Así que él no dice nada de los coqueteos de Manuel sabiendo que Chile volverá a rajarlo comparte verbalmente con palabras que no entiende ya dejarle claro que a él no debe preocuparse con quiénes cama. En cambio, Martín se burla de Manuel por el fútbol y un montón de cosas más.
Es casi como cuando eran niños. Excepto que todavía recuerdan los malos tiempos y Martín tiene que controlar el impulso de acorralar a Manuel en una pared y besarlo porque sí, incluso si Manuel lo golpea. Argentina todavía tiene esperanzas de que algún día la otra nación por fin se dará cuenta de que ''te amo'' no significa ''eres mi mejor amigo''.
* *
Ha pasado tanto tiempo que Martín está listo para darse cuenta por vencido, algo que él detesta porque él es Argentina y es un príncipe y los príncipes nunca, nunca se dan por vencidos, siempre tienen que cumplir su deber con la princesa.
Y por supuesto, también se supone que todos los príncipes consiguen su final feliz.
¡Una disyuntiva!
Quizás realmente Manuel no quería ser su doncella.
Cuando Martín abrió la puerta, no estaba seguro de estar haciendo lo correcto. Con el paso de los años, la culpa le seguía inundando en estas ocasiones y probablemente la Navidad de este año no sería distinta. Como Navidad por medio, Daniel había permitido que Isidora, la hija que tenían en común, se quedara en su casa hasta el día 25. Y Manuel había tenido la buena voluntad de aceptar, como solía hacerlo, que la niña compartiera habitación con Agustina y con Ema. Martín sabía que a Ema no le caía nada bien y por eso estaba profundamente agradecido de que su niñita permitiera que Isidora durmiera junto a ellas.
Era complicado, Martín estaba más que seguro de eso. Por cómo habían sido las cosas, por cómo él y Daniel se habían distanciado. Isidora tenía 10 años, solo un año más que Ema y es que había nacido cuando Martín y Daniel estaban separados y él ya tenía una nueva vida junto a ese omega enojón y caprichoso que había conocido cuando viajó a Reñaca. No tuvieron oportunidades. Las chances se habían escapado. Isidora vivía en Argentina con Daniel y cruzaba la cordillera cada cumpleaños por medio, cada fin de semana largo por medio, cada festividad por medio. Y Martín la quería. La adoraba, pero no sentía esa conexión irremediable que había entre él y los hijos que tenía con Manuel, y sabía que era simplemente porque nunca había vivido a su lado.
— ¡Hola, Isi! –oyó a Manuel decir y tuvo que sonreír, ¿cuándo dejaría de ser así de correcto, de perfecto?— Pasa, ya vamos a comer. Ya serví todo. Martín, ¿por qué andai con ese gorro? ¡Hacen como 30 grados de calor!
Martín no dejó su sonrisa pero sí se quitó el gorro y lo dejó sobre un sofá cuando entró a la casa. Sentados en la mesa estaban todos sus niños y lo miraban a él ya la niña, que era su hermana, profundamente. Martín agarró los hombros de Isidora y la guió por el pasillo al comedor hasta ubicarla en el asiento que estaba desocupado, cerca de donde él mismo solía sentarse a comer. Ema no la miró y Martín lo notó, pero Sofía y Benja y Agustina le dieron una sonrisa y el niño le saludó de inmediato.
— Isi, ¿quieres ver la camiseta de Alexis que me compró mi papá? –le preguntó, pero Manuel le tomó el hombro.
— Benja, la Isi recién viene llegando y vamos a comer. Cuando terminemos, le muestras tus camisetas.
— ¿Puedo ver a Gastón? –susurró Isidora, muy despacio y tímida.
— ¡Sí! Está en nuestra pieza, pero más rato, comamos primero. Ya son las diez y ya va a llegar el Viejito.
Martín no quitó sus ojos de Isidora durante toda la comida, ni siquiera cuando Manuel le buscaba alguna conversación o cuando Sofía empezaba a contar que tenía promedio 6,8 y Benjamín le enrostraba que él era mejor en matemáticas. Ema se llevaba el tenedor a la boca silenciosa, y apenas sonreía o asentía cuando Agustina le tomaba del brazo y le pedía que dijera algo. Martín lo notó y se lamentó, ojalá sus niñas fueran tan unidas como él quisiera que lo fueran.
