Vladimir

1746 Words
Respira, exhala... respira, exhala... respira exhala. Repitió el proceso hasta que el ritmo de su respiración dejo de ser ruidosa. Volvió a espiar a través del arbusto y comprobó con alivio de que el soldado y su caballo habían desaparecido del boscoso panorama. Tomando el dobladillo de su vestido, saltó un troncó caído y reemprendió su huida. Conocía aquel bosque mejor que la palma de su mano, podría recorrerlo con los ojos vendados si quisiera, de hecho una vez lo había intentado y a excepción de alguna que otra caída el resultado había sido bueno. La adrenalina causada por el sentimiento de que podía ser descubierta de un momento a otro, hacía que la carrera fuera más vigorizante. Su pierna derecha resintió el esfuerzo, pero ella ignoró el pinchazo constante de dolor.  Finalmente llegó a la pequeña abertura que estaba en la rocosa pared, tan disimulada por las hierbas que prácticamente era invisible. El estrecho camino conducía a un pequeño claro que estaba en medio de la montaña y en el que se formaba un lago, producto del deshielo de las montañas. Había encontrado el lugar hace unos años y nunca le había hablado de él a nadie, era su secreto, era su lugar. Se dejó caer en una roca que había movido cerca del agua, levantó su vestido a la altura de los muslos y reviso su vendaje. Hizo una mueca cuando vio que éste comenzaba a teñirse de rojo. Lentamente retiro la tela, teniendo especial cuidado en la costra que se pegaba tanto a su piel como al vendaje. Un suspiro de alivio brotó de sus labios cuando sumergió la pierna en el agua helada. Tan concentrada estaba en el proceso que no se percató de que en realidad no estaba sola, hasta que fue muy tarde. Un gruñido resonó cerca de su oreja. Ni tiempo le dio de girar la cabeza cuando fue derribada por una enorme bestia negra. El aliento se le quedó atascado en la garganta y se encontró mirando fijamente un par de intensos ojos dorados.  Dios bendito.  Pero lo más inquietante era el juego de enormes y filosos colmillos que estaban a centímetros de su garganta, el hedor caliente de su aliento chocaba contra su piel estremeciéndola. Busco con la mirada su bolsa de cuero, donde guardaba una daga, pero ésta estaba fuera de su alcance. Si esta cosa no me mata, Bodgan lo hará. Puso las palmas de sus manos contra el pecho de la bestia para tratar de empujarlo, pero ésta no cedía ni un centímetro. Como pudo, metió las rodillas entre el cuerpo del animal y ella, el gruñido se hizo más fuerte. De entre todos los escenarios posibles, vine a morir así. Devorada por una bestia en el centro de una montaña que nadie sabe que existe.  – ¡¿Qué demo...?! ¡Nebel, no!- Una voz grave y casi celestial se oyó desde el cielo. De acuerdo, quizás estuviera exagerando un poco, pero al ser un lugar encerrado, el grito había hecho eco y al ver que el animal –y sus filosos dientes- quitaba su gran peso de encima, para ella era un milagro. Se incorporó lentamente sin mover los ojos de la criatura, intentando no alertar nuevamente al animal. – Maldición Nebel.- Gruño el hombre. Su voz era ronca y fuerte. – No te muevas.- Le ordenó a ella cuando se dio cuenta que pretendía levantarse del suelo terroso. Su mirada fue hacia su pierna sangrante y maldijo nuevamente. Corrió hacia una bolsa que estaba tirada al otro lado de la cueva y extrajo de ella una vieja túnica. La rasgo tan fácil, como si fuese una hoja e hizo varias tiras. – No, espera.- Dijo ella al ver sus intenciones. Con el apoyo de sus manos retrocedió, pero el hombre en un rápido movimiento capturó su pierna sana. – He dicho que te quedases quieta.- Gruñó. Aldara obedeció aturdida, pues ningún hombre se había atrevido a tocarla de manera tan íntima. Al estar tan cerca del él, pudo observar mejor sus rasgos. La piel de su rostro era clara, aunque algo tostada por el sol, sus ojos eran obscuros aunque no al punto de ser negros, más bien como el bunn, la bebida que a Bodgan le gustaba tomarse todas las mañanas. Éstos estaban enmarcados por un par de cejas negras y pobladas. Su cabello n***o, era largo y algo enmarañado, le llegaba a la altura de los hombros. Sus labios delgados estaban fruncidos, en una mueca de concentración, aunque a ella le daba la impresión que no los utilizaba para sonreír demasiado. Su barba del mismo color que su cabello, era corta, lo suficiente para poblar sus mejillas y barbilla. Y aunque su cuerpo estaba cubierto por una capa grande y desgastada, sus fuertes y grandes manos que trabajaban con destreza sobre su herida le dejaban saber que era lo suficientemente fuerte como para hacerle daño si realmente quería. Y ellos estaban solos. – ¿Cuál es tu nombre, muchacha?- Preguntó él. Ella dejo de ver sus manos trabajando en su pierna para mirarlo desconcertada. – ¿Mi nombre? El hombre dejo de mover sus manos y la miro exasperado. – Supongo que tus padres deben de llamarte de algún modo ¿No?