El vuelo de regreso fue tranquilo, al menos por fuera.
Armin pasó casi todo el trayecto con los audífonos puestos, mirando por la ventana como si el mundo allá abajo le importara una mierda.
Cuando aterrizaron, el piloto lo felicitó por el triunfo. Armin solo respondió con un gruñido y un asentimiento.
Ya estaba cansado de “felicidades” que no significaban nada.
Recogió su maleta de mano, bajó por la salida privada del aeropuerto y ahí, como un mal chiste, la vio.
Ella.
La novia perfecta. Alta, bronceada, vestida con ropa de marca, sonrisa impecable y teléfono en la mano, lista para subir la selfie del reencuentro.
—¡Armin! —gritó ella, corriendo hacia él con los brazos abiertos.
Armin respiró hondo, apretó la mandíbula...
y fingió una sonrisa.
—Hola, cariño —dijo con voz hueca, dejando que ella lo abrazara.
El abrazo fue cálido por parte de ella, y tan rígido como una piedra por parte de él.
—¡Estaba tan emocionada por tu victoria! ¡Vi toda la carrera desde el yate con mis amigas! ¡Eres increíble!
—Sí. Lo sé —respondió Armin, sin mirar a los ojos.
Ella lo besó en la mejilla, posando como si hubiera fotógrafos.
—¿Vamos a mi departamento o al tuyo? Tengo champán y una sorpresa... —canturreó.
Armin soltó un suspiro casi imperceptible.
—Al mío. Necesito una ducha —respondió, girando para caminar sin siquiera tomarle la mano.
Ella lo siguió como si no notara nada.
Pero Armin, detrás de esas gafas oscuras, solo pensaba en una cosa:
“Estoy solo, incluso cuando estoy con alguien.”
El sonido del taconeo rebotaba en las paredes del departamento minimalista de Armin mientras ella entraba como si fuera dueña del lugar, soltando su bolso de diseñador sobre el sofá de cuero.
—¡Cariño, no tienes idea del nuevo tratamiento facial que me hice! ¡Fue carísimo, pero vale totalmente la pena! —decía ella, mientras se miraba en el espejo de la entrada.
Armin cerró la puerta detrás de él con un suspiro pesado.
No contestó. Solo dejó la maleta en el suelo y colgó la chaqueta.
Encendió la luz tenue del pasillo y caminó directo hacia la cocina.
—¿Quieres tomar algo? —preguntó con voz apagada.
—Ay sí, sí, sí, sácame un vino blanco, pero del francés, no del otro que sabe a jabón —respondió ella, ya sentándose con una pierna cruzada y el teléfono en la mano—. Y te juro que la nueva colección de invierno es un asco, ¡no entiendo cómo pueden ponerle volantes a TODO! Es tan… 2019.
Armin sirvió el vino sin decir una palabra.
Le pasó la copa y asintió con una sonrisa fingida, de esas que no llegan a los ojos.
Ella seguía hablando, ahora de una influencer que le copió un outfit, de sus uñas nuevas, de lo mucho que odia que las fans de Armin “no sepan su lugar”.
Armin solo asentía en los momentos adecuados, como un autómata entrenado.
Hasta que no pudo más.
—Voy a ducharme —dijo de repente, sin mirarla.
—¿Tan rápido? ¡Pero si recién llegamos! —respondió ella con un puchero.
—Sí. Necesito... despejarme —respondió con un tono seco.
Entró al baño, cerró la puerta y se apoyó en ella unos segundos, dejando escapar un gruñido de hastío.
Encendió la regadera.
El vapor comenzó a llenar el baño. El agua caliente golpeaba su cuerpo como una especie de castigo necesario.
Se quedó ahí, bajo el chorro, con la cabeza agachada, los ojos cerrados, respirando lento.
"Veinte minutos más. Tal vez media hora. Con suerte, se aburre y se va."
El silencio del agua era lo más cercano a la paz que había sentido en días.
Y sabía que, cuando saliera, tendría que volver a fingir.
El vapor aún salía del baño cuando Armin empujó la puerta con una toalla en la cintura y otra en la cabeza, secándose el cabello.
Caminó hacia la sala, y ahí estaba ella, sentada con las piernas cruzadas sobre el sillón, el celular pegado a la cara como una extensión de su ego.
—¡Te juro que sí, o sea, literal lo saludé cuando bajó del avión! ¡Me vio directo a los ojos!
Sí, obvio que le gusto. O sea, soy su tipo.
¡Y el departamento está increíble! Hay una barra de mármol. Mármol, bebé.
Sí, sí, obvio que lo voy a postear.
Armin, aún secándose el cabello, giró los ojos con fuerza.
“Mármol… Claro. Qué gloriosa hazaña.”
Pasó frente a ella sin interrumpir, directo a su habitación. Se puso unos pants y una camiseta negra, mientras ella seguía hablando como si él no existiera.
Cuando volvió, la llamada estaba terminando.
—Ay no, ¿en serio? ¿Ella hizo el trend? ¡Pero qué zorra! ¡Obvio no me lo pierdo! Voy para allá ya.
Chao, reina.
Colgó, se levantó, agarró su bolso con un movimiento dramático y miró a Armin como si fuera una actriz en una telenovela de bajo presupuesto.
—Cariño, lo siento. Me tengo que ir. Mi amiga me avisó que mi enemiga ya hizo el trend del t****k ese... ¿cómo se llama? Ah, no sé, pero obvio no me voy a quedar atrás.
Armin se cruzó de brazos, apoyado contra la pared.
—No, claro. Sería el fin del mundo si otra influencer mueve el culo antes que tú —dijo con tono seco.
Ella lo miró, confundida entre sarcasmo y sarcasmo.
—¿Estás molesto?
—No, estoy respirando. Algo que intento hacer cuando no están gritándome estupideces en estéreo.
—Eres tan raro a veces... —dijo ella con una risita hueca mientras se acomodaba el cabello—. Bueno, luego hablamos. No me esperes despierto.
—No lo haré —respondió Armin, ya caminando hacia la cocina.
Ella salió agitando una mano, sin darle siquiera un beso de despedida.
La puerta se cerró. El silencio cayó de golpe.
Armin soltó un largo suspiro de alivio.
Se sirvió un whisky y se dejó caer en el sillón.
—Una carrera a 300 por hora es menos agotadora que quince minutos con ella —murmuró, mirando el techo.
Bebió.
Y por primera vez en días, sonrió. No porque fuera feliz.
Sino porque, al fin, estaba solo.