La comida seguía entre risas de los niños y los ladridos de Alan cada vez que se oían los gritos de otros chiquillos afuera, por las calles del condominio. Martín le dijo a Manuel que la comida estaba exquisita y alabó la forma en que hacía que el pavo se deshiciera en jugo dentro de su boca. Isidora solo admiró la manera en que su papá y Manuel se miraban a los ojos.
Cuando terminaron de comer, se quedaron charlando hasta que dieron quince minutos para las doce. Entonces Manuel le guiñó el ojo a Martín y él lo entendió pero Isidora no comprendió su gesto.
— Niños, ¿por qué no van a buscar con Martín al Viejito Pascuero? ¡Ya van a ser las doce, ya va a llegar!
— Pero, ¿por qué no podemos quedarnos aquí y esperarlo? –preguntó Agustina y Manuel frunció el ceño.
— Bueno... no, porque... porque el Viejito no permite que los niños lo vean entregando los regalos pero sí pueden verlo volando en su trineo. Ya, ya, vayan, vayan.
Martín le dio la mano a Isidora, que parecía perdida y confundida en las calles del condominio, a pesar de que solía salir a la plaza cuando estaba en esa casa. Veía desde más atrás a Ema, Agustina, Benjamín y Sofía corriendo y charlando con otros niños y señalando al cielo en busca del trineo del Viejito. Isidora iba caminando a su lado pero muy parsimoniosa, sin la emoción de sus demás hijos, Martín pensó que quizás echaba de menos a Daniel y se lo preguntó.
— Un poco –respondió la niña, pero no dijo nada más—.
—Isi, yo...
- ¿Mmm?
— Yo quiero que vos y tus hermanos... se lleven bien.
— Pero nos llevamos bien. –argumentó Isidora de inmediato—
— En febrero vas a venir con nosotros de vacaciones y quiero que... que disfrutes de salir en familia. Soy tu papá y también quiero estar con vos.
— Vos ya tenés una familia –dijo Isidora, caminando un poco más rápido— Manuel y mis hermanos.
— ¡Vos también sos importante para mí, no sabés cuánto! –Martín saltó, deteniéndola y mirándola a los ojos. Sus mismos ojos verdes, los mismos ojos de Daniel, el mismo color que compartía con Sofía, con Agustina y con Gastón.—No es que yo ya tenga una familia, vos sos parte de mi familia. Mi familia es la mejor cosa que tengo y vos sos parte de ella. Isi, solo por una vez... me gustaría verte contenta en mi casa, con Manuel, con tus hermanos.
— Papá, estoy contenta –Isidora contestó—.
—No lo parescés. Pero dale... no voy a arruinar la Navidad. Vamos a buscar a Papá Noel, ¿sí?
— Papá Noel no existe, papá.
Martín abrió mucho los ojos.
— ¡Sos una nena! ¿Quién te dijo eso?
—Papá. Pero no te preocupes, no les contaré a mis hermanos.
Martín no dejó de pensar que Isidora no encajaba en casa o que él había cometido un error muy grande permitiendo que Daniel se quedara con la niña. Miró su reloj y vio que las doce habían llegado, así que llamó a los niños y los vio devolverse corriendo hasta su lugar. Sofía agarró la mano de Isidora y Martín observó cómo le contaba algo que no podía escuchar y que no quería escuchar.
En casa, los regalos estaban puestos bajo el árbol de navidad. Manuel tenía en brazos a Gastón y la guagua dejó salir una sonrisa torpe y chistosa en cuanto vio a su papá. Martín lo cogió en brazos y se sentó en el sofá con él. Isidora se acercó y le miró, Martín estiró la mano para acariciarle el cabello castaño.
— ¿Puedo cargar a Gastón?
— Sí, pero con cuidado –respondió Martín.
Así lo hizo la niña.