- Preguntó lentamente como si ella fuese una retrasada. – No tengo padres.- El rostro de él no reflejo ningún sentimiento de compasión. En cambio siguió esperando una respuesta.- Mi nombre es... Ethel. Si, Ethel. Él enarcó una ceja. -No pareces estar muy segura de tu nombre. Aldara no dijo nada. – Huérfana- Dijo él satisfecho después de un momento, asintiendo para sí. Ella alzó las cejas confundida. No creía que eso fuera un dato que celebrar, a decir verdad ella había corrido con suerte, pero en el reino había cientos de niños bastardos que no podían decir lo mismo. ­– ¿Qué quieres a cambio de tu silencio?- Preguntó señalando su pierna herida.- Nebel, no suele ser un animal agresivo.-Afirmo dándole otra fea mirada al animal peludo y n***o que se había acostado a unos metros de ellos y estaba tranquilamente tomando agua, como si nada hubiese pasado. Él se incorporó y ella comprobó que la raída capa no podía ocultar la fuerza de aquel hombre. Era alto, más que la mayoría de los hombres que había visto y sus hombros tan anchos, que hacía que el lugar se sintiese más pequeño. – No tengo mucho, pero puedo darte unas monedas que te ayudaran a sobrevivir un par de meses, una huérfana no debe de necesitar de mucho... Ella se levantó con dificultad ignorando sus palabras y miró al animal encantada. Era realmente un espécimen raro y hermoso. - ¿Qué especie es?- Pregunto curiosa. Ella nunca había visto algo así. Su cuerpo era grande, casi a la altura de un caballo, pero alargado y atlético, cubierto de pelaje corto y n***o como la noche aunque no en su totalidad, pues contrastaba con hermosos espirales de pelaje blanco que se dibujaban a lo largo de su cuello y torso. De su parte trasera sobresalían, no una, sino cinco colas largas y esponjosas, negras con las puntas blancas. Se lamía una de sus grandes patas que se asemejaban a las de un enorme gato dejando entrever esos poderosos y filosos colmillos en cada lengüetazo que daba. Parecía despreocupado, pero de vez en cuando le echaba una mirada recelosa a la chica con esos intensos ojos dorados que parecían hipnotizarla. - Es un Therorse.- Respondió como si fuese algo tan obvio que ella debería saberlo. Ella lo miró interrogante.- Son comunes en los bosques del sur. - Jamás he salido del Norte.- Mintió ella tristemente. A decir verdad nunca había salido de la montaña ni de sus bosques. Vladimir la miró atentamente, inspeccionando su vestido que aunque tuviera algunas manchas de lodo y plantas no parecía viejo ni de mala calidad. La muchacha ciertamente era bonita -no una preciosidad como las rubias de pechos tan grandes que casi se desbordaban del escote del vestido, que había conocido en la posada hacía dos noches- pero el termino bonita sin duda le acomodaba. Su cabello era largo, espeso y n***o, los rizos fluían libremente hasta la mitad de su espalda, no como la nueva moda dictaba que debían llevarlo en un moño apretado a lo alto de su cabeza y cubierto en su totalidad por una absurda cofia. Sus ojos eran grandes y verdes, rodeados por largas y tupidas pestañas negras. Sus cejas, adornaban su rostro en forma de corazón como un par de arcos negros elegantes. Y su piel... donde todas las mujeres en el reino buscaban remedios y plantas milagrosas para que su piel fuese tan blanca como la leche, la de ella era trigueña, un color que le decía que no le tenía miedo a ser besada por el sol. La chica despedía vibraciones. Salvaje susurró su mente. - Creo que no deberías acercarte a un animal que acaba de hacerte eso.- Señaló él en tono brusco apuntando hacia su pierna herida, al ver que ella daba un paso en dirección a Nebel. Ella parpadeo sorprendida y se miró la pierna como si hubiese olvidado que la herida seguía ahí. - ¡Oh, esto!- Exclamó.- No me lo hizo él. Él no me ha hecho daño en absoluto. El enarcó una ceja escéptico. -No creo haber conocido otro animal con dientes más mortíferos que un Therorse. Y eso sin duda se parece mucho a una mordida de uno. Ella lo miró misteriosamente y la sombra de una sonrisa se asomó en sus labios, pero fue tan rápido que él dudaba haberla visto. Le sorprendía que la chica no estuviese desmayada en sus brazos, o como mínimo gritando a los cuatro vientos por la cabeza de ambos.   Ella abrió la boca para contestar, pero en el último segundo pareció cambiar de opinión sobre lo que iba a decir. -No recuerdo su nombre. -Es porque no lo dije.- Respondió. Ella le lanzó una mirada irritada. -Creo haber conocido Orcos con más modales que usted. -Entonces debería empezar a preguntarse con qué clase de gente se junta una dama como usted.- Murmuró él para molestarla. Una arruga se formó en la frente de la chica en señal de que estaba disgustada. Él finalmente decidió darle una tregua, realmente la curiosidad de saber cómo se había hecho semejante herida era más fuerte que su diversión personal.- Mi nombre es Vladimir Athanasi. 
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