Mi Corazón Roto
Lulu
Mis pasos se sentían ligeros aquella tarde.
El aire dentro de la casa de la manada estaba cargado con el aroma a pino húmedo y los aullidos lejanos de los lobos que entrenaban en el campo de prácticas. Normalmente odiaba caminar sola por el pasillo principal —demasiados recuerdos se quedaban allí—, pero hoy se sentía diferente.
En mi mano llevaba un sobre blanco sellado con el emblema del hospital.
Dentro estaba el resultado de la ecografía por la que había rezado durante los últimos cinco años de nuestro matrimonio.
Cinco largos años esperando un milagro. Cinco años bastaron para que mis oraciones fueran finalmente respondidas.
Sonreí débilmente mientras me detenía frente a la puerta del despacho de Scott. La madera pulida de color marrón parecía reflejar el calor de toda la felicidad que había guardado en mi pecho. Ya podía imaginar su rostro: la forma en que sus ojos se iluminarían al escuchar la noticia.
Quizá esta noche me abrazaría más tiempo de lo habitual. Me sonreiría como solía hacerlo, cuando juramos bajo la luna llena ser uno solo.
Pero antes de que mis dedos pudieran tocar la puerta, una voz suave y demasiado familiar se filtró desde el otro lado.
Una voz de mujer. Leia.
Me quedé congelada y agudicé el oído.
“…¿Estás seguro de que tu Luna no sabe nada de nosotros?” Su tono era burlón, ligero como una brisa, pero me atravesó como una cuchilla.
La voz de Scott le siguió, calmada y profunda como siempre.
—Tranquila. Se me da bastante bien guardarle secretos.
Mi corazón dio un vuelco. El aire se volvió más fino, más difícil de respirar.
Leia rio suavemente.
—Dijiste que la amabas, y aun así vienes a mí todas las noches.
Scott soltó una risa baja.
—Nunca la amé. Lulu es solo… cómoda. Es demasiado amable, demasiado mansa.
Me mordí el labio hasta saborear sangre. Esas palabras destrozaron mi pequeño mundo de un solo golpe cruel.
—¿Y yo? —La voz de Leia se suavizó.
—Tú eres la única que me hace sentir vivo —murmuró Scott—. Cuando llegue el momento, me desharé de ella. Pero por ahora… todavía necesito algo de ella.
Sus gemidos. Luego el suave susurro de la tela. Un sonido que no necesitaba imaginar.
Retrocedí tambaleándome dos pasos y las rodillas me fallaron. El sobre se me escapó de la mano y su contenido se desparramó sobre el suelo de mármol. Una imagen gris me miró desde abajo: el pequeño contorno de un niño creciendo dentro de mí.
El pecho me dolía. Un dolor tan agudo que apenas podía respirar.
En mi cabeza, Pyrrha —mi loba— gruñó con furia.
[Déjame salir. Quemémoslos a los dos. ¡Ahora!]
Cerré los ojos y forcé el aire a entrar en mis pulmones.
—No… ahora no.
Las lágrimas me nublaron la vista mientras me giraba y corría, fuera del pasillo, fuera de la casa, hacia la luz agonizante del atardecer.
El cielo se había vuelto naranja, brillando como la herida que se abría dentro de mí.
Cuando mis pies tocaron la tierra húmeda del bosque, mi cuerpo tembló. Un calor onduló bajo mi piel, doloroso, abrasador, pero de alguna forma liberador.
Dejé que me consumiera.
En segundos, el mundo a mi alrededor estalló en luz. Llamas bailaron sobre mi pelaje, pintando los árboles con tonos de oro y brasa. El rugido de Pyrrha retumbó a través de mi alma, haciendo eco de mi corazón roto y mi rabia.
Corrí hasta que los árboles se separaron y llegué al borde del lago. El agua reflejaba mi fuego: dos opuestos coexistiendo sin destruirse mutuamente. Miré ese reflejo, con el cuerpo temblando.
—¿Por qué, Alfa Scott…? —Mi voz se quebró—. Nunca dejé de amarte.
La voz de Pyrrha llegó de nuevo, más suave ahora.
[Porque el amor no siempre te salva, Lulu. A veces te quema vivo.]
Me quedé allí, en silencio. Sus palabras calaron más hondo que el propio dolor.
En el reflejo vi a mí misma: una loba de fuego, brillante pero frágil, medio consumida por su propia devoción.
—¿Entonces qué se supone que debo hacer? —susurré.
[Vivir. Por ti misma. Y por el cachorro que llevas.]
Respiré hondo y con calma. Las llamas a mi alrededor se apagaron lentamente. Por primera vez, no quería morir, incluso cuando el mundo me suplicaba que me rindiera.
