El vapor aún salía del baño cuando Armin empujó la puerta con una toalla en la cintura y otra en la cabeza, secándose el cabello.
Caminó hacia la sala, y ahí estaba ella, sentada con las piernas cruzadas sobre el sillón, el celular pegado a la cara como una extensión de su ego.
—¡Te juro que sí, o sea, literal lo saludé cuando bajó del avión! ¡Me vio directo a los ojos!
Sí, obvio que le gusto. O sea, soy su tipo.
¡Y el departamento está increíble! Hay una barra de mármol. Mármol, bebé.
Sí, sí, obvio que lo voy a postear.
Armin, aún secándose el cabello, giró los ojos con fuerza.
“Mármol… Claro. Qué gloriosa hazaña.”
Pasó frente a ella sin interrumpir, directo a su habitación. Se puso unos pants y una camiseta negra, mientras ella seguía hablando como si él no existiera.
Cuando volvió, la llamada estaba terminando.
—Ay no, ¿en serio? ¿Ella hizo el trend? ¡Pero qué zorra! ¡Obvio no me lo pierdo! Voy para allá ya.
Chao, reina.
Colgó, se levantó, agarró su bolso con un movimiento dramático y miró a Armin como si fuera una actriz en una telenovela de bajo presupuesto.
—Cariño, lo siento. Me tengo que ir. Mi amiga me avisó que mi enemiga ya hizo el trend del t****k ese... ¿cómo se llama? Ah, no sé, pero obvio no me voy a quedar atrás.
Armin se cruzó de brazos, apoyado contra la pared.
—No, claro. Sería el fin del mundo si otra influencer mueve el culo antes que tú —dijo con tono seco.
Ella lo miró, confundida entre sarcasmo y sarcasmo.
—¿Estás molesto?
—No, estoy respirando. Algo que intento hacer cuando no están gritándome estupideces en estéreo.
—Eres tan raro a veces... —dijo ella con una risita hueca mientras se acomodaba el cabello—. Bueno, luego hablamos. No me esperes despierto.
—No lo haré —respondió Armin, ya caminando hacia la cocina.
Ella salió agitando una mano, sin darle siquiera un beso de despedida.
La puerta se cerró. El silencio cayó de golpe.
Armin soltó un largo suspiro de alivio.
Se sirvió un whisky y se dejó caer en el sillón.
—Una carrera a 300 por hora es menos agotadora que quince minutos con ella —murmuró, mirando el techo.
Bebió.
Y por primera vez en días, sonrió. No porque fuera feliz.
Sino porque, al fin, estaba solo.
La luz de la mañana entraba en el departamento sin permiso, colándose entre las cortinas pesadas.
Armin seguía tirado en el sofá, un brazo cubriéndole los ojos, con Maxi roncando en su pecho.
El celular empezó a vibrar en la mesa.
—No... no hoy... —gruñó Armin, sin moverse.
El teléfono siguió insistiendo, implacable.
Con un suspiro de resignación, Armin estiró la mano y contestó sin siquiera ver quién era.
—¿Qué carajos quieres? —soltó de entrada.
La voz entusiasta de su agente retumbó en su oído:
—¡Armin, campeón! Felicidades otra vez. Oye, tengo algo importante. No puedes decir que no, ¿ok?
Armin cerró los ojos con fuerza.
—Eso ya suena a mierda —gruñó.
—No, no, escúchame. Red Bull organiza una nueva campaña de publicidad: "Al límite".
Quieren juntar a sus mejores atletas extremos. Pilotos, paracaidistas, surfistas, motociclistas... tú eres uno de los principales. Es obligatorio. Marca de imagen, ya sabes.
Armin bufó, apoyándose la cabeza en el respaldo del sofá.
—¿Y si me niego?
—Te recortan patrocinio. Multa. Mala imagen. Ya sabes, esas mierdas legales que odias leer en los contratos.
Un largo silencio de fastidio se apoderó de la llamada.
Maxi levantó una oreja, percibiendo la tensión.
Armin finalmente soltó:
—¿Dónde y cuándo?
—Grabación en dos días, cerca de Salzburgo. Escenario extremo. Ropa de marca. Son solo unas tomas.
Ah, y trabajarás junto a otros atletas estrella... una campeona nueva de motocross, una sensación en t****k que ahora es embajadora de Red Bull, y una piloto de paracaidismo que acaba de romper récord mundial.
Armin cerró los ojos de nuevo, dejando caer el teléfono sobre su pecho.
—Genial. Rodeado de adrenalina y egos inflados. Lo que siempre soñé —dijo con puro veneno en la voz.
—¡Ánimo, campeón! Es buena exposición. Luego puedes volver a esconderte en tu cueva.
—Ya estoy escondido. Y me encuentran igual —refunfuñó Armin, colgando sin despedirse.
Se quedó ahí unos minutos, mirando el techo. Maxi se acomodó de nuevo, indiferente.
—Dos días... —murmuró Armin—. Puedo sobrevivir dos malditos días, ¿no?
Maxi soltó un pequeño maullido que sonó como un "lo dudo".
Armin se cubrió el rostro con la mano.
—Me largo a correr antes de arrepentirme —dijo, levantándose del sofá de un salto.
La locación del comercial estaba montada en un terreno abierto cerca de los Alpes: rampas, plataformas, autos, motocicletas, luces y cámaras por todas partes.
Un espectáculo diseñado para impresionar.
Armin llegó al lugar con los lentes oscuros puestos, las manos en los bolsillos y cara de “¿por qué carajos estoy aquí?”.
Caminaba entre técnicos, atletas y creativos publicitarios como si todos le debieran dinero.
—"Esto parece un parque de diversiones para idiotas con complejo de superhéroes" —murmuró al ver a un paracaidista tomándose selfies.
—¡Armin Stein, al fin! —gritó un asistente con clipboard en mano—. Te estábamos esperando para las pruebas de cámara. Tu traje está en la carpa 3 y la bicicleta está lista para...
—¿Bicicleta? —Armin lo miró como si acabara de decirle “ponte un tutu”.
—No tú, la atleta de BMX. Ella va a hacer las acrobacias del bloque uno.
Armin alzó una ceja y giró la cabeza.
Y entonces la vio.
Una bicicleta voló por los aires, haciendo un giro imposible sobre una rampa.
El cuerpo que la controlaba parecía parte del aire: firme, ágil, seguro.
Cayó con elegancia, sin perder el equilibrio, y rodó unos metros antes de frenar con una sola pierna en el suelo.
La chica se quitó el casco con una sonrisa amplia, el cabello suelto cayendo en ondas desordenadas, los ojos verdes brillando bajo el sol.
—¡Woooo! ¿Vieron eso? ¡Ese tailwhip fue una maldita joya! —gritó ella, lanzando un saludo a los camarógrafos—. ¡Red Bull me debe otra lata!
Armin frunció el ceño.
Demasiado feliz. Demasiado escandalosa. Demasiado… viva.
Ella notó su presencia y se acercó trotando con la bici en una mano.
—¿Tú eres el tipo del auto que casi se mata en Australia? Armin, ¿no?
Él la miró de arriba abajo, sin disimulo.
—Casi no. Yo nunca "casi" —respondió seco.
Maroon sonrió, divertida, como si no le afectara su tono.
—Bueno, eso suena peligroso. Me gusta.
Le tendió la mano.
—Maroon. BMX freestyle y corredora amateur cuando me aburro de volar.
Armin dudó por una fracción de segundo... y le estrechó la mano.
Estaba callado, pero en su cabeza, por primera vez en mucho tiempo... no tenía idea de qué carajos pensar.