Alma nace primero y pesa 2 kilos y 610 gramos. Noa viene ocho minutos después y Martín sonríe porque lo nota más chiquitito: la báscula marca 2 kilos 400 gramos. Son llorones y agitadores y mueven sus manitas y achinan los ojos, como si supieran que el hombre que los sostiene no es su papá y buscaran con desesperación el olor de aquel que sí lo es. Martín no para de alegrarse y su mueca está intacta cuando le entrega los niños a Ián. Uno en el brazo derecho, el otro en el izquierdo e Ián se tiene que reír, se tiene que acercar a Gaspar, exhausto ahí en la cama limpiando la bilis en su mentón. Alma y Noa son muy blancos, con una nariz de punto y boquitas rojas del tamaño de sus uñas. Noa es rubio, sus motitas delicadas parecen pelusas amarillas que podrían volarse. Alma, en cambio, es colorina.
— Acomódalos en sus pechos, calostro debe tener igual. Mirá, Gaspar, mira estas cositas pequeñas.
Ián se acomoda en la cama, lentamente y las dificultades para Gaspar no existen. Agarra a Alma primero y la revisa entera. Le toca las manos y le cuenta los deditos. Toma sus piecitos y mira sus uñas. La da vuelta y le observa la espalda. Recién cuando parece seguro de algo, le da el pecho. Sucede con Noa igual. Martín y Maida no pueden darse cuenta de las razones, pero Ián sí. Recostado a su lado le da un beso en la mejilla, lo huele profundamente. Están bien, ellos están bien, musita cerca. Gaspar cierra los ojos. Los mellizos le maman con suavidad y la cama se convierte ahora en el nido de ellos cuatro. Martín y Maida hacen intentos para salir de la habitación, entonces Ián puede suspirar su paz. Besa a Alma ya Noa, mientras intenta evitar que Gaspar se hunda en un sueño profundo. Su intimidad es una burbuja de amor en la que no cabe nadie más; Ián no puede notar a Martín parado en el umbral, espiándolos sigilosamente antes de cerrar la puerta por completo.
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La pediatra de los mellizos es una holandesa de lo más simpática. Se ríe mucho y pone música para los niños mientras los revisa, así que Alma no tiene que llorar por estar en brazos de otra persona y Noa puede dormir un poco más. Dice que son niños muy sanos, que están creciendo muy bien y que la fórmula les está sentando de maravilla. Les da hora para el siguiente control a los próximos quince días.
Cuando llegan al departamento, Ián se muda a Noa otra vez. Después les preparan las mamaderas y los observan juntos en sus moisés mientras Gaspar está en el baño. Canturrea alguna canción de cuna vieja con la que el Papá lo acunaba cuando era un bebé, suave y tiernamente. Los ojos de Alma, abiertos de par en par, parecen verdes o azules o algún color entremedio de ellos y no para de verlo, siguiendo sus movimientos con los deditos crespos. Noa duerme tranquilo luego de su cambio de pañal. Ián está agitando la mamadera cuando Gaspar aparece por la cocina pasándose las manos por la cara. Su olor es como si inundara toda la casa, dulce, cremoso y penetrante.
— Gracias por hacerles la leche, me duele demasiado la cabeza.
— ¿Tomaste algo?
— Colmax —responde Gaspar, sentándose en el sillón. Tiene en brazos a Alma, moviéndola hacia arriba y hacia abajo y estira la mano con rapidez para recibir la mamadera tibia y la boquita de Alma, golosa y ansiosa, se prenda al chupete rosado al instante. — Tan buena para comer que es esta guagua —comenta, pero no mira a Ián. Mantiene los ojos prendasdos en su hija, observándola con la mirada de mamá más dulce.
—Igual que su mamá. —Ián se ríe como siempre. Pegajoso y cómplice, tomando a Noa en brazos y sentándose a su lado, despertando al niño con su pura voz.
Gaspar no le responde, tampoco lo ve en realidad. Mira a Noa ya su pelito rubio en la cabeza y le roza con mucho cuidado, casi con miedo e Ián está igual en verdad, sintiéndose aún demasiado torpe con su hijo de quince días en sus brazos. Tan inexpertos como ansiosos, la paternidad ha entrado como un soplo en sus vidas. Desordenó la rutina y las creencias y hasta los sentimientos, pero es fresco a la vez, los llena de vigor y de alegría.
