu vida? El pecho de Argentina no puede más de orgullo. - Sí, acepto. - Manuel, ¿quieres recibir a Martín como esposo, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y la enfermedad, y así, amarle y respetarle todos los días de tu vida? La lengua se le traba, pero asiente torpemente con la cabeza, perdiéndose en los ojos de Martín. Son tan hermosos. - Sí, quiero. Un sollozo de Antonio. A Lovino le parece que es tan ridículo. - El Señor, que hizo nacer entre ustedes el amor, confirme este consentimiento mutuo que han manifestado ante la iglesia. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Manuel no puede más con su sonrisa y siente deseos de llorar. Ha dado el sí ante el altar, ante Dios, ante toda esa gente que está detrás esperándolos y mirándolos llenos de ilusión. Se ha casado con Martín, con el hombre que ha amado desde que tiene memoria, con quien le ha acompañado, en su infancia, su adolescencia, su adultez, todo... su alma gemela. Casi olvida que deben entregarse las aras, así que Martín se lo recuerda. Está muy nervioso, ambos lo están, llenos de sensaciones nuevas, de gestos que compartirán para siempre, pero, ¿dónde está la diferencia? Lo han hecho durante toda su vida. Argentina le toma la mano. A su dedo, delicadamente, comienza a entregar las alianzas. Mientras, es el sacerdote quien toma la palabra. - El Señor bendiga estos anillos, que van a entregarse el uno al otro en señal de amor y de fidelidad. - Manuel, recibe esta alianza en señal de mi amor y fidelidad a ti. Se ve hermoso y Chile repite el gesto con el dedo del que ahora ya casi es su marido, con una sonrisita simpática. - Martín, recibe esta alianza en señal de mi amor y fidelidad hacia ti. Se voltean hacia el religioso, ambos brillantes y con una nueva aura resplandeciente. El sacerdote vuelve a sonreírles, suspirando. Han dado término a la unión, con estas palabras, Martín y Manuel acaban de ser uno. - En el nombre de Dios, nuestro Padre Santo, yo los declaro a ambos, maridos. Se han casado. Se han casado, se han casado, se han casado. Martín no aguanta los impulsos y toma el rostro de su esposo, Manu sonríe tímidamente mientras se besan y aunque el sacerdote no ha dicho la frase que todo el mundo oye en las películas y tampoco lo hará, Argentina no puede irse sin besar a su chico. El padre sólo se ríe ante el atrevimiento, cuando las dos naciones se separan, tienen los pómulos rojos. - Podemos ir en paz, nuestra celebración ha terminado. Los novios se alejan caminando, recibiendo el saludo de todos a su alrededor. Antonio se acerca llorando a Manuel y antes de que el menor pueda siquiera murmurar algo, él ya le tiene cogido de la cabeza y besa su frente con cariño, cerrando los ojos le toma fuerte. - Quiero que seas feliz con el hombre que has elegido por el resto de tu vida –le dice, sin permitir que Chile se enderece- Te deseo lo mejor, mi pequeño. Sabes que estaré para ti siempre. No dudes en buscarme si algo malo ocurre. - No tengai miedo, Antonio. Si el Martín igual es buena persona. España sonríe tristemente. - Eso espero. O O La fiesta es movediza, pero ahora suena el vals. En el centro de la pista, están Manuel y Martín, danzando con suavidad y como si flotaran entre nubes. Se sonríen mientras sus pies se mueven; las naciones podrían asegurar que jamás habían visto a dos tan enamorados. Lovino está tomando un vaso de ron mientras los mira bailar; así se acerca Antonio. - Mi hijo creció tanto... - Uhm –contesta luego de tragar el alcohol- No puedo creer que ese idiota emancipado esté casándose. ¡Y con Manuel! - Admítelo, Lovinito. Si lo supimos desde el primer momento. Sonríe cubierto por el vaso. Los que antes fuesen las colonias de España detienen el baile y Manuel rodea con sus brazos el cuello de Martín mientras sus rostros están muy juntos y la música que comienza a sonar es algo más tropical. Antonio clava sus