— Oh, pero el Viejito Pascuero ya dejó los regalos –dijo Agustina, sentándose en la alfombra cerca del árbol.
— ¡Nunca podremos verlo! –se quejó Benjamín.
— ¡Se demoraron mucho! –Manuel habló, con un toque de gracia en su voz.— ¡Pero veamos lo que les trajo!
Todos le hicieron compañía a Agustina y se sentaron alrededor del árbol de Navidad, excepto Manuel, que se quedó de pie para entregar los regalos. Tomó un paquete y leyó el nombre con los ojos achinados, rapidísimo dijo: "del Viejito Pascuero para la Sofi" y al instante vinieron los aplausos y los gritos de los niños y Sofía, con su vestido azul y sus zapatitos negros le dio un beso. en la boca a Manuel y recibió el paquete entre sus manitas. Martín les sacó una foto con su celular y dijo que las publicaría en cuanto terminaran.
Así fue pasando con cada uno de los niños, incluso para Alan. En un momento, Manuel consiguió uno que era de Martín para él, le dio un beso de agradecimiento en los labios y tomó una cajita envuelta en papel rojo y cinta verde y leyó la etiqueta.
— Del Viejito Pascuero para la Isi –dijo, y se quedó viendo a la niña. Isidora apretujó a Gastón en sus brazos.— Ven, Isi, recíbelo –Manuel la animó, sin embargo, Martín negoció con la cabeza.
— ¿Podrías entregárselo vos, Ema? –preguntó y hasta los niños se le quedaron viendo.
Ema se mantuvo en silencio.
— ¿Ema? –murmuró Manuel.— Ema, ven, dáselo tú.
— Hacelo, hija. Entrégale el regalo a tu hermana. Isi, dame a Gastón, para que recibas el regalo.
Isidora lo hizo. Dejó a la guagua en los brazos de Martín y se puso de pie, apretando sus manitas, hasta llegar a donde estaba Ema, con el paquete en las manos. Isidora la miró, sus ojos verdes chocando con los pardos de Ema, Martín las miró con tantas ansías, tantas ansías de verlas aceptarse la una a la otra. Ojalá hubiera hecho las cosas mejores.
— Para ti, Isidora –dijo Ema, entregándole el regalo.
— Gracias –susurró la niña.
Isidora se iba a dar la vuelta para ir de nuevo con Gastón y con Martín pero Ema le agarró del brazo. La miró fijamente, entre el silencio de la familia y los deseos de Martín. Luego de verla a los ojos por mucho rato, finalmente lo hizo. Sonrio.
Y Martín sorprendentemente con ella.
— Te va a gustar –dijo Ema, son los labios curvados— Yo le mandé la carta al Viejito Pascuero pidiéndole un regalo para ti.
— Gracias –no más contestó Isidora, mirando hacia el suelo.
Se devolvió hasta donde Martín y Gastón, cogiendo el regalo en su pecho firmemente. A la hora después, estaban los niños acostados en sus habitaciones. Manuel estaba ordenando los papeles que habían quedado desparramados por el suelo cuando Martín bajó del segundo piso. Lo miró una vez y siguió en lo suyo, hasta que debió detenerse porque Martín le agarró de la cintura y lo atrajo hacia él.
- ¿What? –preguntó Manuel.
—Gracias. Por todo.
—Ah, Martín, estás bien. Es una niña. Y es tu hija, ¿cómo no voy a ser así con ella?
— No todos lo harían.
— Bueno, yo no soy como todos, por algo te casaste conmigo, ¿o no?
Martín soltó una carcajada. Lo dio media vuelta y se quedó viéndolo a los ojos. Manuel sacudió unos cabellos rebeldes que se levantaban sobre su cabeza y le emocionaba también.
— Me encanta que Isidora y Ema se lleven bien –susurró Martín.
—La Emma es buena. Está un poco celosa, no más. Quiere al papá solo para ella. Pero tuvo un lindo gesto, pedir ese regalo para la Isi. Y son hermanas, tienen que actuar como tal. Son buenas niñas, Martín. Al fin y al cabo, Daniel crió bien a esa niña.
— Sí –musitó Martín— Al parecer sí.