— Cuando hablábamos del color de pelo de los mellizos nunca me imaginé que la Alma iba a ser pelirroja, ¡mírala! ¿A quién salió colorina?
— Al Tata —Ián contesta, acomodando a Noa— El Tata cuando joven era colorín. La hubiera adorado, el Tata, si la hubiera conocido.
Por segundos, los sonidos únicos del departamento son las succiones de los mellizos contra sus chupetes.
—Capaz que el Tata hubiera entendido —susurra Ián— Nos quería mucho.
A Gaspar no le queda más que cerrar los ojos.
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El reloj marca las tres un cuarto de la madrugada cuando Gaspar se despierta por los llantos de Alma. Son agudos y vivaces y pegan justo en su oreja por la cuna en su lado de la cama. Gaspar aprieta los párpados y después se queja, muy agotado como para levantarse al instante, pero con la intención sincera de no hacer un berrinche. Refriega la cara en la almohada y Alma nota su desesperación. Se lanza a llorar más fuerte, entonces Gaspar hace un ruidito con la boca, temiendo que ahora Noa le siga el llanto también. Los días desde el nacimiento de los mellizos han significado horas de sueño destruidas, incómodas y agotadas. Cuando Alma da un chillido con particular volumen, para Gaspar no existe nada más que la pataleta.
El calorcito se pierde de repente, Ián se sienta en la cama y Gaspar solo ve su espalda.
— ¿Qué quiere? —le pregunta, con la voz pesada por el sueño.
— Tiene hambre —responde Gaspar, todavía con los ojos cerrados.
—Yo le hago la papá.
Ián se levanta, aunque hace mucho frío y coge a Alma, envolviéndola con la mantita de polar amarilla del closet y se la lleva hablándole despacito y Gaspar levanta la cabeza y lo ve marcharse a la cocina y piensa que tiene al mejor alfa del mundo.
Noa está suspirando demasiado fuerte, como si quisiera despertar y Gaspar se da cuenta de ello al mismo tiempo que su celular le avisa que tiene un mensaje nuevo. Su curiosidad no se aplaca por la hora ni el sueño y rueda hacia la derecha para cogerlo desde encima del velador. Es un mensaje de w******p de un número desconocido. Gaspar pestañea muchas veces hasta que se acostumbra al brillo de la pantalla.
>> Hola Gaspar, soy el doctor Martín Hernández. Encontré tu número en la base de datos del hospital y quería saber cómo te tiene sentido después del parto.
Gaspar frunció el ceño. Se sienta en la cama y mira primero a Noa y luego al pasillo de la habitación. No hay rastro de Ián ni de Alma.
>> Hola doctor. He estado muy bien, gracias.
Duda si mandarlo al principio. Su respuesta escueta no busca más que una salida y un término conciso.
Ián le está reprochando a Alma lo mala niña que es por despertarlos tan entrada la madrugada.
¿Habrá pensado Martín que son las 3 de la mañana?
>> Perdón por la hora. Escribí el mensaje antes, pero no se había enviado.
Gaspar quiere teclear, pero el doctor se adelanta.
>> ¿Cómo están los mellizos?
>> Están muy bien. Ián se acaba de levantar a hacerle la leche a la Alma, despertó llorando. Noa nada que ver, es muy tranquilo.
Tenemos que esperar que se entibie un poquito y ya está listo, ¿tenés mucha hambre, princesa?, Gaspar puede oír la voz de Ián desde la cocina y los dedos le pican.
>> ¿Ián es un buen papá?
Gaspar responde rapidísimo:
>> El mejor de todos.
Lo que Martín manda de vuelta es extraño. Gaspar lee y luego ve a Noa moverse incómodo en su cuna.
>> Ián es un alfa muy afortunado.
