La sala quedó en silencio. Los médicos se retiraron con la delicadeza que se reserva solo para la tragedia. Les ofrecieron unos minutos. Unos miserables minutos para despedirse de lo que fue y ya no sería. Maroon sostenía a Mathilda entre sus brazos. Temblaba. No porque hiciera frío, sino porque ya no podía sentir el calor de su hija. —No está… —susurró—. No está… Armin estaba de rodillas frente a ellas. La miraba. La tocaba. Una manita diminuta que ya no se aferraba. Un pecho que no subía ni bajaba. Y el mundo entero… colapsaba. —Joder… joder, no —decía con los dientes apretados—. Esto no… no puede ser. ¡No puede ser! Maroon acariciaba la cabecita de Mathilda con una dulzura feroz. —Te amo… tanto… mi niña… tú hiciste de mí algo mejor… me enseñaste a amar sin miedo… Armin ap

