La cueva

2026 Words
La nieve seguía cayendo fuera de la cueva, cubriendo poco a poco el suelo. Ya no faltaba mucho para que llegase el momento. Wilmot se puso cómodo y sacó el huevo de la bolsa para admirarlo una vez más. Al principio se había negado a aceptar aquella posibilidad que parecía ser la única viable. Nunca, hasta donde su abuelo le había contado, había existido registro de una mujer entre los Jinetes. Pero cuando Aldara levantó con sus pequeñas manos sin ningún problema el huevo, todo había quedado claro. Rápidamente había tomado a la niña entre sus brazos, escondiendo el huevo en su túnica, temeroso de que alguien pudiera interceptarlos y hacerle preguntas sobre su preciosa carga. No podía correr el riesgo a que alguien quisiera arrebatárselo. Se había refugiado en su modesta casa por dos días, le había pagado una moneda al hijo de un campesino para que lo reportara ante el capitán como enfermo. Éste al pensar que Wilmot aún estaba afectado por la muerte de su esposa le había concedido el permiso. Pero algo no iba bien. El huevo había bajado de temperatura considerablemente desde que Aldara lo había levantado del suelo. Wilmot alarmado lo había envuelto en mantas y había encendido la caldera de su hogar, hasta el punto de resultar un calor insoportable. Pero el huevo seguía frió y su desesperación aumentaba. No podía permitir que la criatura que se estaba criando dentro del cascaron muriese. Simplemente era impensable. Al día siguiente se dirigió a la guarida y comenzó a investigar todo lo que podía sin llegar a delatarse, haciendo preguntas casuales entre sus compañeros, pero todo lo que pudo averiguar era que una vez que el huevo encontraba a su Jinete éste tenía que exponerse al calor de las llamas, después de eso solo era cuestión de días para que eclosionara. Una vez que la infernal bestia estuviese fuera, Jinete y Dragón se encontrarían. Sin embargo nadie sabía nada acerca de algún huevo con baja temperatura y mucho menos que fuera de color azul. Comúnmente los huevos eran de tonalidades verdosos y en ocasiones amarillos, pero nunca hubo uno azul. Wilmot comenzó a dudar acerca del huevo que había encontrado. ¿Y si no era un huevo? Cuando comenzaba a barajar la posibilidad de que fuese una gran roca preciosa, la respuesta llegó a él. Una tarde, mientras hacía sus rondas cerca de los cuartos de los sabios, se percató como uno de ellos abandonaba el cuarto de los pergaminos dejando la puerta entrecerrada. Una habitación que albergaba toda la información que se había recolectado por siglos de los Jinetes, dragones... y los huevos. Mirando hacia ambos lados del pasillo, para comprobar que nadie lo estuviese observando se deslizó dentro del lugar y las puertas del cielo se abrieron ante él. ... Levantó el huevo para que la luz de las llamas lo iluminase, la luz reflejo en él y miles de destellos del inusual color azul se vieron reflejados por toda la cueva. Wilmot sonrió enormemente al comprobar que el huevo ahora estaba tibio, sin necesidad de exponerlo directamente al fuego y en medio de la peor nevada, el huevo estaba aumentado de temperatura. - ¿Padre?- La voz de Aldara hizo eco. Wilmot la miró asombrado y maravillado por la conexión que se estaba creando. El dragón llamaba a su Jinete, aunque Aldara aún era muy joven como para saber lo que estaba ocurriendo. - Ven muchacha, acércate a mí.- La llamó. La pequeña salió de entre las pieles, y corrió hacia él llevando aun el enorme abrigo sobre sus hombros. Miró curiosa el objeto que su padre tenía entre sus grandes manos y tímidamente acercó su dedo índice y lo paso por la suave y dura superficie. Su boca formó una "O" y Wilmot sintió como algo dentro se movía. Su corazón se aceleró e insto a Aldara a que tomara el huevo entre sus manos, poniendo las suyas debajo para ayudarla con el peso. Una corriente de aire helada se filtró por toda la cueva y las llamas del fuego aumentaron el doble de su tamaño, de nuevo el huevo se agitó. Podía sentirlo, todo en el ambiente se lo gritaba. Un... algo de poder rondaba en el ambiente. La hora había llegado. - Que interesante.