Su llanto es sutil y suavecito, como si no quisiera molestar. Gaspar deja el celular sobre la cama, oye un nuevo mensaje recibido, pero se levanta irremediablemente. Noa se contrae como un cordero. Enternecido, lo toma en brazos, lo acurruca en su pecho y vuelve a acostarse y es la cosa más dulce sentir cómo Noa le busca el pecho, le busca su olor a crema ya omega ya mamá.
— Ián, Noa despertó. Tiene hambre también.
Ián grita "yaaa" así que Gaspar se acomoda en la cama, con su guagua cerquita de él. Estira la mano hacia la mesita y agarra el celular. Abre el chat y lee. Noa solloza con una delicia gigante.
>> Piensa mucho en vos.
El reloj marca las 3:30.
Cuando Ián vuelve a la pieza, Gaspar apaga el celular. Le sonríe y le abre las sábanas. Acomoda a Noa encima para recibir la mamadera tibiecita y lo deja tomar. La carita de Alma está calentita y Gaspar puede sentirlo en el momento en que la acaricia mansamente. El olor de la pieza, con ellos cuatro dentro de la cama, es pura perfección. Pura dulzura y amor, en realidad, puro cariño de familia, de papás y de hijos y de una pareja ideal. Ián le susurra cosas al oído, pero lo que le eriza los pelos a Gaspar es su aroma y su presencia, el calor que de todo su cuerpo se desprende.
No ha habido ni una decisión más correcta que esta, piensa entonces. La decisión más acertada fue enfrentar su destino. Echarle cara a todos sus sentimientos que no estaban equivocados. Estaban latentes, vivientes y confiados. Tenían la base más sincera y más concreta del mundo: no estaba solo; no solo amaba, sino que también era amado. Las guaguas que crecían en su guatita y que ahora palpaba en sus manos no eran el resultado de la desprolijidad, la irresponsabilidad y la perversión. Eran fruto del cariño más puro y más inocente. Del amor que ha nacido desde siempre. Del único afecto que alguna vez sería sincero y real.
Eran todo lo que ellos podrían necesitar, alguna vez, para asegurar que su cariño no era un error.
Ián le dice que hoy duerman con los mellizos ahí, entre medio de los dos. Hace demasiado frío y adora el olor y el calor y la sensación y esta vez Gaspar no se niega. Cuando Alma y Noa se terminan la leche, les masajean la espalda y los mudan otra vez. Huelen a candidez y a inocencia, recostados ahí entre ambos. Gaspar apaga la luz, después de recibir el beso de Ián, dulce contra sus labios hinchados. El sueño viene como el viento también, rápido e inesperado. Seguro y en paz, meciéndolos suavemente.
El mensaje de Martín nunca consigue una respuesta.
Martín ha estado pensando sobre esto por un largo tiempo, por un tiempo realmente largo. No puede evitar sentirse nervioso mientras mira el reloj y a la puerta del restorán con inquietud, incluso el mozo posa sus ojos negros en él de vez en cuando, tampoco es que haya llegado hace mucho. A Argentina se le enreda el estómago y la razón es muy clara: ¿no estará apresurándose demasiado? Oh, probablemente sí. ¿Y si Manuel no quiere y le manda a volar? ¡Quizás eso sea lo más confiable!
Expira, se toca el cabello y se el traje. Oye la voz de alguien que está en la entrada siendo atendido y su sonrisa se ensancha cuando ve allí a un hombre vestido tan elegantemente como él, la ocasión y el lugar lo ameritan. Se levanta para recibir a Manuel, observándolo de pies a cabeza. Luce muy bien con el traje n***o y la corbata a juego y el cabello oscuro y más liso que en otros momentos y lleva un reloj brillante.
Se saludan con un beso en la mejilla y vuelven a sentarse. Casi de inmediato el mozo que antes les vigilaba llega y entrega la carta; Martín pidió un bistec con acompañamiento y Chile un plato en español que le fue difícil al argentino incluso pronunciar; una buena botella de vino tinto y luego irían por el postre. El hombre moreno se va y Martín se queda mirando al rostro de su país vecino, parece tan tranquilo y pacífico, que incluso se ve más hermoso. Oh bueno, lo ha sido desde siempre.