ojos verdes en los del italiano, de pronto, la mirada pícara le ha cubierto hasta el cuello. A Lovino un miedo le corrompe la médula. - ¿Y nosotros cuándo, tomatito? O O Martín desabotona con sumo cuidado la camisa blanca de Manuel y deja que caiga al suelo. Chile aprovecha para apoyarse en sus hombros y que Martín le tome de las caderas y acabe por cargarle, haciendo que el menor casi de inmediato le rodeara la cintura con las piernas. Pasa sus manos por el cabello rubio del argentino, le toca ese rizo, causa que Martín suelte un gemido pero no se detiene y sigue besándolo. Esto tiene que ser especial. Es su noche de bodas. Es la noche en la que Martín amará a Manuel de la forma más dulce y en la que concretarán todo uniéndose en carne. Hace horas se convirtieron en uno frente a los ojos santos de Dios, ahora se demostrarán lo mismo el uno al otro. Manu sonríe dentro del beso que no acaba, aprieta la cintura de su esposo con los muslos y abre los ojos. Quiere estar mirándolo y perdiéndose en su rostro y los orbes verdes que son como el mar, lo único que desea que le bañe desde este día hasta los siglos de los siglos. - Te amo tanto, Manu, tanto, tanto, gatito... - Yo igual te amo... Chile curva los labios. Él nunca se lo diría, pero adora cuando Martín le llama gatito. O O - ¡Qué envidia! Nosotros tenemos que trabajar como esclavos y ustedes se largan de vacaciones. - Erí cuático, Toño, si es nuestra luna de miel. ¿Qué de malo hay en disfrutar? Chile se mueve de un lado a otro con una sonrisa de pura felicidad en la cara. Antonio podría decir que tuvo una buena noche ayer con Martín y comprueba su teoría cuando ve acercarse al argentino y rodearle la cintura para luego besar su cuello y palmearle el trasero. Manu se ruboriza y lo aleja; le entrega al español una nota con todo lo que su gallina necesitará mientras ellos estén en el caribe. - ¿Por cuánto se quedan? - Un mes y tal vez algunas semanas –responde Martín, echándose en el sillón. - ¿Te llevarás la gallina o te dejamos las llaves de casa? - No, no, no, me la llevo. Iré a cuidarla con Lovi, será como volver a ser padres. Chile suspira, esperando que su mascota quede en buenas manos y esté con vida cuando vuelva por ella. O O El caribe es otro mundo. La muchacha tenía mucha razón cuando les dijo que era como la representación de un paraíso perdido. Martín y Manuel aún están sorprendidos cuando el joven les muestra su cabaña, que está sobre el mar, todo allí está sobre el mar. El agua es turquesa, la arena blanca que se disuelve por los dedos como algodón; y a pesar de que el jet lag es de once horas, los vecinos no pueden evitar sentirse maravillados. Es el mejor lugar que pudieron elegir. Alquilaron, de todas maneras, una habitación de hotel, porque el hotel está bajo el mar y les da ideas para pasar la noche, ¿no sería interesante? Pueden bucear, nadar con tortugas gigantes y más. Es perfecto. Cuando se quedan solos y sus maletas están en la cama, Martín besa a su esposo profundamente, obligándole a recostarse mientras las butacas caen al suelo, haciendo un ruido sordo. - No –le responde Chile entre el beso, intentando alejarse- No ahora, quiero en el hotel, con los corales. Simples fetiches chilenos. O O Así que se quedaron tres meses, soportando las llamadas y los reclamos de sus jefes, pero estar ahí era desconectarse del mundo y los chicos realmente lo necesitaban por un tiempo. Se divirtieron como no lo hacían hace mucho, volvieron a ser unos niños, fueron a fiestas, disfrutaron del paisaje hermoso bajo el agua, y estuvieron en tranquilidad. Nada de papeleos, ni de política, ni de economía, ni toda esa mierda que les complica. Cuando regresan a buscar a la gallina, Martín y Manuel están tostados y con aire caribeño, no querían dejar la isla. Antonio les abre con la camisa desordenada y el pelo enmarañado y los vecinos enarcan las cejas casi asustadas