Manuel volvió a sonreír. La pequeña ventana que estaba al lado de la puerta permitía que entraran las luces de los autos a través y que se reflejaran en sus rostros. Afuera, todavía se oían ruidos de personas caminando, de niños riéndose, de felicidad, de la Navidad. Martín abrazó a Manuel y se quedó mirando el árbol, con los ojos empañados. Estaba bien. Y pensé por primera vez, desde que Isidora había nacido, que había hecho las cosas realmente de la manera correcta.
— ¿Qué te pasa? ¿Ya no te puedo mirar?
Los ojos de Ián se reflejan en el espejo, en el mismo en que Gaspar se está viendo la cara con la toalla alrededor de la cintura y el pelo goteando. El baño todavía tiene ese vapor pesado de una ducha acontecida no hace mucho. Las paredes y la cerámica sudan casi rocío.
— Siempre me podí mirar. —Gaspar agacha los ojos, se agarra la toalla mejor, le rehúye la mirada. — Pero ahora las cosas son distintas.
Ián avanza tres pasos, zancadas infinitas y su camisa blanca es el nuevo soporte de la espalda de Gaspar, húmeda, pálida, huesuda. Su mano grande se queda encima del hombro del pendejo que creció en su ausencia dura. El olor de su cuello es fértil y frutal y fatal y si él pudiera inclinarse y clavarle los dientes, marcarlo por dentro y por fuera... Gaspar se hace a un lado lentamente, pero para Ián no ha cambiado nada.
— Los papás están en la pieza.
— No me pude olvidar de vos. Perdón.
— ¿Dame permiso? Me tengo que ir a vestir.
Pero él no dice ni una cosa. No dice "acompáñame" como lo hacía hace cuatro años atrás.
* *
Manuel murmura "estoy tan feliz de que hayas vuelto" y le aprieta a Ián la mano y todos sonríen en la mesa, menos Gaspar. De respuesta, Ián le da un beso en la mejilla y Marcos levanta la copa de vino para hacer un brindis por su hijo mayor, por el alfa que ha vuelto de Buenos Aires con un título y con un acento especial. Bruno se ríe de él, le tira tallas y es casi como siempre. Ián mira a su familia uno por uno. A su Pa, que tiene cincuenta y cinco y apenas un par de arrugas en la cara. A su Papá, que ya ha aprendido a recortar su pelo para que los rizos que se escurren no le cuelguen en la frente como le sigue sucediendo a él. A su hermano, a Bruno, al que dejó cuando era un niño y ahora es un adolescente bien parecido. A la Colomba, la más chica de la casa, que es puro Pa pero con los colores de Papá. Tiene catorce años y es la niña más bonita que Ián ha visto en toda su vida.
Y entonces lo mira a él.
A Gaspar, su hermano menor. Compañero de travesuras, mejor amigo y amante casto. Jovencito de veinte que selló su partida con un beso del que no se olvidó jamás. Omega amoroso, omega dulce y bonito. Ojos verdes, pelo castaño, rizos con líneas y palidez eterna. Ián puede contemplarlo días y noches y su corazón seguiría latiendo de la misma forma que comenzó a latir ese día, esa tarde otoñal en el patio cuando en la casa no había nadie más. Solo que Gaspar ya no lo ve de vuelta y a Ián no le queda más que pensar que su corazón no late al mismo ritmo que el de él ahora.
* *
En la madrugada todo está en silencio. La puerta de la pieza de los papás está cerrada y la de la Colomba y Bruno está entreabierta sin ni una luz ligera desde el interior. Ián pasa su mano por las paredes que recordaba solo en su memoria y sus pies son libres e independientes y están solamente ligados a su corazón y lo sabe porque la puerta de la habitación de Gaspar es la única que quiere empujar.
Ián puede recordar los viejos (y buenos) tiempos cuando Pa les permitía dormir a los dos en un mismo cuarto. Gaspar a la izquierda, él a la derecha, los separaba apenas un velador. Hoy, la pieza es solo de Gaspar y no hay otra cama y, en su lugar, hay un escritorio n***o y una pila de cuadernos y de papeles sueltos que Ián mira con nostalgia.