Martín podía decir el momento exacto en el que se enamoró de Manu; el día que Antonio lo trajo por primera vez y él se escondió en cualquier habitación y sólo hablaba en mapudungun pero entonces le pidió a él, y solamente a él, que le dijera dónde estaba su gallina y murmuró en el idioma que España tanto se esmeraba por enseñar y entonces Martín supo que era especial.
Se queda mirando a sus ojos, a esos preciosos orbes castaños, del color de los últimos de los troncos antiguos y Argentina sonríe para sí mismo, agachando un poco la mirada.
- Gracias por invitarme, Martín. Estaba ajetreado con tanto trabajo y realmente necesitaba un descanso –suelta una pequeña risilla, bebiendo del vino que le ha dejado el mozo. Oh, sonido tan dulce para los oídos del argentino, pero él no le contesta, de pronto, parece más ocupado en mirarle el rostro- ¿Martín...?
- ¿Has oído alguna vez la frase ''me perdí en tus ojos''? –dice, con los pómulos algo rojos. Chile abre un poco la boca, mezcla de risa y timidez, sin embargo no dice nada y se rasca la mejilla derecha-. ¿Qué?
- ¡Qué cursi! –Salta finalmente, dando una risotada fuerte- ¡Weón, ha sido lo más cursi que hay dicho!
- ¿Qué? ¡No, no lo fue! –se defiende. Manuel ríe y el mozo llega, trayendo los platos en una especie de cochecito-.
Los latinos agradecen, reciben sus comidas y proceden de inmediato. Chile toma el cuchillo y el tenedor para trozar una especie de pollo bañando en salsa y Argentina observa eso por el rabillo del ojo. A él le hubiese gustado pedir solo una hamburguesa y una coca cola pero no era correcto en ese entorno, lleno de gente elegante, en un lugar dónde olía a incienso y cuando estaban vestidos como lo hacían en las ocasiones más importantes.
Comen con un tema de conversación común, hablan sobre el trabajo pero Martín le dice que es mejor dejar eso a un lado, vinieron aquí a disfrutar. Manuel asiente sonriendo y limpiándose la boca y conversan a cerca de las vidas sociales y el paseo a Machupichu que disfrutarían en algunas semanas.
Cuando acabaron sus platos, Argentina comenzó a tensarse más. Metió la mano al bolsillo de su pantalón de tela tanteando la pequeña cajita de terciopelo y viendo que Manuel ya pedía el postre. Él simplemente no podía comer más porque tenía mariposas en el estómago y el corazón le latía fuerte y con ritmos irregulares y las manos le sudaban. Echó otro vistazo a su novio, que se llevaba delicadamente la cuchara a la boca y saboreaba el helado en sus labios, luego la dejaba a un lado y comía con los dedos las galletas con relleno de chocolate en forma de tubo. Oh, qué gracioso ángel.
Se corrió un mechón de pelo que le tapaba los ojos verdes y sacó la mano de su pantalón. Tomó la de Manuel haciendo que la galleta cayera en el mismo helado y que el muchacho le mirara confundido pero sin cubrir el leve sonrojo de sus mejillas. Argentina acarició ahí, sonriendo a la vez que sus dedos pasaban por la piel de Chile una y otra vez, es tan tersa y suave, a veces sigue sorprendiéndole cómo es que parece que en el rostro de Manuel no hay lugar para las imperfecciones.
Él le regala una sonrisa, una bonita sin mostrar los dientes. Martín se muerde el labio y aleja la mano, mirando hacia abajo; después sube la mirada y se fija en los ojos de Chile, tan seductores y hermosos. Metió la mano de vuelta al bolsillo y con un claro nerviosismo comenzó a hablar.
- Manuel González, te he conocido prácticamente toda mi vida. Desde que te vi llegar de la mano de Antonio y estabas escondiéndote de él tras los árboles y en las habitaciones, y apenas asomabas la cabeza para ver si la comida ya estaba lista, fue que supe que eras vos con quién quería pasar el resto de mi eternidad.