con la vista; además, son capaces de oír la voz de Lovino, que insulta al otro y dice algo como ven aquí y fóll-. No quieren ser abrazados y evitan las preguntas del español, murmuran que desean la gallina de vuelta y fin del asunto. Luego de irse, España todavía se pregunta qué hay en la cabeza de esos chicos. O O Llevan siete meses y doce días de casados. Martín se encargó de celebrar su aniversario hace dos semanas atrás como Dios manda y alquiló una habitación en un hotel bonito en Bariloche y pasaron allí los dos días que tocaron de fin de semana disfrutando de que se cumple una nueva fecha de la unión más perfecta de su vida. Ahora, Argentina lee el periódico mientras toma mate y espera que Manuel termine de hacer los la palta, pero tarda y desvía la vista para preguntar qué ocurre, se sorprende al ver que su vecino no está de pie en la cocina. Deja el diario sobre la mesa y grita su nombre pero nadie le responde; sube las escaleras casi corriendo, entra a la habitación donde guardan las máquinas de ejercicio, Chile no se encuentra; la cierra, va a su cuarto, él no está en la cama ni viendo televisión, pero Martín es capaz de oír arcadas en el baño y cuando desvía la vista, la puerta está abierta. Se apresura en entrar, la imagen le perturba un poco. Su esposo está apoyado en la taza del baño y solloza o gime, pero su cabello se desordena en los hombros e incluso el piso está mojado. Martín se acerca, toma entre sus manos el pelo de su vecino y hace una cola. Le ayuda a pararse, le lava la boca. Ninguno de los dos entiende las cosas demasiado bien. - ¿Te sentís mal? - Parece que boté toda la comida de anoche –confiesa, mirando hacia abajo-. - Tal vez algo te cayó mal. No hay problema, te prepararé algo liviano –Argentina besa su frente, cuando acerca al moreno a su pecho, nota que está temblando- Tal vez unas tostadas, solas. - Sí... -asiente- dale... Los siguientes días las cosas no mejoran. Manuel sigue enfermo, pidiendo permiso en las reuniones para ir al baño y hasta en una ocasión, Martín le encontró desmayado en las afueras de la oficina del señor Piñera. Es entonces que comprenden que esto tomará un curso diferente y mientras conducen camino a casa sin decir palabras, el mayor decide romper el silencio. Es algo que sonará fuerte, pero no se le ocurre algo más, y tomando en cuenta los síntomas de Manu... ¡pero es un hombre! Y una nación que puede dar vida a más territorios, ¿caes en cuenta de ello? - Creo que deberíamos ir a algún hospital. - ¿Uhm? –dice Chile, levantando la vista. Yacía apoyado en la puerta del auto, sin demasiadas fuerzas como para sentarse de manera correcta- ¿Para qué? - Por lo que tienes... - Yo casho que es un virus; si se pasa luego. - No estoy seguro de que sea un virus –insiste y observa el paisaje. Atardece en Pirque, por allá donde ellos compraron su casa, una en la que el patio trasero da al bosque-. - ¿Qué más puede ser? - ¿Y si te hacés un test de embarazo? Las cosas cambian. La mente de Manuel da un vuelco, de inmediato se lleva las manos al vientre y se endereza, casi mirándole enojado. - Soy un hombre –remarca. - Y sos Chile y yo soy Argentina y somos vecinos y compartimos territorio. ¿Alguna pregunta más, mi amor? O O Manuel nunca había estado tan nervioso para una conferencia mundial. Solían ser tan típicas y retrógradas, aburridas y sin sentido, a veces sentía lástima por el destino de los humanos que se veían involucrados por su falta de madurez en situaciones políticas. Mientras camina junto con su marido tomados de la mano, comienza a pensar en cómo lo dirán, ¡estarán todos! Oh bueno, Antonio y Lovino ya lo saben pero... es difícil de todas formas. - ¿Cómo vamos a decírselos? - ¿Uh? –Martín le mira. Sus ojos lucen brillantes y sonríe- ¡Si querés yo les cuento! Estuve ensayándolo ayer. - ¿Enserio? - ¡Sí! Y estuvo bien, hasta me grabé. Debí mostrártelo primero, bueno, ya