La noche está helada y es difícil mirar con la luz apagada pero el pelo de Gaspar, castaño, parece agua derramada sobre la almohada blanca e Ián lo contempla confundido y atontado. Mueve la nariz, lo olfatea y su olor es lo único que lo guía hasta el espacio vacío de su cama de plaza y media, el espacio que no debería ser tomado por nadie más que él.
Gaspar se despierta, pero Ián lo calla al instante. Le toma de la cintura y presiona su espalda contra su pecho, su virilidad contra sus piernas, mete sus manos entre sus brazos, lo huele una y otra vez y Gaspar está congelado, pero a Ián le da lo mismo, porque que se quede quieto es una mejor señal que una palabra mal dicha o hiriente. Se hunde entonces en su pelo, pasa sus labios por el músculo de su cuello, lo toca entero. Gaspar sigue mudo y se mantiene así hasta que Ián se va de la habitación, cuando el reloj marca las 6:15 de la mañana.
* *
Ián cree que Gaspar se despierta bonito. Con sus ojeras y sus labios rosados, todo en él es renacentista, como una pintura. Pa le tiene un tazón de leche de chocolate (¡a esta edad!) y unas tostadas con mermelada y le pregunta a él, cuando lo ve cruzar el umbral a la cocina, si quiere huevos revueltos. Ián sonríe como respuesta y se sienta al lado de Gaspar y se pregunta cuándo será el día en que su hermano vuelva a mirarlo a la cara como los años en los que fueron felices.
— ¿Y el Papá, Pa? —se decide por preguntar, al final. Pa echa agua con el hervidor en su tazón azul y el té se remoja lentamente.
— Fue a dejar a la Colomba y al Bruno al colegio y después se iba al trabajo. —Pa se sienta junto a ellos y entonces pueden ser una familia otra vez. Comen juntos, conversan e Ián casi puede pensar que esto es realmente valioso por sí mismo. La reunión de los tres, la charla matutina, el olor a pan caliente. Ián cree que las cosas podrían seguir este rumbo y estaría bien. Lo único que le perturba cualquier pensamiento son los ojos verdes de Gaspar que le miran fijamente y con ellos sus labios y sus mejillas y su pelo y su cuerpo y todo él.
* *
Gaspar cruza la calle de su casa para tomar la micro e Ián lo sigue hasta que es demasiado obvio y deben mirarse. Instantes corren entre ellos sin que abran la boca, sosteniéndose los dos con una mirada comprometedora, arrogante, delatora y obscura. Ián sonríe primero y rompe la tensión; la mueca de Gaspar es más complicada. Caminan hasta el paradero, Ián se sienta en el banco de metal, pero Gaspar se queda de pie, con las manos metidas en los bolsillos de su bluejean.
— No dormiste bien —Ián parte, tocándose bajo los ojos con los dedos— Tenés ojeras.
Gaspar es mudo.
— Te quedaste pensando en mí, ¿verdad? En lo que sentís cuando te toco.
— Ián —Gaspar por fin habla, sin embargo, es una súplica, un gemidito que Ián interpreta como un lobo. — Por favor. Ya no es igual que antes. No podí seguir metiéndote a mi pieza. Ya no somos cabros chicos.
— Vení —le dice Ián, agarrándole de la mano y arrastrándolo hasta él. Al principio Gaspar se niega, menea la cabeza y mira a todos lados y luego observa su reloj ¡la hora! ¡Voy a llegar tarde a la clase! No podemos, ya no podemos. Ián hace que todos sus absurdos se desvanezcan, solo con una mirada de sus ojos de gato, así que Gaspar se da por vencido, bufando. Lo acomoda en sus piernas y Gaspar no parece haber agarrado peso desde la última vez que lo cogió en brazos o lo sostuvo en su regazo. Ahí, solitarios en el paradero, nada más que el olor los delata como hermanos.
— Se te pegó el acento del Papá.
— Lo llevamos en los genes.
Gaspar mira al frente, no puede ver su casa.
— ¿Tenés examen hoy, en tu clase?