Entonces yo deseaba hablarte pero no hacías más que hablar raro e ignorarme y Manu, enserio quería que siquiera me respondieras el saludo, me conformaba con alguna palabra en el idioma de mi suegra, che, aunque eso enojara a mami España; Eras tan lindo... encogiéndote de hombros y con los ojos brillantes intentando buscar a Pueblo Mapuche en el bosque; por eso sentí que protegerte iba a ser mi prioridad siempre. Y luego llegó el día, como a las dos semanas, cuando me preguntaste dónde estaba tu gallina e Italia del Sur se lo había llevado para no sé qué boludés y fue como Wow, él me está hablando a mí. Entonces eso quiere decir que yo soy especial. Pudiste preguntárselo a cualquier criada pero no, me elegiste. Estaba tan feliz, Manu.
Martín se aclaró la garganta, observando su plato a medio comer y echando un débil vistazo a su vecino. Manuel no decía palabras, le miraba fijamente sin atreverse a mover la boca. Se echó hacia atrás y tomó una gran bocanada de aire, con un leve rubor en sus mejillas.
- Siempre me pregunto... cómo es que he conseguido a alguien como tú. Sos absolutamente perfecto en todos los sentidos, Manu, la manera en que actúas, cuando te despiertas en las mañanas con el ceño fruncido y cubriéndote con el antebrazo por la luz de la ventana y esos leves quejidos y te levantás y ni siquiera podés pensar correctamente si no has tomado tu té... o cuando está atardeciendo y te apoyas en el balcón del segundo piso y las hojas del roble caen y te da como un aspecto sobrenatural, como un ángel... o la forma en que los ojos te brillan cuando buscas a la gallina y te enojas y la regañas no aparece nunca...
El corazón de Argentina golpeaba fuertemente contra su pecho y lo único que quería realmente era ponerse de pie y abrazar a su vecino y escuchar que estaba en total acuerdo con todo y...
- Por lo tanto, lo que estoy tratando de decir es... Manuel González, la persona más hermosa, adorable, dulce, cariñosa, increíble y perfecta que he conocido nunca; Manuel González, el hombre del que estoy enamorado, amo profundamente y con quien quiero pasar el resto de mi vida, Manuel González... ¿querés casarte conmigo?
Las lágrimas se aglomeraban en las esquinas de los ojos de Chile mientras escuchaba atentamente todo lo que el argentino tenía que decirle. Él no esperó que se lo propusiera esta noche, que esta noche fuese para ello. Era la víspera de Navidad y en realidad, sólo quería pasar un tiempo con Martín y distraerse del trabajo, y su vecino no encontró mejor opción que llevarle a un restaurante de lujo para una cena a la luz de las velas; había hecho las reservas así que no pudo negarse.
Parpadeó cuando vio que Martín sostenía entre sus manos la pequeña cajita de terciopelo perfectamente blanca y abría poco a poco hasta dejar ver un anillo plateado, con tres diamantes de tamaño moderado, el más grande al centro. Su argolla de compromiso. Las lágrimas se deslizaron ya por su rostro viendo lo hermoso del anillo, no era demasiado ostentoso pero en su sencillez le convertía en la joya más preciosa que jamás había usado y el significado valía por decenas de kilos de oro.
No fue hasta que Argentina carraspeó y dijo su nombre con suavidad que Manuel pareció despertar del ensueño y se dio cuenta que habían pasado un par de minutos desde la confesión y tenía que dar una respuesta.
La respuesta que cambiaría toda su vida.
Millones de pensamientos le cruzaron la mente y no hizo más que mirar a los ojos verdes de Martín y se atragantó con su propia saliva, tartamudeando nervioso.
- Weón... weón, es que no podí... oh, -se ríe casi sollozando, mirando hacia otro lado- ¿enserio?
Martín simplemente asiente.
- Puta... -vuelve a soltar risas, hasta que levanta los ojos y estira los brazos- ¡Obvio que quiero!
Argentina sonrió anchamente, con una mueca tan hermosa que hizo a Chile sentirse en las nubes al sólo mirarla. Tomó el anillo de la caja mientras Manuel acomodaba el brazo, su mano temblando a la vez que Martín acomodaba la argolla en su dedo con suma delicadeza. Se ajustaba a la perfección, siempre supo que lo haría, y Chile se llevó la mano más cerca para observarlo con detallismo.