no lo hice. Como sea, no te preocupés, Manu, yo les digo. ¡Vas a ver! ¡Todos van a tenernos envidia! Martín se ríe y abraza a su esposo de la cintura para ponerle la mano en el vientre y rozar con cuidado. Llegan a la puerta, la abren, todos los países sólo esperaban que Argentina y Chile arribaran para que comenzar; apenas saludan y entran en silencio. Ellos allí les miran sin entender. - ¿Ocurre algo? –Alemania pregunta con su ceño serio. Martín asiente y Manu se encoge de hombros, mirando hacia otro lado. - Vamos a contarles algo. ¡Che, nos envidiarán tanto! Peeero, lo único que tienen que hacer para conseguir lo que Manu y yo tendremos es amor, ¡ah! y practicarlo muchas veces seguidas... - ¡Martín! - Bromeo, bromeo... -le besa la mejilla. - Bueno, ¿qué esperan? Hay una reunión que- - Manu y yo vamos a ser papás. Suelta lo que dirá así, de tapujo. A Argentina le produce risa ver que todos los demás países tiene la boca abierta por la impresión y que no dicen nada. Antonio y Lovino les sonríen, ellos son felices con la idea de ser abuelos. El silencio se hace presente, pasan los segundos y acaban convertidos en minutos y Manuel casi piensa que fue un error decírselos pero cuando Antonio se pone de pie con su sonrisa como el sol y le sigue China y sus hermanos latinos y de a poco se une la demás gente, sabe que no estuvo equivocado. Que la nueva vida que lleva en el vientre tendrá todo esto y más. - ¡Todos estamos felices por ustedes! O O El día del parto es muy confuso, mucho ruido, mucha gente hablando acaloradamente, Martín corriendo de aquí para allá con una cámara en la mano y Chile alega que no quiere ser grabado. Lovino le quita el aparato pero Antonio se lo devuelve, pues él también desea tener para la prosperidad la imagen de su pequeño dando a luz. La operación dura un poco más de una hora; los paramédicos debieron hacer reaccionar a Martín cuando sacaron al niño pues el argentino desmayó en plena acción. Italia del Sur dijo que era un tonto. Pero así va la situación y un tiempo después, Martín y Manuel son padres de un varón, con pelusas rubias sobre la cabeza, con esa boca y nariz que no son más que puntos y sus manos que se tocan entre ellas, sobre la cuna, al lado de su madre, que descansa jadeante y apenas observa cómo Argentina se agacha para dejarle al niño un beso en la frente y murmurar algo con mucha suavidad. - Bienvenido al mundo, mi nene. Carlos Fernando Hernández González nació un día soleado de primavera a las 2 y 14 minutos. Esa hora, Martín no la olvidaría por el resto de su eternidad. O O Tierra del Fuego era de por sí, un pequeño curioso que buscaban la entretención y el conocimiento por donde fuera. Se parece a ti, solía decir Manuel, cuando se sentaba en el sofá y tomaba en brazos a Carlitos para darle el biberón, mientras Martín se sentaba en la alfombra a mirar cómo su esposo cuidaba del hijo de ambos. Él no puede evitarlo, pero todo su interior se revuelve al notar la manera en que Carlitos traga, o cómo toma entre sus manos pequeñas el cabello de Manuel o simplemente que ha heredado su rizo. Son cosas extrañas, sentimientos difusos. No piensa que pueda sentirse más feliz, y si pudiera, oh bueno, sería casi un regalo que no necesita por ahora. Todas las naciones están contentas con el pequeño Carlitos. Como no es común ver niños, ellos no pierden el tiempo y visitan a Chile y Argentina, y piden que lo lleven a las reuniones y acababan haciendo nada por estar jugando con la isla. Su vida se ha vuelto completa. O eso creen. Pero la mayoría de las tardes son felicidad entreteniendo a su hijo y sacándolo a pasear, a dar una vuelta al parque, a caminar cuando cumple el año por la plaza o llevarlo hasta cualquier lugar correcto para la diversión del pequeño. Las cosas no pueden ir mejor. Son felices. Tiene un hijo, un amor a prueba de todo y pronto cumplirán un nuevo aniversario; lo