- El enorme cuerpo de Wilmot dio un brinco ante la inesperada voz. Miro hacia la entrada y vio a un grupo de cinco hombres armados, todos vestidos con el uniforme real. Él ocultó rápidamente el huevo en su abrigo y levantó a Aldara para protegerla con su cuerpo. - Comandante Catfield.- Murmuró Wilmot alarmado. El comandante Elric Catfield era conocido por ser uno de los hombres más despiadados que han estado bajo el servicio del rey, castigaba las faltas de sus soldados con fuerza física, y aunque nunca los llegaba a matar directamente, muchos de estos morían por infecciones en las heridas. Aun así, los padres consideraban un honor que sus hijos se entrenasen con él, pues a pesar de la brutalidad de este, sus triunfos en las batallas contra los rebeldes y clanes vecinos eran bien conocidos. - Que interesante encontrarte aquí, Wilmot.- Pronunció Catfield claramente sintiendose dueño de la situación. Miró alrededor de la cueva y Wilmot escondió el huevo mejor dentro de su abrigo. Aldara se presionó contra su espalda y él le puso una mano en la nuca para reconfortarla.- Curioso lugar para traer a tu hija ¿No crees?- Avanzó lentamente por la cueva, mirándola con verdadera curiosidad.- Algunos guardias, buenos guardias.- Agregó con intención.- Han venido hacia mí con ciertas... inquietudes. Hizo una pausa para contemplar la profunda oscuridad de la cueva. El corazón de Wilmot latía desenfrenadamente que estaba seguro que los demás podrían escuchar el eco, en cambio el Capitán lucía tan tranquilo que, pareciera estar en un día de campo. - Al parecer has estado haciendo preguntas sobre ciertos temas que a un guardia de tu nivel, si puede llegar a decirse que tienes uno, no le deben interesar en absoluto. Wilmot apretó su quijada tan fuerte que le sorprendió que ninguna muela tronara. Quiso gritarle que ciertamente le concernía, que le concernía más de lo que a él alguna vez lo fuera hacer. - Lo he dejado pasar, si te soy sincero.- Continuo él. - Hay asuntos de mayor importancia que requerían de mí atención... hasta hace unas semanas, cuando se te vio entrar en la habitación de los pergaminos.- Sonrió ante su expresión de sorpresa. - ¿Creíste que el anciano había dejado la puerta abierta por accidente?- Chasqueo la lengua y lo miró con burla. - No tendrías esa suerte. Mande a revisar cada pergamino y objeto en la habitación... - Yo no he robado nada.- Interrumpió Wilmot tensó. Lo cual era verdad, él solo había estado el tiempo suficiente para leer la información y abandonar el lugar dejando todo como lo había encontrado. Ahora se daba cuenta de lo estúpido que había sido. Pero no todo estaba perdido. Catfield aparentemente no sabía nada del huevo, ni de lo especial que éste era. Aldara se removió detrás de él ocasionando que Catfield dirigiera su atención hacia ella. - Vamos muchacha, se educada con tus mayores y muestra tus respetos hacia mí.- Wilmot sintió como ella negaba asustada contra su espalda. Catfield chasqueo la lengua disgustado.- Cuando un hombre te da una orden tienes que obedecer.- Declaró. Wilmot, consciente de que no debería empeorar las cosas haciendo enojar más a Catfield, instó a Aldara a salir de detrás de su espalda. Tenía que asegurar que ella saliese con vida de esa cueva. - Vamos, ve con el Capitán.- Ordenó dándole un leve empujón en su pequeña espalda. Aldara dio unos tímidos pasos hacia el hombre que la esperaba ya en cuclillas. - Esa es una cara realmente preciosa, serás una belleza.