- Es súper bonito, Martín –dijo, los ojos brillándole por las lágrimas y el mismo reflejo de los diamantes del anillo. Se mantuvo así unos minutos más hasta que se puso de pie, causando que Martín lo hiciera también. Le tiró los brazos al cuello, cerrando sus labios por sobre los de él.
Cuando se separaron, ambos estaban sonriendo como bobos. Martín soltó una carcajada dándose real cuenta de la situación... Manu le había dicho que sí, su Manu... se iba a casar, estaba lleno de emoción y felicidad. Quiso volver a besarle tomándole de la cintura mientras unía sus manos con tanta fuerza. Los dos se sentaron otra vez, como si no pudiesen dejar de mirarse nunca.
- Por momentos pensé que dirías que no, che, ¡tuve tanto miedo!
- Pensé en decirte que no –ironiza- pero ya, ¿pa qué mentir?
Ambos rieron, nada iba a salir mal.
- Bueno, estoy muy feliz de que me hayas dado el sí. No iban a rembolsarme el anillo de todas maneras. –Martín, siempre bromeando. Manuel frunció el ceño divertido.
- ¡Tonto! Obvio que iba a decirte que sí, ¿por qué no lo haría?
- ¡No sé! ¡Estaba tan nervioso que creé un sinfín de situaciones paranoicas! Pero estás aquí y me estás mirando con esa carita bonita y... ya nada más importa.
Los dos se observan, se conocen. No pueden dejar de sonreír, y es que las emociones eran tan sinceras. El silencio les hizo compañía por un tiempo, tiempo en el que Martín tenía la mano sobre la de su futuro esposo, presionando, porque no quiere perderlo nunca.
- Te amo –murmura, de pronto. Chile espera unos segundos para responderle cálidamente mientras se acerca y las narices de ambos se rozan y es como estar en el cielo.
- Yo también te amo.
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Antonio está corriendo de aquí para allá y dando órdenes a los pobres universitarios que han sido contratados para ordenar el recinto y servir la comida a los invitados; pronto tendrá que volar para llegar a la casa de Manuel y ayudarle con los últimos detalles de su traje. Tiene que ser puntual y mira su reloj ¡Cinco minutos de retraso! Los invitados no deben tardar en llegar y Martín tampoco y Chile no quiere hacerlo esperar y planea llegar casi al mismo tiempo y...
- ¡A ver, chavales! –los chicos le prestan atención. Todos se aglomeran formando un círculo que rodea a España, él se mueve con gracia y gesticula- Todo queda en manos de ustedes... están bien preparados y mi hijo me necesita para terminar de ayudarle; quiero que esto quede listo de inmediato. Son las 7 y 20 y el matrimonio es a las ocho, ¡y la comida aún no está lista! ¡No podré hacerla yo así que, tú, Cristián, encárgate! –El aludido asiente, casi de manera militar- Confió en ustedes, háganlo bien. Quiero que hoy sea un día perfecto.
Lo aplauden, Antonio ni tiempo tiene de coquetear con alguna linda señorita porque parte casi volando y su cabellera oscura apenas puede ser notada. El auto se va con velocidad.
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- ¡Pensé que no ibai a llegar nunca! –dice Manuel abriendo la puerta. Antonio se excusa haciendo gestos y entran a la habitación. El traje de Manuel está en la cama, planchado y luce muy elegante. De dos piezas y por completo blanco. La camisa es de una tela exquisita y tiene un prendedor n***o que le da el toque final. Tiene leves diseños en las aspas, pero son casi imperceptibles.
- Vas a lucir tan lindo, pequeño –murmura España, sintiendo el calor paternal invadiéndole.
A los minutos después, Antonio está peinando a Manuel; el chileno se mira al espejo, su cabello ha quedado por completo liso. Tiene la piel muy cristalina y leve maquillaje para cubrir las ojeras –anoche le costó mucho conciliar el sueño- pero se ve maravilloso. Su papá pasa el cepillo por el pelo y susurra que está muy suave y huele bien, y Manuel se siente orgulloso. Para terminar la sesión de belleza, el español le delinea los ojos con el lápiz n***o y entonces Chile parece realmente un ángel.