que ellos no esperaron fue que viniera con otra sorpresa. O O - Estoy embarazado –dice, simplemente. Se da la vuelta y camina hasta la cama y allí se tira abriendo los brazos, mientras Martín suspira inconforme detrás. No es que no quiera otro hijo, planeaba expandir aunque fuese con un integrante más la familia, pero Carlitos todavía es pequeño, apenas ha cumplido los dos años y si ya estaban atareados de deberes y cansados, no sabían cómo lo harían con otro niño. Argentina se acerca a su esposo y se coloca encima, pasándole las manos por el vientre. Le besa el cabello y le escucha sollozar. Lo calma con las canciones que le canta a Carlitos para dormir. - Está bien, Manu, va a estar bien. Saldremos de esta y criaremos a... - No quiero otra guagua–admite, completamente sincero. Se da la vuelta para mirarlo.- Estoy cansado con Carlitos. Uno ya es suficiente. - No podemos hacer algo de todas maneras. Yo... - Tú también lo estai, Martín. No es sano. Quiero volver a nuestra relación de antes, no quiero estar gordo nueve meses otra vez, no quiero tener que cargar con... - ¡No hables así! –la voz del argentino suena fuerte. Se aleja y Chile se acomoda viéndole con el ceño fruncido- ¡Yo sí quiero tenerlo! - Es porque vo' no lo vai a cargar dentro todo el tiempo, a ti no te abrirán para sacarlo ni sentirás que se mueve ni tendrás deseos de vomitar y toda esa mierda. Martín realmente se siente molesto. No puede creer la manera en la que su esposo habla ni cómo las cosas se arruinan tan rápido y cómo es que él ve al pequeño en su interior como algo que llegará para fastidiarles. No lo comparte, ni siquiera está de acuerdo. Se pone de pie y se aleja, a la vez que Manu lo sigue. - No puedo creer que estés diciendo esto, no dijiste lo mismo cuando Carlitos... - Estaba feliz porque era primerizo, tenía miedo pero no había nada más de qué preocuparme. Sólo quiero decir que... - Que el niño va a estorbar, lo entiendo. - Tenemos un hijo y es tan pequeño aún y nos necesita. - ¿Acaso el que llevas ahí no va a hacerlo también? Logra quitar de los ojos marrones algunas lágrimas, pero muy poco notorias. Martín siempre es débil ante ello y le abraza y Chile se acurruca en su pecho largándose ya a llorar. Argentina le soba la espalda, su mirada perdida en la pared y piensa que es hora ya de que su hijo tome la leche. - Tengo tanto miedo... -oye susurrar a su esposo, pero no hace más que besarle el cabello. - No te preocupes. Yo estoy aquí, siempre lo estoy... O O Desde un principio, el doctor les había dicho que el embarazo de Manuel era de alto riesgo. Eran gemelas, venían en una misma bolsa, compartían el mismo espacio, Agustina y Julieta necesitaban de mucho reposo, muchos cuidados de su madre para salir bien paradas del vientre, pero todo eso no pudo ser. Quizás fueron las reuniones agitadas, los ir y venir a todas partes del mundo, las direcciones, las madrugadas, o simplemente el estrés y el cansancio, que terminaron por sellar el destino triste de las gemelas. Nacieron prematuras, de siete meses. Manuel fue internado por dolores agudos y sangramiento y estuvo recluido en la clínica toda la noche, hasta que las niñas vinieron al mundo mediante parto natural, luego de una limpieza exhaustiva. Martín esperó fuera de la habitación con Carlitos, que, a sus dos años, casi tres, no comprendía nada de lo que le ocurría a su mamá; pronto llegaron para hacerle compañía Italia del Sur y España, el mayor sobretodo preocupadísimo por el estado de la nación que quería como a un hijo. - Nadie ha dicho nada –murmura inquieto, y Lovino le quita de los brazos a Carlitos. A las una con treinta y tres de la madrugada de un viernes nace la primera niña, Agustina Almendra, pero lo hace en condiciones paupérrimas, casi sin señales de vida y con el corazón débil; no llora y los especialistas ahí repiten el procedimiento hasta que están seguros que es