El mayordomo abrió las puertas dobles del salón rojo con una reverencia teatral. El aroma a jazmín y madera antigua inundó el aire al instante. Cortinas de terciopelo carmesí enmarcaban las enormes ventanas, el mobiliario era antiguo pero perfectamente conservado, y sobre la chimenea ardía un fuego controlado… como todo en ese lugar. Allí, sentada en un imponente sillón tapizado en bordó, con una copa de brandy en la mano y un perro salchicha albino dormido a sus pies, estaba ella: la infame tía Ingrid von Stein. Vestía un conjunto de dos piezas de terciopelo n***o con detalles en encaje, un broche de rubí en el cuello y un peinado tan perfectamente estructurado que probablemente resistiría un vendaval. Su rostro no mostraba emoción alguna… pero sus ojos grises lo veían todo. —Armin —di

