El taxi se detuvo frente al hospital. La puerta trasera se abrió con fuerza. —¿Dónde está mi hijo? —preguntó la mujer con voz firme al recepcionista, con el acento alemán quebrado por la urgencia. —¿Usted es la señora Stein? Venga conmigo, por favor —respondió el enfermero. Subieron al piso de cuidados intensivos. El silencio ahí era espeso, casi insoportable. Al entrar a la sala, la madre de Armin se detuvo de golpe. Su hijo estaba allí. Conectado a máquinas. Respirador. Su rostro pálido, los labios partidos. Un parche cubría parte de su cráneo. La pierna derecha inmovilizada, sostenida con una tracción. Un informe sobre la mesa decía: Traumatismo craneoencefálico severo, edema cerebral controlado, cirugía de emergencia: placa en el fémur, daño vertebral en evaluación. Pronóstico