factible llevársela hacia una incubadora. Quince minutos después, viene la segunda bebé, Julieta Pascalle, y los doctores se dan cuenta con lástima que la pequeña se ha ahorcado a sí misma con el cordón umbilical. Intentan reanimarla, pero es inútil, su deceso es a la misma hora, y no se lo dicen a la madre, aun cuando Chile delira por saber qué es lo que está ocurriendo. Uno de los paramédicos sale y le avisa a Martín. La reacción del rubio es la peor y tiene que ser sostenido por Antonio para no caer al suelo. Son sus gemelas, sus niñitas, las esperaba, las quería, desde que se enteró que venían en camino, esto no es justo. ¿Por qué ya no pueden ser felices? ¿Qué hicieron de mal para merecer el peor dolor que se les puede causar a dos padres? Muerte aparece escrito en sus destinos casi con sangre. Sin embargo, no ha acabado. La noticia que le golpea después es muy próxima y alarmante y cuando el doctor aparece corriendo buscando quién sabe qué y apenas puede murmurar que el estado de Manuel es delicadísimo y después asoma una nena que le grita al doctor que la septicemia se está saliendo de control, parece que por fin su mundo se ha derrumbado. Su querido esposo tiene un envenenamiento a la sangre, y la mitad de las personas mueren con ese diagnóstico; a la única opción que Martín se aferra desesperadamente es que ellos no son como los demás, que toda una nación depende de un cuerpo y simplemente ninguno puede morir, pero siente miedo al siquiera pensar que Carlos, o la gemela solitaria, pueda tomar de remplazo el lugar de Chile. Lovino y Antonio se enteran también, con el dolor de su alma deciden irse de ahí y llevarse al niño con ellos. Le dicen a Martín que sea fuerte, porque Manu lo es y saldrá bien de esto, pero el argentino se niega y pide que Tierra del Fuego se quede con él. - No –Lovino se pone firme, alejándose, sostiene mejor a Carlitos- No podrías cuidar de él ahora. Cuida a tu esposo, él te necesita. Nosotros nos haremos cargo de Carlitos. Antonio le da una larga mirada antes de largarse de ahí junto a su novio. El día de la boda, Manuel le dijo que no tuviera miedo, que Martín iba a ser capaz de cuidar muy bien de él; suspira. Ahora espera que sólo pueda cumplirlo. A las horas después, Italia del Sur prepara la cama que comparte con España para acostar a Carlitos y sale de la habitación para saber cómo se encuentra. El bebé reposa en el hombro de Antonio mientras él le da golpecitos suaves en la espalda mirando hacia cualquier lado. Italia del Sur siente lástima y toca su hombro; haciendo que el español despierte de inmediato y parpadee, sin entender. - Sé que todo va a salir bien, Manuel es un hombre fuerte, ¿sabes? - No sé si lo suficiente para soportar esto. - Va a lograrlo. Tiene a Martín. Nos tiene a nosotros; tiene a su hijo y a ese bebé pequeño que necesitará de su amor más que nadie. Antonio asiente distraído. Carlitos se duerme lentamente sobre él hasta que los dos oyen la puerta ser tocada y él va a abrir, esperando que no sea algo malo, pero grande es su sorpresa al ver ahí afuera a Martín, jadeando y con los primeros tres botones de su camisa desabrochados. Tiene los ojos cristalinos. - ¿Qué estás haciendo tú aquí? –dice, sin entender- ¿Le pasó algo a Manuel...? - Devuélveme a mi hijo, España –es lo único que dice; intenta coger entre sus manos el cuerpo pequeño de Carlitos, que se despierta inquieto por el forcejeo entre su padre y su abuelo. Lovino abre mucho los ojos y se acerca corriendo, intentando ayudar-. - ¡No! ¡Vete a la clínica con Manuel! ¡En esas condiciones jamás dejaría que Tierra del Fuego fuese contigo! ¡Suelta a Carlitos! ¡Lo vas a dañar! - ¡Devuélvemelo! –le sigue gritando. El niño se despierta por completo, casi a punto de llorar- ¡Es mío! ¡Tú no tienes derecho! - ¡Suéltalo, Martín! ¡Déjalo, le estás haciendo daño!
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