La semana pasó volando. Entre sesiones de simulador, rampas, risas, baños compartidos, peleas de almohadas, prácticas intensas y cenas improvisadas con pizza fría y vino caro, la vida de Armin y Maroon se había vuelto tan caóticamente funcional como una carrera en medio del apocalipsis. Y entonces… llegó el día. Maroon estaba frente al clóset, con música punk a todo volumen, ropa sobre la cama y un semblante serio, como si estuviera armando un escuadrón táctico para invadir territorio enemigo. —Ok… esto es Alemania rural con aristocracia en decadencia, no Coachella —murmuraba, sacando un vestido de seda negra—. Muy Morticia. Demasiado. Este… demasiado escote. Este otro… muy quiero que me aprueben, guácala. Armin apareció en la puerta, apoyado con los brazos cruzados, viéndola con una s