Ya no era la Luna de Emerald Earth. Era Lulu, la loba de fuego que resistiría, incluso cuando el amor apagara su propia luz.
Esa noche regresé a la casa de la manada. El Alfa Scott me esperaba en la sala de estar, con una máscara de falsa preocupación en el rostro.
—Lulu, ¿dónde has estado? Te he estado buscando.
Le regalé una sonrisa débil.
—Necesitaba tomar aire.
Se acercó y me tocó el brazo, demasiado suavemente para un compañero que acababa de traicionarme.
—Estás… tentadora. Quizás esta noche podríamos…
—No —lo corté suavemente—. Esta noche no.
Sus cejas se fruncieron.
—¿Qué quieres decir?
Lo miré a los ojos. Por primera vez, no sentí nada: ni amor, ni odio, solo una calma silenciosa y vacía.
—¿Recuerdas nuestra promesa? —pregunté, con voz firme pero afilada—. Si alguno de nosotros deja de ser fiel, el otro tiene derecho a marcharse.
Se quedó helado y luego ofreció una pequeña sonrisa nerviosa.
—Estás malinterpretando las cosas, Lulu. Yo…
—No hay nada que explicar. Sé lo tuyo con Leia.
Exhalé lentamente y pronuncié las palabras que cortaron todo lo que había entre nosotros.
—Por esto, yo, Lulu McCarthy, te rechazo, Alfa Scott Byrne, como mi compañero.
Su expresión se contrajo.
—No. Lulu… no lo hagas. Argh…
—¡Respóndeme, Scott!
—Yo… yo, Alfa Scott Byrne, acepto tu… rechazo.
El aire se rompió. Un dolor desgarrador atravesó mi pecho, agudo y devorador, pero me obligué a mantenerme en pie. Scott se encorvó, sujetándose el pecho con el mismo tormento.
Intentó llamarme por mi nombre, pero yo ya me estaba alejando.
Mis pasos eran ligeros, no por alivio, sino por el vacío. No sabía adónde iba, solo que ya no podía quedarme.
Cuando llegué al borde del bosque, el aire cambió: frío, pesado. Era magia.
Antes de que pudiera reaccionar, un rayo de luz azul me atravesó el pecho. El sonido de hojas susurrantes llenó mis oídos.
—Luna Lulu McCarthy —dijo una voz calmada y fría—, hija de Mary Ann McCarthy, la última Loba Elemental de Fuego.
Me giré. A diez pies de distancia había una figura encapuchada vestida de gris. Su palma brillaba en rojo, con energía arremolinándose en su mano. Lentamente y con deliberación, levantó la mano hacia mí.
—¿Quién eres? —alcé la voz.
—No necesitas saber quién soy —dijo con frialdad—, pero hay algo que debes saber: tu corazón es valioso para el Alfa Scott.
—¿Qué quieres decir, hechicero? —espeté.
—El Alfa Scott quiere tu corazón para su amada. Y yo estoy aquí bajo sus órdenes.
—No te atrevas a jugar conmigo. —Mi voz tembló, no de miedo, sino de furia. Llamas saltaron en las yemas de mis dedos mientras desenvainaba mis garras de fuego.
Pero en un destello carmesí, un dolor desgarrador me atravesó el pecho como garras desde dentro. Miré hacia abajo. Sangre. Demasiada. El mundo se oscureció y los sonidos se desvanecieron.
Diosa Luna, por favor… debo vivir… por mi hijo.
A través de la neblina de oscuridad vi al hechicero de pie junto al lago. Sostenía algo carmesí y brillante. Mi corazón. Mis rodillas se doblaron, pero ya ni siquiera podía sentir el suelo.
Se giró y entró en un círculo de sangre que crepitaba con una luz extraña.
Intenté gritar, pero no salió ningún sonido. Luego desapareció, su forma disolviéndose en niebla, justo cuando la mía comenzaba a desvanecerse.
Todo se volvió oscuro… hasta que una suave luz azul me envolvió. El agua corría por mi piel, suave y reconfortante, como una caricia.
De la bruma surgió un hombre de cabello plateado y ojos del color del mar, llenos de tristeza.
—Lo siento —susurró—. Llegué demasiado tarde, Lulu.
El agua nos envolvió a ambos, enfriando mis llamas moribundas. Antes de caer en la nada, un último pensamiento cruzó mi mente:
Tal vez esto no sea el final.
En lo más profundo, la voz débil de Pyrrha murmuró, rota pero resuelta.
[Debes levantarte de nuevo, Lulu.]