El aire afuera del penthouse estaba helado, pero Maroon no lo sentía. Caminaba sin rumbo fijo, sin lágrimas, sin expresión. Solo con el paso firme de alguien que acababa de romperse por dentro… otra vez. Una parte de ella aún esperaba que Armin corriera tras ella. Que le gritara que no, que no se fuera. Pero la puerta no se abrió. El silencio fue su respuesta. Tomó un taxi directo al aeropuerto. En el camino, miró por la ventana. Berlín pasaba ante sus ojos como un recuerdo que no quería conservar. —Tal vez sea verdad —pensó mientras se mordía el labio para no llorar—. Tal vez lo mejor que puedo hacer es alejarme de este idiota. De este hombre que decidió hundirse en vez de luchar. El taxista le preguntó a dónde iba. —Lléveme al aeropuerto más cercano. Primer vuelo a Los Ángeles.

