Los primeros rayos del amanecer apenas comenzaban a colarse entre las pesadas cortinas cuando Maroon, aún con el cabello revuelto y una sonrisa traviesa en los labios, regresó a hurtadillas a la habitación de invitados. Caminaba descalza, sosteniendo con una mano su bata mal cerrada y con la otra conteniendo una carcajada silenciosa. Abrió la puerta con extremo cuidado, entró como una ladrona profesional, y al dejarse caer en la cama mullida, exhaló con satisfacción. —Dios… qué espectáculo —susurró para sí misma, girando sobre las sábanas frías y cerrando los ojos con una sonrisa plena. Todavía podía sentir los dedos de Armin en su piel, el calor de su cuerpo, la forma en que había tenido que morder la almohada para no gritar su nombre. Durmió apenas un par de horas. Luego… Toc, toc, t

