El tiempo pareció ralentizarse. El cuerpo de Cecil se movía con una precisión inhumana, lanzándose hacia Beltrán como un depredador programado. Beltrán, atrapado en su propia mente fragmentada, alzó el arma con movimientos erráticos. No era él. Era un reflejo roto, apenas consciente de su entorno. Mila lo vio todo como si flotara fuera de su cuerpo. —¡Cecil, detente! —gritó, pero la voz se le rompía. Cecil no se detuvo. La jeringa en su mano brilló un instante antes de que la hoja de la navaja de Mila se interpusiera. El choque fue seco, metálico. El filo raspó la aguja, desviándola a milímetros de Beltrán. —No vas a tocarlo —espetó Mila, clavando los ojos en su hermano. El rostro de Cecil no mostró reacción. Ni rabia, ni duda. Solo ejecutaba. Mila esquivó el siguiente golpe por pu