- Musitó él en voz baja, acariciando su helada mejilla. Aldara, no acostumbrada al contacto físico, pues su padre no era un hombre de abrazos y su madrastra estaba ocupada siempre con el nuevo bebe, agachó la cabeza tratando de rehuir de su contacto. Su padre inmediatamente se alertó. Como hombre experimentado reconocía perfectamente el brillo en la mirada de Catfield y lo que ésta significaba. Cegado por el instinto de proteger a su cría, adelantó unos pasos para tomar a su hija, cuando fue detenido por los guardias. Algunas caras eran familiares para él, pero todos ellos se negaron a mirarlo directamente. - ¡Suéltela!- Rugió él tratando de liberarse de los brazos que lo capturaban. Catfield pareció pensarlo por un momento. - No, no quiero.- Contestó poniendo deliberadamente su mano sobre el hombro de la niña. - Es una muchacha bonita y quizás mi primogénito quiera estrenarse con ella. Hasta yo podría esperar... un poco y darle un buen uso. Wilmot vio rojo. Ninguna hija suya iba a ser usada como ramera mientras él pudiera hacer algo. Con ayuda de la furia que corría por su sangre, logró derribar a tres guardias de un solo golpe. Un puño se estrelló contra su quijada y él sintió como su boca se llenaba de su propia sangre. Tomo al guardia y lo estampó contra una roca. Por cada golpe que recibía, él lograba devolver dos, pero a pesar de ello iba perdiendo. Era inútil. Era demasiados y estaban armados. Poco fue consciente de que el huevo se estaba deslizando dentro de su abrigo, solo hasta que el fragor de la batalla quedo sosegado puedo percatarse de que ya no lo llevaba encima. Con la mirada rastreo el suelo y lo encontró a unos metros de él, donde había rodado hasta ser detenido por una roca. Miró inmediatamente a Catfield con la esperanza de que éste no lo hubiese notado, pero su mundo se desmoronó cuando lo vio mirando fijamente el huevo, paralizado y pálido. Le tomó unos segundos a Catfield recuperarse de la sorpresa. Su rostro se volvió rojo y sus ojos se inundaron de cólera. - ¿Dónde demonios conseguiste eso?- Bramó fuera de sí, dando largas zancadas hasta estar a unos centímetros de él. Tomó de las solapas de su abrigo intentando levantarlo, pero Wilmot era dos veces su peso. - ¿Lo robaste de la Guarida? ¡Maldito gusano traidor! ¡Te llevaré ante los mismísimos Jinetes y te cortaran la cabeza! Dejaran el resto de tu cuerpo tan irreconocible que...-Repentinamente guardo silencio. Sus ojos iban y venían alrededor de la cueva mientras maquinaba dentro de su cabeza. - Aunque un gusano traidor como tú no merece morir con tal honor...-Ladeo su cabeza y con una sonrisa desenvainó su espada. El filo brilló ante las llamas del fuego que poco a poco se había ido atenuando conforme la brisa helada iba penetrando más y más en el estrecho lugar. - Les ahorraré el trabajo y en cambio ellos me premiaran.- Terminó orgulloso. - ¡Yo no robé nada! ¡Lo encontré!- Gritó Wilmot desesperado. -¡Mentiroso!- Volvió a acusarlo. - ¡Solo un Jinete puede encontrar uno! Y una paria como tu jamás podría serlo.- Espetó con desdén. Wilmot indeciso, guardo silencio. Revelar que no era él la persona bendecida, sino Aldara,  podría ser un arma de doble filo. Pero una mirada hacia su asustada hija lo convenció. Él no iba a salir con vida de esa cueva y era mejor que lo fuera asumiendo, pero si confesaba la verdad Catfield no podría, aunque quisiera, tocar ni mancillar a su hija. Aldara debería de ser venerada y cualquier atentado contra ella sería merecedor de tal castigo, que la muerte sería una bendición. Su hija sería merecedora de cosas grandes y pondría en alto el legado de su familia. Pero sobre todo estaría segura. - La leyenda es cierta.- Dijo Wilmot con tono lúgubre.- Nadie puede levantar un huevo de dragón antes de que eclosione, a menos de que sea su Jinete. El huevo se adhiere y petrifica sobre la superficie como un método de defensa.- Catfield alzó la ceja esperando a que viniera esa explicación que él ya conocía. Wilmot miró por última vez a su hija y trato de trasmitirle confianza.- Aldara toma el huevo.
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