Gaspar niega con la cabeza, aprieta los labios cuando los labios de su hermano le besan el hombro.
— ¿Podés faltar?
— Cuatro años, Ián. Cuatro años. —Gaspar se toca la frente con la mano y de pronto Ián lo siente temblar sobre sus piernas— Tuve cuatro años para pensar. Te fuiste y yo me quedé aquí. ¿Hai pensado que durante todo este tiempo yo podría tener a otro? ¿Qué yo podría haber conocido un alfa, a alguien bacán, podría haberme enamorado de una persona que en realidad es buena para mí?
Ián le busca la mirada y Gaspar no la esquiva. Él puede leerla, como siempre, como desde que eran unos niños y se escurrían a la cama del otro y se daban calor juntos e Ián ya le rozaba el cuello con ganas de marcar y enterrarle los dientes y reclamarlo. Mío, mío, mío. No hermanos, un alfa y un omega nada más. Compañeros y pareja. Destinados.
— Mentiroso —refunfuña Ián—Querés ponerme celoso, ¿es eso? Dale, lo lograste. ¿Quién es? ¿Quién te busca? ¿Te toca como yo? ¿Te besa como yo?
Sus labios mordidos, Gaspar cierra los ojos y así, Ián se pone de pie y lo obliga a imitarlo. Ián es casi tan alto como Papá y Gaspar llega a alcanzar el metro setenta y dos, pero parece que la distancia entre ellos es nada. Cuando se miran a los ojos, no hay necesidad de decir palabras. Se entienden por completo.
* *
El baño del Centro Cívico de Vitacura está solo y huele a lavanda. Las paredes son frías y blancas e Ián le pregunta a Gaspar si quiere ir a ver los flamencos en la laguna. Gaspar abre la puerta de su cubículo, pero Ián no lo espera y entra, cerrando con pestillo. Hay espacio alrededor e Ián no tiene intenciones de separar su pecho del pecho de su hermano. Gaspar cierra los ojos, entonces Ián apoya su frente en la frente de él y los dos sueltan el aire que habían contenido por tanto tiempo.
— No me olvidé de vos —repite Ián, como si necesitara decírselo cada día, en cada momento, solo para que Gaspar esté seguro de que su mente y su corazón le pertenecen a él.
— Sí sé. Sí sé —Gaspar susurra cerca de sus labios.
— ¿Quién es? ¿Quién es ese alfa? ¿Lo conozco? ¿Es del colegio? ¿Alguien de la universidad? Te prometo que puedo probar que yo soy mejor...
— Ián, no hay nadie. No hay nadie. Nunca hubo nadie —a Gaspar la voz se le quiebra— Hai sido tú, siempre. Desde niños. Desde el principio.
— ¿En serio?
— Sí. Te esperé, te estoy esperando.
Las manos de Ián toman el rostro de Gaspar y sacuden los rizos castaños que caen encima tiernamente. Le mira con adoración, con pena a la vez, con melancolía infinita. Sos hermoso, sos hermoso, sos hermoso, repite encima de su boca, sus alientos rozándose. Gaspar se pone en puntillas, obnubilado e Ián entiende, él siempre entiende.
— Te amo —suelta finalmente y Gaspar asiente con la cabeza una y otra vez— Te amo.
— Te amo —contesta él— No te vuelvas a ir.
El beso es dulce, inesperado, pero salvaje e inocente, un huracán fantástico. Si son hermanos y comparten sangre y son familia, eso es insustancial. Nada podría ser tan malo. Si ambos están juntos, no hay lugar para el dolor o la angustia o la maldad. La pureza los traspasa por completo.
* *
— Date la vuelta —Ián gruñe, apoyando las manos en la pared. Hay tan poquito espacio entre su cuerpo y el de Gaspar... Su olor lo vuelve loco. Gaspar se gira, se afirma en la misma pared y moldea su columna, ofreciéndose a su hermano como si fuera el alfa indicado, como si fuera el único.
— Espera —se las arregla el omega para decir después— No quiero aquí. ¿Nuestra primera vez aquí?