Le ayuda a vestirse. Él se mira al espejo. Este es el día más importante de su vida, quiere verse perfecto. Todo está limpio, bien planchado, sin arrugas. Lo que más le gusta es el pequeño prendedor n***o con forma de corbata, se lo regaló Antonio.
- ¿Cómo me veo, Toño? –pregunta, separándose. España sonríe levemente.
- Eres el novio más hermoso que he visto en mi vida.
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En la otra casa, Martín está paseándose de un lado hacia otro esperando que Lovino acabe de planchar su traje; ¿por qué tuvo que hacerlo otra vez? ¡Estaba lo suficientemente liso! Pero el italiano tenía que llegar con la excusa de que si no venía él acabaría por arruinarlo y Manuel no se merecía eso y le obligó.
Quiere tomarse un mate pero ya se lavó los dientes, así que no sería adecuado. ¡Está tan nervioso! Se ha mordido las uñas, incluso después de hacerse la manicure.
- ¡Lovino, ya! ¡Tenemos que irnos, se hará tarde!
- ¡Lo sé, pero es que tú eres un irresponsable y un idiota y mira cómo has dejado esto!
Es un conjunto muy lindo. La chaqueta es negra, los pantalones también y la camisa y la corbata blanca. Va a verse muy guapo.
No tolera que Argentina siga reclamando y lo manda a darse una ducha. A regañadientes el argentino lo hace, su mente está llena de confusiones y miedos; no puede evitarlo pero esto es todo algo nuevo. Va a casarse... va a formar un hogar con Manuel. Va a serle fiel por el resto de su eternidad, va a amarle, a respetarle, a cuidarle y, ¿quién sabe? Tal vez todo eso se materialice algún día. ¿No sería lindo ver en la ropa de Manuel una pequeña protuberancia? Sonríe mientras el agua le moja los cabellos. Vale soñar.
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Martín está saludando a los invitados con su sonrisa gigante. En las puertas de la iglesia los países y sus superiores junto con sus familias siguen llegando y él tiene que hablar con todos. España e Italia del Sur están juntos observándole. ¡Oh, cuánto ha crecido su pequeño Martín! Es todo un hombre con esa ropa que deja admirar sus atributos masculinos.
- ¿Cuánto tardará Manuel? –pregunta de pronto Italia del Sur, comenzando a caminar para juntarse con la ex colonia de su novio. Antonio se queda ahí de pie.
- Debe estar por llegar. Dijo que no quería demorarse como una chica.
Martín y Lovino entran a la iglesia, Antonio se va hasta la vereda y saca su celular para llamar a Chile. Se comunica luego, le dice que estará ahí en pocos minutos y no es mentira.
Cuando Antonio lo ve, la sonrisa de su rostro se ensancha y corre hasta él. Manuel se encoge de hombros. España le murmura palabras de cariño, le besa la mejilla y le ofrece el brazo. Chile lo acepta y con un respiro profundo, oyen la música instrumental sonar y comienzan a caminar.
Bajo todas las miradas, Manu le susurra a España que comió un pan con queso antes de salir pero asegura que se lavó los dientes; los dos se ríen un poco y siguen la marcha.
Allá adelante, Martín mira a su enamorado como si no existiera mañana; cuán hermoso se ve enfundado en el traje blanco, le da un aspecto aún más sublime. Su cabello liso y oscuro, la manera en que camina con gracia y se ríe mirando a todas las personas y sonriéndole a su superior. Cada vez se acerca más, oh, el corazón le late con fuerza como los caballos a galope; por Dios, Antonio acaba de abrazarle y desearle suerte y Manuel ahora le está mirando a él. Tiene que reaccionar.
- Te ves precioso, Manu –es lo único que puede decir. Chile se sonroja pero sonríe, asintiendo y llevándose un mechoncito de cabello tras la oreja.
- Y vo' no te veí tan mal, tampoco.
Ambos se dan la mano y se voltean quedando frente al sacerdote, que les ve con solidaridad y ternura. Martín echa un vistazo a Manu de nuevo, a su traje pulcro y blanco pero más específicamente a su perfecta nariz, sus labios un poco carnosos y sus ojos... sus ojos.