Ián se ríe en su oído. Le besa el cuello, le besa los hombros cubiertos por su polera, le besa la espalda y baja suavemente, hasta que está frente a la curva de su trasero. Un beso en una nalga redonda, un beso en la otra y Gaspar suspira, apretando los puños. No, no, no aquí, le ruega, pero Ián es dominante, huele a alfa, podría ponerse en manos y rodillas y ofrecerse a él y su celo, piensa, luego Ián en su celo, Ián anudándolo en su celo...
— ¿Seguís siendo virgen? —pregunta de repente Ián y Gaspar suelta una carcajada.
— Hasta el matrimonio.
Ián se atreve a desabrochar el botón del bluejean de Gaspar y luego su cierre y deslizarlo despacio, despacio, despacio.
— ¿Y tú? —musita Gaspar— Tú no, obvio. Se nota. Hicimos una promesa.
—Igual la cumplí —se ríe Ián— A todos los omegas que garchaba les ponía tu cara. Te veía en todos ellos así que, técnicamente, dejé de ser virgen con vos.
Gaspar suspira fuertemente.
— Vamos a la casa —dice, subiéndose los pantalones. Ián se alza, lo gira, se miran a los ojos y se besan de nuevo. Se besan por todos los besos que no podrán darse en casa y salen del baño después de lavarse la cara. El celular de Gaspar suena y él sabe que es Pa llamando porque son las 4:30 y no ha llegado a la casa. Ián no puede dejar de tocarlo y sus manos le corren por todos lados y Gaspar siente la erección punzante de su hermano entre sus glúteos y cree que podría desmayarse ahí mismo.
* *
— ¿Y dónde se encontraron? ¿Lo fuiste a buscar Ián? —Marcos pregunta cambiando el canal de la tele.
— No, lo encontré en el metro.
— Oye, ¿vieron que la Colomba se sacó un 7 en su prueba de historia? —Llega Manuel, con la sonrisa gigante y la niña al lado.
Ián lo imita, agarra a su hermana chica y la sienta encima, la llena de besitos tiernos, chochos, hasta que la Colomba se pone a reír y Gaspar está ahí, mirándolos a ambos fijamente.
— ¿Qué onda, Gaspi? —Bruno le pone la mano en el hombro y Gaspar da un saltito— ¿Por qué mirai así al Ián? Pareciera que estai celoso. Es la Colomba no más, la cabra chica.
— Cállate, pendejo —murmura Gaspar. — Voy a bañarme.
Esa es una invitación irrechazable.
* *
Las noches se pasan así, como el viento. A veces Gaspar se va a dormir a la pieza de Ián, muy entrada la madrugada para que nadie se dé cuenta. Se abrazan hasta que agarran un calorcito y después se frotan juntos hasta que apestan el uno al otro. Otras, es Ián el que se cuela como un fantasma. Allá se acarician y juegan, pero ya no son los mismos juegos de niños y ambos lo saben. Intentan posturas, prueban poses para cuando llegue la instancia precisa. Y en eso se les va la noche y la madrugada. Gaspar se afirma en sus manos y sus rodillas, apoya el pecho en la cama y levanta la cola, imaginando el momento en que el nudo de Ián se expanda en su interior y lo llene. Ián está atrás, presionando, moviéndose, su piyama y su bóxer impidiéndole follar a su hermano chico.
Luego el cambio, Ián abajo, Gaspar sentado encima, intentando hundirse. Así Ián puede tocarle el pecho, el estómago, el cuello. De espaldas, Ián atrás, pero Gaspar no puede mirarlo y niega con la cabeza y le dice que no le gusta. Te quiero estar mirando, murmura suavecito para que nadie oiga a través de la puerta cerrada con pestillo.
— Así entonces —contesta Ián, sintiendo cómo la erección de Gaspar se roza con la suya cuando le envuelve las piernas en la cintura. Ián lo sostiene y todo lo que puede ver, sentir, saborear, respirar, y oler es Gaspar, Gaspar, Gaspar. Se dan un beso y se quedan dormidos así, pero nunca tan dormidos como para no poder despertar temprano y huir.